Por: Lucía Ramírez Minga y Diana Sosa Arriarán
La universidad no siempre suena a voces ni brilla con ideas. A veces es silencio, es el cansancio acumulado en la mirada, el peso invisible que oprime el pecho en días donde todo abruma. Entre la soledad, la ansiedad constante y la sensación de estar desconectado, el tiempo parece detenerse… o simplemente no alcanza. Hay etapas en las que la universidad no solo te forma, también te consume. Y sin notarlo, empiezas a sentir que la vida se te va entre entregas, pendientes y silencios.
Este proyecto fotográfico nace de esa otra cara de la vida universitaria. Las imágenes en blanco y negro capturan lo que se calla: el agotamiento que se va arrastrando, el aislamiento que crece entre tareas, la presión y el estrés de sentirse insuficiente. Son escenas sin color porque, en esos momentos, la rutina pierde brillo. Reflejando el peso silencioso que muchas veces no se dice, pero se siente.
Pero a medida que avanza la secuencia, el color comienza a aparecer donde están los fragmentos de vida que sobreviven, donde surgen pequeños gestos, como una compañía, una carcajada, una pausa que, sin hacer ruido, sostienen lo cotidiano. El entorno se vuelve más cálido, más humano. No se trata de negar el desgaste, sino de mostrar que, incluso en medio del caos, algo sigue latiendo.
Hay gestos que hablan del hambre, no solo física, sino emocional; de días que pasan sin espacio para para nutrirse, descansar o simplemente respirar. La prisa borra las pausas, y con ellas, el cuidado propio. De esta forma, este proyecto no busca dar respuestas, sino reflejar procesos, mostrando lo que no siempre se ve: que ser estudiante es aprender, sí, pero también resistir.