Por: Franco Casuso Martinez y Diego Garcia Concha
La explotación sexual de niñas, niños y adolescentes es una herida invisible que marca profundamente a quienes la sufren. Este delito no solo destruye su infancia, sino que perpetúa un ciclo de dolor y vulnerabilidad que afecta tanto a las víctimas como a toda la sociedad. Reflexionar sobre sus consecuencias es esencial para comprender la urgencia de erradicarlo.
En el ámbito psicológico, el impacto es devastador. Las víctimas suelen sufrir trastornos como estrés postraumático, depresión y ansiedad. Estos se agravan con sentimientos de culpa y vergüenza, dificultando su capacidad de sanar emocionalmente y construir un futuro.
Físicamente, las secuelas incluyen enfermedades de transmisión sexual, embarazos no deseados y daños irreversibles en su salud. Muchas víctimas, además, recurren al consumo de alcohol y drogas como una forma de escapar del dolor y el trauma. Sin embargo, estas adicciones no sólo profundizan su sufrimiento, sino que también perpetúan su vulnerabilidad, afectando aún más su calidad de vida y su capacidad para romper el ciclo de abuso.
Las imágenes reflejan las marcas visibles e invisibles que la explotación deja en quienes la sufren, el impacto de estas experiencias, y la profundidad de las consecuencias de las víctimas: niñas, niños y adolescentes cuya vida ha sido alterada para siempre.
Detrás de cada cifra o testimonio hay una vida llena de sueños truncados. Sus relatos nos confrontan con la urgencia de reconocer estas realidades y nunca permitir que queden en el olvido.