Por: María José Carhuapoma Sevedón y Gianella Xibelly Periche Flores
En 1983, el pequeño pueblo costero de Chulliyachi, ubicado en las playas de Sechura, fue víctima de un devastador desastre natural. Alrededor de las tres de la tarde, un maretazo inesperado arrasó con todo lo que sus habitantes habían construido con esfuerzo y dedicación. La fuerza implacable del mar dejó al pueblo desolado, sin hogares ni refugio. Décadas después, las huellas de aquella tragedia siguen vivas en los escombros, las estructuras deterioradas y el paisaje natural que ha comenzado a reclamar el lugar.
La historia de vida de Jobina nos permite mirar hacia atrás en una sociedad que, a pesar de la tragedia, encontró un camino hacia adelante. Jobina, de 71 años, tiene vívidos recuerdos del día en que el mar se salió. Entre las 14:00 y las 15:00 horas, las olas destruyeron todo a su paso, sepultando casas, la iglesia, el mercado y la escuela, que era el corazón de la comunidad. La devastación fue completa, y la vida tal como la conocían desapareció en minutos. Sin embargo, Jobina mostró una fortaleza notable: instaló un pequeño puesto de dulces y refrescos en un restaurante familiar y, poco después, empezó a visitar todos los días la playa donde solía estar su casa, pues, para ella, la playa sigue siendo un lugar lleno de recuerdos y ha conservado la esencia de Chulliyachi.
Este testimonio refleja que aunque Chulliyachi ha cambiado físicamente, sus habitantes aún lo mantienen en mente. Además, inspira a todos los que lo escuchan a enfrentar los desafíos con valentía y determinación, a la vez que demuestra que el pueblo continúa avanzando, honrando a los perdidos y celebrando las vidas que pudieron reconstruir.