Por: Antonia Diaz Silva y Ana Paula Puertas Arana
Hace semanas fuimos a conocer la localidad de Paita dado que es conocida como un destino lleno de historia, cultura y belleza natural. Fuimos a la playa El Toril y constatamos la hermosura del lugar y lo agradable que era pasar el rato ahí, al sonido de las olas y la frescura del viento marino. Días más tarde, luego de la grata visita, decidimos ir a conocer Yacila, una playa cercana a Paita, pero emocionadas por el viaje no imaginamos lo que se venía.
Mientras avanzábamos por la carretera empezamos a divisar montículos y montañas, y mientras más nos acercamos nos dimos cuenta de que eran montañas interminables de basura. El camino, que se suponía nos iba a llevar a un lindo destino con un recorrido de árboles junto al desierto característico de la zona, estaba resultando ser un escenario dantesco por la enorme cantidad de basura a cielo abierto. Incluso con las advertencias de multa y de que el servicio de limpieza estaba operando, la acumulación de basura era tan inmensa dimensión que hacía dudar la eficacia de los avisos y llamados a evitar tirar la basura.
Seguimos con la esperanza de que estas escenas en el camino terminaran y que no fuera igual que el inicio, pero fue impactante comprobar que se trataba de una carretera de kilómetros de basura. A pesar de nuestra ilusión por llegar a Yacila, en el kilómetro siete de nuestro recorrido decidimos dar media vuelta porque no encontramos ningún cambio o alguna reducción de toda esa basura.
La basura alrededor de la carretera, las bolsas plásticas enganchadas en los árboles, gente escarbando entre los desechos, un cartel de “Bellas Artes” señalando los desechos y la nada, fue el punto de quiebre que nos llenó de desilusión y pena al ver que la belleza natural estaba siendo opacada por la contaminación. Muchas preguntas, pocas respuestas: ¿cómo se puede cuidar al medio ambiente, qué se necesita para lograrlo, es este escenario el reflejo de amor por la tierra?