Recuerdo los primeros años escolares de la década del sesenta, cuando comenzaron mis primeras lecturas y Juana de Ibarbourou entró en mi vida para colmar mis ansias de letras.
Leía sus cuentos y poemas, devorándolos y viviéndolos en mi realidad.
"El cántaro fresco" no era solo un texto: yo lo veía en la mesa de casa, en los mediodías de verano, cuando mi madre ponía el viejo jarrón y mi padre traía el agua, recién sacada con el balde del aljibe del patio.
Un día de lluvia —como tantos— me escapé afuera. Dejé que el agua me corriera por la espalda, riéndome sola, imaginando que llevaba “un maravilloso y estupendo tocado de gotas cristalinas, de flores deshojadas”. Sin saber siquiera que también estaba aprendiendo a ser yo, a sentir la vida a mi manera.
Dentro de mi cuarto, las manchas de humedad en la pared siempre me habían dado miedo. Pero un día empezaron a cambiar: ya no eran monstruos. Con el tiempo, se volvieron paisajes, lugares lejanos donde soñaba viajar algún día.
Pasaron los años, y su poesía siguió acompañándome. A veces, sin darme cuenta, me reconocía en esa melancolía suave que habita un corazón enamorado:
“Con el sueño fatalmente obseso
de este amor que me copa el sentimiento”.
Mucho después comprendí que esas lecturas habían sido una forma de moldear mi esencia.
Tantas veces, saboreando una rica naranja, sonreí pensando qué habrá sido de aquel “muchachuelo de brazos cetrinos”.
Y aún hoy, cada vez que miro una higuera, me siento envuelta en ese hálito enternecido de Juana
María Rielli
18/03/2026