Maestro: ¿Dónde estás?
Te llamo y no respondes.
Sé, que si quiero encontrarte
debo ir al monte.
No importa la hora.
No importa el estado del tiempo.
Detrás de cualquier árbol puedes salir,
pero te veo aparecer desde la
sombra de un guayabo colorado.
¡Qué obsesión con el monte!
No te alcanza con verlo,
tocarlo, olerlo y sentirlo.
También lo atrapas en una
imagen fija, en miles de
imágenes que entran a tu
cámara y que ésta te devuelve.
Como si esto fuera poco, te traes
el monte en una casete y lo
ves moverse dentro de tu propia casa.
El monte está en tus paredes.
Está también en tus álbumes
y en tu televisor.
Vas al patio y está en los almácigos
y en los plantines que crecen
para ser devueltos a su mundo.
Está en los versos que le dedicas a él
y a cada árbol que le da vida.
Está en mi casa y en la casa
de todos tus alumnos que hemos
aprendido a quererlo a través
de tu obsesión.
Antes era tuyo, hoy también es de nosotros.
Antes era de unos, hoy es de muchos.
BEATRIZ DEVITTA