El día elegido amaneció como para regalo. Temprano, cada uno se dirigió hacia el punto de encuentro. No era lejos. Los convocaban las ganas de conocer los árboles nativos y escuchar y ver las aves. Dos o tres entendidos en flora y fauna oficiarían de maestros.
Comenzó la caminata entre el monte espeso, esquivando ramas, tratando de no pisar plantines y en silencio para no alterar la vida de los dueños del monte. Se detenían, observaban árboles para aprender a reconocerlos. Los “maestros” explicaban la diferencia entre hojas simples y compuestas. Miraban como se ubicaban, la forma, los bordes, el haz, el envés...¿Tantos términos relacionados con los árboles?
El entusiasmo fue quedando del alto de las matas más pequeñas cuando descubrieron que no era tan fácil la tarea. Linda sí, pero fácil no. Una larga caminata los llevó a un claro. Allí descansaron y guías en mano trataban de reconocer aves.
¡Ah! Entre tanto verde, un celestón picoteando brotes, más arriba una urraca con su plumaje azul oscuro y su ceja celeste los impacta, está allí, observándolos. Son dos retazos azules colgando en la esmeralda del monte. Caminan, caminan hasta que el paisaje comienza a cambiar. Se abre una gran ventana, un ventanal azul que llega hasta el suelo. El gran espacio de cielo se junta con el río. Todos corren a chapotear y a mirar a lo lejos. Aquel cielo abierto les da tranquilidad y el tener aquella ancha cinta azul para refrescarse los emociona, los divierte, los transforma en niños.
BEATRIZ DEVITTA