Una historia de antaño
Nuestra tía Isabel era muy novelera y divertida. Siempre nos sorprendía- a nosotros sus sobrinos nietos- con la última novedad, ya fuera algún vistoso vaso de plástico de colores desconocidos o con algún juguete con alguna tecnología recién descubierta, un juguete a fricción, a cuerda o alguna muñeca que hablara. Para nuestros ojos y oídos eran todas maravillas.
Ese año ya estaba cerca la Navidad y ya teníamos armado nuestro arbolito. Como siempre, era una rama de pino natural que nuestro padre se había ocupado de cortar y nuestra madre de acondicionarlo en un gran balde con arena húmeda. Siempre había un voluntario que se encargaría de su riego.
Entre todos habíamos sacado de la caja los adornos que con mucho cuidado- muchos eran de vidrio- habíamos guardado el año anterior.
-Atención con los chirimbolos, no los vayan a romper o a lastimarse- eran las recomendaciones habituales de mamá.
Mientras unos hacíamos el trabajo de sacarlos- cuidadosamente- de sus envoltorios, otros los iban colgando en las ramas del pino que inundaba el gran corredor de la casa de los abuelos, con su típico perfume.
Finalmente, después de algunas horas de trabajo, el equipo dio por terminada su tarea. Lo habíamos mirado al detalle, de cerca, de lejos o si los colores estaban bien equilibrados.
Pasó la abuela y nos dio su aprobación. Esas palabras nos llenaron de orgullo y satisfacción.
-¡Hermoso ese árbol de Navidad! Se nota la dedicación y el amor que le pusieron- fue su comentario.
Así dimos por concluido el trabajo y con el corazón lleno de felicidad y sueños nos fuimos a descansar.
Al día siguiente llegó la tía Isabel, cargada, sonriente. Los sobrinos esperábamos expectantes, seguro que habría alguna sorpresa.
Ella se tomó su tiempo, conversando con los adultos de la casa. Nada decía de nuestro hermoso árbol, los minutos pasaban y nada sucedía, hasta que mirándonos desafiante nos dijo
-¿No me invitan a mirar el arbolito?
- ¡Si, por supuesto!...te estábamos esperando- gritamos a coro, entre risas y empujones entre los primos.
Miró detenidamente, avanzaba y retrocedía…nada nos decía…nos miraba con el rabillo del ojo…
Entonces fue y tomó uno de sus bolsos y sacó un misterioso paquete, lo abrió y extrajo unos discos de papel de varios colores, nadie entendía de qué se trataba…
-El arbolito de Navidad está muy bonito pero está triste, no tiene luces- nos dijo.
Era un comentario acertado, en aquella época no había guirnalda de luces y para nosotros estaba perfecto, nos quedamos un tanto decepcionados.
Entonces ella tomó uno de los discos y estirando un cordón que para nosotros había permanecido invisible tiró y mágicamente apareció un farolito de papel. Colocó una velita en un dispositivo que había en el fondo del adorno y nos lo entregó para que lo colgáramos.
Así fue que colocamos una docena o más, no recuerdo cuántos eran…solo revivo la emoción de aquellos instantes.
-¡Esperen a la noche! – nos dijo sonriente y desafiante.
Cuando oscureció, tomó un mecherito y nos enseñó a usarlo para encender las velitas. Se apagaron las luces y el arbolito lució iluminado en todo su esplendor. Una verdadera maravilla para nuestros inocentes miradas. Juegos de sombras aparecían y desaparecían incansablemente… Nos quedamos en silencio contemplándolo, deslumbrados, conmovidos, fue un momento mágico que nunca he olvidado.
La tía Isabel no nos había fallado, una vez más nos había fascinado. Fue un momento de encantamiento total…hechizados por el misterio de la Navidad, permanecimos sentados en el suelo, formando un semicírculo, con las manos tomadas… fueron segundos…,fueron minutos…,nunca lo sabré… Esas fueron las primeras creaciones chinas que llegaron hace mucho, mucho tiempo, a mi casa y a mi vida y fue en días de Navidad.
LILIÁN ALBERTI