El sol se hundía en un horizonte de fuego, en un cielo totalmente despejado, sin nubes.
-Mañana será otro día de calor intenso, este rojo atardecer y el canto de las chicharras a la hora de siesta, así lo anuncian- se dijo Juan- mientras pasaba su áspera mano por la cara mojada de sudor.
Todavía le quedaba mucha tarea por hacer y quería terminar pronto, las calurosas jornadas se le hacían cada vez más larga.
Luisa- su mujer- ya lo esperaba con el mate pronto, en el patio, debajo del parral, cuando Juan regresó a la casa.
Juan se lavó y se puso la ropa limpia y fresca que como todos los días le había dejado Luisa y fue a sentarse al lado de ella.
-Te veo preocupado- comentó.
-Si no llueve pronto, nos quedaremos sin agua para los animales- dijo por lo bajo- quedándose silencioso y pensativo.
Su esposa no se atrevió a quebrar su línea de pensamientos pues lo conocía bien y sabía que estaba buscando una posible solución, a la difícil situación.
Llegó la noche, calurosa como la anterior y las muchas noches anteriores. El verano no daba tregua a los habitantes. Todo estaba envuelto en una quietud, alumbrada solamente por las estrellas de enero desde el cielo y por las luciérnagas acá abajo. Pero hombre y mujer no disfrutaban de las luces ni siquiera se daban cuenta del espectáculo único que les brindaba, generosa, la naturaleza. La jornada se terminó sin sobresaltos.
Temprano, al día siguiente, ambos se levantaron, prontos a retomar la rutina y con la esperanza de ver alguna nube que anunciara una posible tormenta, pero nada, cielo despejado y un sol poderoso que no admitía dudas que la sequía seguía.
Juan salió al campo y con tristeza comprobó que los campos delataban la falta de lluvias. Ni siquiera un manchón verde. Por el contario, un manto amarillo se había apoderado de la región, peor aún ya se veían círculos marrones y de tanto en tanto espacios “pelados”, donde la tierra se mostraba desnuda y doliente. Un remolino de viento levantó en un embudo pastos y hojas resecas, dejándolos caer unos pocos metros más adelante.
Los días pasaban y la situación no cambiaba. La pérdida de cosechas y animales era una angustia presente en todo momento. Todos los días Luisa y Juan observaban el cielo, esperando ver nubes de tormenta o estudiaban la dirección del viento, para ver si la naturaleza les daba signos de lluvia. Pero todos los días, un sol inclemente, seguía secando y quemando.
Pero una madrugada, las esperanzas perdidas, se despertaron sobresaltados ¿eran truenos el ruido que los que los había despertado? Rápidamente se levantaron y salieron a mirar. El cielo estaba cubierto, los relámpagos, lo atravesaban de todas partes como filosos puñales … eran truenos si…las gotas no se hicieron esperar, pronto de transformaron en intenso chaparrón.
Sorprendidos y sonrientes se dejaban mojar las manos y la cara. Ya pronto todo estaba empapado. Felices cayeron de rodillas y abrazados elevaron una plegaria, agradecidos a la Madre Tierra. ¡Un nuevo ciclo comenzaba!
LILIÁN ALBERTI