Varios inviernos atrás, en un cruce de calles, le comenté a mi hermana:
-Parece Natividad Vega.
- ¿Quién? - preguntó.
-Natividad, la rezadora del cuento de Morosoli- le respondí.
La veía de espaldas, sus pies, su delgadez…me decían que era ella, más aún, cuando levantó un brazo para responder un saludo y su capa de lana se transformó en un abanico-ala. Parecía pronta para el vuelo. En mi ciudad, en un pasado no tan lejano, podía encontrar personajes escapados de los cuentos de Morosoli, de da Rosa, de Murguía, de Capagorry…Cuando fui a trabajar al campo, encontré más, algunos no estaban
completos, pero yo los armaba con detalles de unos y de otros. El que nunca apareció completo y no pude armarlo de retazos fue Andrada.
Quiero que la escritura me cautive, que el libro me atrape, me seduzca…, ahí es cuando ya tengo un nuevo amigo. Ese nuevo amigo es quien lo creó. Se hace tan amigo que busco su encuentro. Felisberto me divierte, me lleva, me saca de este mundo tan real, poco después me devuelve y me hace dudar.
Últimamente mis emociones se las regalo al portuñol y a Severo, mejor dicho al Fabi. Leo sus textos en voz alta para recrear el acento fronterizo, ayudo al Rengo a escapar del león del circo, lloro con el Mortadela y pienso que todavía quedan muchos como él, ya tengo el rostro y la figura del profesor de historia y lo amo como lo hacían sus alumnos porque él, persona, estaba por encima de todo. Sigo revolviendo en mi memoria y me pregunto si tuve uno como él. Huelo la cebolla rehogada del guiso, sufro con todas las pobrezas y no sé qué
hacer con los aduaneros, porque se me anuda la garganta y los dedos de mis manos se paralizan. De los libros escapan personajes y paisajes que te marcan. Mucha geografía la conocí primero porque un libro me la pintó.
Aprendes a observar, a trasmitir, a captar, a apropiarte de lo bueno y a desechar…Hasta las manchas de humedad ves de otra manera o puedes ponerle a tu perro Tilo o Tango. Es placentero hacerse un espacio para leer, es vida que te regalas. Un libro con imágenes te comparte más de un mundo, dos creadores que se unen. Los libros se quieren, unos más que otros. Sé dónde está cada uno, cuáles compré, cuáles me regalaron, quién me los trajo. Los escritos por autores de mi pueblo tienen su espacio, los demás uruguayos el suyo y los de creadores extranjeros también tienen su lugar. No es por discriminarlos, porque al final ya son también de mi tierra, como ocurre con los nuestros cuando se editan en otros lugares y en otro idioma. La literatura es
eso, es comunión, es un lazo fuerte y colorido que une. Aquellos libros de hojas quemadas por los años, los tengo presentes, los consulto, los trato con mucho cariño porque fueron de mis padres y no quiero que manos torpes los hieran.
En la década del treinta, un entusiasta de la literatura publicó un libro. En él con palabras pintaba rincones de su ciudad. Después escribió otro, como no pudo publicarlo, página a página las escribió a máquina, armó su tapa y lo encuadernó. Siguió escribiendo siempre, muchas hojas escritas dejó…Fue la forma que encontró para compartir, en este caso, sus poemas. Luis, amigo lector, regalador de poesía y libros, cuando te obsequiaba uno, lo firmaba y dibujaba un sol. A la distancia me digo que un libro es sol, luz para quien lo escribe y para quien lo lee. Cada lector se apropiará de un brillo diferente.
Mientras estiremos el brazo para tomar un libro de una estantería o aprovechar el formato digital, mientras decidamos gastar algún dinero para comprar uno, mientras leamos y alguien se anime a escribir estaremos vivos.
BEATRIZ DEVITTA