A pesar del calor de diciembre el movimiento en la estancia era como de costumbre.
Entre tantos ir y venir Berta sofocaba en atenciones a María Lelia. La veía tan niña... tan triste... que no sabía como animarla. Sufría pensando que el consuelo no le llegaría.
La niña no hablaba pero pensaba en la traición de su padrino.
Ahora estaba en una casa que no era la suya, imaginaba que el padrino no iría para que no asociaran su alejamiento de San Fructuoso con el de ella. Eso no le daba tranquilidad, porque aunque niña, entendía que su bebé, no sería su bebé.
Pasó la tarde en una baja y ancha silla de totora. Su mirada fija en el borde que adornaba el techo de la larga galería. Miraba las ondas, puntas y recortes de aquella puntilla de latón, que tenía perforaciones como su alma y su corazón.
Mientras su mirada ciega se dirigía hacia el techo pasaba por su mente la imagen de su madre y el padrino, sus hermanas y el padrino....hasta que sus manos apretaron sus ojos para no ver al padrino junto a ella. Quiere que el rumor del Jabonería borre las voces del atropello.
El cielo del Valle Edén presenta la noche, aunque ya hace meses que la niña vive en la oscuridad.
La tormenta brama en los cerros...los truenos se mezclan y confunden con los gritos de de la nueva madre.
El niño ha nacido. BEATRIZ DEVITTA