La Chencha siempre aparecía en la conversación de mis viejas; madre y tía.Era amiga de toda la vida, del mismo pago, de la Doce, así se referían a veces a Feliciano.
Muchas veces les oí decir, que para un festejo de familia, Chencha se había ofrecido a ayudar.
Como tenía otras actividades, sacaba cuentas para ver si podía ir antes de la fiesta.
Al marcharse les dijo “Si vengo es porque vengo” .
Un día, enseguida del mediodía acompañé a mi tía Beba a casa de Chencha. Esta temía que estuviera enferma porque hacía días que no venía por su casa. Yo tendría entre diez y once años pero tengo bien presente la imagen de esa visita.
Ella vivía en un ranchito de piso de tierra, en la calle paralela a la vía, en las proximidades de la estación. Aquella viejita que siempre andaba vestida de negro, al menos así la recuerdo, estaba acostada cuidándose de un resfrío. Asomaba su pequeña cara entre sábanas inmaculadas.
En aquel rancho lucía todo impecable. La plancha de la cocina a leña, como la caldera grande de aluminio y los tachos brillaban. Todo era orden. Aquel piso no parecía de tierra de tan pisoneado que estaba. Para mi, era como estar en una casita de cuentos.
Mi tía prendió un “primus” que parecía de oro para andar más rápido. Allí estaban la alcuza y los fósforos. Mientras ella sacaba los yuyos que la enferma indicaba para hacerle un té, me entretenía mirando los diferentes ramilletes colgados desde sus tallos en un gracioso palito alargado que hacía de cuerda.
Chencha tenía un hermano que era sastre, un sastre muy reconocido.
Usaba un peluquín que a los niños nos despertaba curiosidad. Recuerdo que vivía con su señora por calle Gallinal al lado de la iglesia de la Madre María.
Pasados mis veinte años conocí en Feliciano la casa donde habían vivido de niños los Pereyra, del otro lado de El Sauce, el segundo arroyo del pueblo. Estaba convirtiéndose en tapera, árboles nativos trataban de abrazarla. También había un manzano viejo al frente. Viejo, pero luchando por sobrevivir porque tenía ramas jóvenes en el pie. Parecía un símbolo, tal vez, para que los Pereyra no se fueran para siempre.
Beatriz Devitta
21 de julio de 2022