Los viajes en carro hasta la Santa Nicolasa eran una aventura para mí. Mis padres fueron a trabajar a la estancia y yo quedé en el pueblo con una tía para ir a la escuela. Veinticinco quilómetros y ser muy difícil ir, hoy parece incongruente, pero entonces, con aquellos caminos, dos pasos a cruzar y hacerlo con caballos, eran todo un mundo.
Viajaba a la estancia solo en las vacaciones en carro; de asiento, una tabla encajada en las barandas sobre la que mi madre tendía algún acolchado de retazos. Había que equilibrar el peso moviendo la tabla y considerando además la carga que infaltablemente viajaba con nosotros. Una vieja valija de cartón con ropa, un cajón de madera cerrado donde iban comestibles, a veces las maletas de mi padre, con su cartel de RAUSA, mi madre las hacía con bolsas de azúcar y, por ahí, remedios para los animales, guascas, semillas y todo lo que fuera menester en una casa rural.
Por algo indefinido me atraía el paso de Tres Cruces, aunque yo solo llegué a ver dos. Decían que el nombre se debía a la muerte de tres hermanos en una creciente. Una vez que llegamos a pasar de noche con la luz de la luna creí ver unas luces danzando sobre las aguas.
BLANCA ESTELA CASTRO
Este texto obtuvo mención de honor en el concurso "Un recuerdo de mi niñez" de la editorial Versos compartidos en 2020 por lo cual tuvo un límite de palabras. Está publicado en la antología emergente de dicho concurso.