No me lo dijo un indio viejo ni medio brujo.
Me lo contó un viejo que amaba los árboles
y adoraba el sol, que allá por el este
había ceibos iguales a los del sur, del norte
y el oeste, pero que al verlos florecidos enmudecías
y luego preguntabas:¿quién les robó el color?
Tan sorprendido volvió que fui detrás de ellos.
Mala época elegí, al verlos en total desnudez,
¡igual a los de mi pago! dije.
Reconocí sin dudar esas siluetas.
¿No hubo una moza enamorada que pasara entre sus labios
la graciosa y verde hoja?
Generosa Naturaleza que regaló al este dos variedades de igual belleza.
¿Por qué todas las crestas deben ser rojas?
Más allá en el tiempo, ¡qué hallazgo de don Emilio!
Largo y gracioso pecíolo sostiene tres folíolos
que dan vida a una trifoliada hoja.
Los dos, para defenderse, esconden, no espinas... sino aguijones.
Su fruto, larga legumbre encorvada que de a ratos se estrangula
y sus manojos de flores, de flores que presumen,
que presumen con estandarte, con pequeñas alas
y quilla y engalanan las riberas.
Aquí en mi pueblo, los niños las convierten en uñas largas o en nariz de bruja.
Ahí en tu pueblo igual, la diferencia de color no elimina juegos.
Compartimos el bello árbol; el de flor de sangre.
El de flor inmaculada es de la Charqueada.
Cuando llega el calorcito, el Cebollatí
se viste de blanco mayor para regalo de todos.
Los dos tienen abolengo.
Uno, orgulloso porque su flor es símbolo
y porque es cómplice de travesuras en recreos escolares.
El otro, acompaña el nombre del afortunado que lo descubrió,
en el Jardín más antiguo y bello del país.
BEATRIZ DEVITTA