Habita, adherida al cielorraso, una densa e inmóvil nube gris de tabaco y de silencio. La lámpara de techo asoma su ojo cansino, pendiente de un decorativo pescuezo de cisne.
Maricela, Edith, Simone la brasilera, la flaca y las demás esperan sentadas en los altos taburetes, acodadas al mostrador, semi adormecidas sobre las mesitas o recostadas, vaciadas, en el sofá que ocupa la esquina más penumbrosa del local.
Otra luminaria, casi encapuchada por una visera, dirige estratégicamente su claridad hacia el interior del mostrador y la caja, donde se encuentran la dueña y el barista haciendo sus cálculos.
Los clientes se marcharon, perseguidos por la noche que apresura sus pasos hacia otras latitudes, empujada por el resplandor del sol que ya amenaza con su delatora claridad. La
misma claridad que revela y afea los brillos nocturnos de maquillajes y vestidos de fiesta, la misma que descubre miserias y despoja rostros de caretas con sonrisas dibujadas. Ellas se permiten, a esta hora, dejar caer sus máscaras. Ya no las necesitarán hasta la noche siguiente.
Alguien sustituyó la música alegre por otra que alivia los oídos, arropa el alma y los cuerpos cansados, a esa hora en que no se quiere pensar, cuando es mejor seguir en la nebulosa y no estropear el futuro sueño reparador con ideas perturbadoras, rebeldes, molestas.
Pronto, cuando la patrona distribuya las ganancias, se hará el silencio total y cada una cargará con su vida hacia el destino que eligió o que la eligió.
MIRIANA ARATTI