Mientras en Montevideo nacía el Rosedal, en un caserío de un cruce de caminos más al norte, nacía una Rosa que no era de ese Rosarium.
Su vida transcurrió entre la chacra y el bicherío.
Con Isidora, su hermana mayor y Domitila la menor, formaban el trío de las más guapas.
-Esas botijas sí que trabajan - decían muchos de los hombres de las cercanías.
-No le hacen asco a nada, hasta alambran- comentaban otros en el boliche mientras las hermanas venían azada y pico en mano atrás del padre, rumbo a la casa, donde la madre los esperaba con la comida semipronta, porque antes se daban un tiempo, no mucho, para algún amargo. Siempre trabajando, hasta que cada una armó nuevo nido alrededor del nido primitivo.
Rosa, desde siempre fue amiga de la muerte. Tal vez lo que se dice amiga, no. De pronto el miedo a que viniera por ella la llevaba a tratarla con familiaridad. A ella le gustaba acompañar a la familia del muerto y al muerto también.
Visitaba los panteones solitarios de los campos vecinos o los cementerios cercanos "para que los muertos no estuvieran tan solos," decía.
Todos querían que llevara una vida más alegre, pero Rosa no los escuchaba. Domitila siempre terminaba acompañándola.
Un día, cuando llegaron al pueblo unos forasteros y oyeron que la llamaban Rosa la organizadora, enseguida preguntaron:
-¿Organizadora de qué?-
-De velorios- respondió alguien.
-¿De velorios? cada uno tiene sus manías- dijo uno de ellos arreglando su mostacho.
-Cambiando de casa al angelito de la Jacinta y el Ramón se largó con el arroyo desbocado. Se va a aguar Rosa, le grité y nada- agregó Eulogio.
-¿Quién iría a organizar su velorio?- preguntó el mostachudo.
Los dos hombres quedaron pensativos, el forastero movía su cabeza, se rascaba, daba la impresión que no le quedaba claro lo que le habían dicho hasta que preguntó:
-¿Qué es lo que organiza?-
Ahí se unieron varios a la rueda a explicarle al hombre, lo que hacía la dueña de ese mote tan curioso.
-Va a la casa del fallecido, ubica a la gente alrededor del cajón para que el muerto no se
sienta solo...-
-Si la familia está muy acongojada la lleva al comedor y les consigue acompañantes.
-También prepara comida con ayuda de otras mujeres, para que la vida continúe lo más normal posible.
-Los tés de yuyos humean todo el tiempo, consigue para todos los males.
-Ella trata de animar a todos, si alguien quiere dar un toque musical ella aconseja a los dolientes que lo acepten para que el finado se vaya en paz.
-Juntaba la gurisada, les daba un pañuelo humedecido con agua colonia y les decía: “ahora a llorar ahí cerca del finadito”.
-Después les regala unos confites y los botijas se van contentos y prontos para otro velorio.
-A lo mejor tiene razón- dijo el hombre.
Un hombre alto que movía un rebenque entre sus manos, agregó:
-Yo he oído que en los pueblos, a veces sientan en la sala al muerto y también le han sacado foto como si estuviera proseando con los demás.
-Es verdad, hace un tiempito yo vi una foto de una mujer que parecía viva- dijo otro.
-Entonces es así la cosa- dijo el forastero acariciándose los bigotes.
En años, el pueblo no cambió mucho. Debido al cruce de caminos siempre pasaban forasteros.
Un día llegó a uno de los boliches un sobrino del hombre del mostacho que había oído la historia de Rosa de la boca de su tío. Luego de comentar el hecho, preguntó qué había sido de la vida de Rosa la organizadora.
El bolichero le comentó que la vida de ella siembre había seguido el mismo rumbo, que ya estaba sin familia porque había enterrado a todos, incluso a los dos hijos.
-Pobre Rosa, no sé si conoció otra cosa- dijo el bolichero.
Conversación va, conversación viene, de pronto:
-Ahí la tiene, allí enfrente va pasando-.
El forastero al mirar vio una figura encorvada, apoyada en un bastón, toda vestida de negro, desde el pañuelo que encerraba su pelo y cubría parte de su cara, a los zapatos.
- ¿Irá a algún velorio?-
- No. Hoy no murió nadie.
Ella siempre lleva la muerte encima. Para ella no existen los colores. Si se le acerca va a oír un murmullo, es porque reza para todos, para los que estamos y para los que se fueron-
BEATRIZ DEVITTA