Llegó como tantos otros, pero diferente. Avanzada ya la noche invernal que opacaba de niebla los faroles de la calle, abrió la puerta de vidrios empañados casi sin ruido y cerró de la misma manera. Como tantos otros, pero distinto. Saludó, pidió su cerveza Doble Uruguaya chica y se acodó al final del mostrador. Su traje no concordaba con el ambiente de aquel antro, donde en el espacio anterior se jugaban partidas de naipes permitidas y sin dinero a la vista, mientras los jugadores consuetudinarios de aquel otro juego de cartas, prohibido, se deslizaban y desaparecían subrepticiamente por la puerta disimulada al fondo del salón principal.
El cantinero, dueño del bar, estudiaba al recién llegado con mal disimuladas miradas de refilón: sombrero de ala corta cubriendo de sombras las cejas pobladas sobre unos ojos oscuros. Pómulos pronunciados, notables ojeras y barba de varios días, entrecana, al igual que el cabello lacio que se derramaba desde su nuca cubriendo el cuello de la camisa, algo largo para el gusto del cantinero. La tez macilenta, como de quien ha padecido largo tiempo de sombra carcelaria, o cualquier otra sombra de esas que empalidecen el semblante y el alma. Traje oscuro que alguna vez fue nuevo y de buen corte, camisa entreabierta y corbata floja de color indefinido.
Todo en él era inquietante, su mirada semi escondida, sus acotadas palabras y su parquedad de movimientos. Su aspecto era indefinible, podía ubicarse en cualquier punto entre dos extremos: cazador o fugitivo. Podía andar tras alguien o tras algo o podía ser que anduviera huyendo de algo o de alguien. Su expresión era pétrea, cerrada. No daba lugar a preguntas y tampoco preguntaba, solo observaba, aparentemente en paz consigo mismo, en contradicción con el resquemor que despertaba a su alrededor.
Pidió la “otra” apenas con un gesto. La clientela comenzó a inquietarse. Todos tenían cola de paja: algunos, como el cantinero, por El Monte al que jugaban en la pieza de atrás, otros temían que llegara a oídos de las respectivas esposas sus andanzas nocturnas, no faltaban los que mantenían cuentas pendientes en otro pueblo, casi siempre deudas de juego. El que más el que menos se sentía observado o estudiado por el extraño y algo le cosquilleaba por dentro.
Más pronto que tarde la clientela fue raleando, como deslizándose hacia la salida, la mayoría apenas despidiéndose del cantinero y los compinches con una ligera inclinación de cabeza, hasta que solo quedó el dependiente, cuando el desconocido apenas iba por la tercera Doble Uruguaya, que bebía con parsimonia, sorbiendo directamente del pico de la botellita marrón.
El dueño, que entendía la actitud de sus parroquianos, se sintió molesto con la inesperada visita que amenazaba mermar sus ganancias. El raleo, pronto se convirtió en vacío total de parroquianos y de los ansiados billetes en la caja.
Al encontrarse solo ante el desconocido sus resquemores aumentaron y, aunque temeroso, decidió tomar el toro por las guampas. Después de colocar su mano sobre el 38 corto que guardaba bajo el mostrador se arriesgó a interrogarlo:
‒Diga compañero ¿usted es de por aquí?
‒¿No me reconoce? -contestó siempre con la misma calma conque saludó al entrar.
‒No. Estoy seguro que nunca lo había visto.
‒ ¡Qué lástima! Esperaba que alguien me reconociera, perdí la memoria y ando procurando saber quién soy...
‒¿¡Por qué no va a buscarse a usted mismo a dónde el diablo perdió el poncho!? ¿No se dio cuenta de que me espantó los clientes?
‒¿El Diablo, dijo? Gracias por ayudarme a recordar que tengo que ir a buscar mi poncho – y diciendo esto se desvaneció en el aire entre una nube de azufre.
MIRIANA ARATTI
Este cuento recibió el PRIMER PREMIO en el CONCURSO JUAN PEDRO LÓPEZ
convocado por ESQUINA CULTURAL LA PAZ en 2022