Solidus, del latín: solidario. De la RAE en su tercera acepción: asentado, establecido con razones fundamentales y verdaderas, adhesión incondicional a causas o intereses ajenos, especialmente en situaciones comprometidas o difíciles. Erróneamente suele tomarse como sinónimos fraternidad, solidaridad y caridad.
La fraternidad: “no alcanza con sentirse fraterno, hay que practicarlo… con sinceridad y pureza de intención”. “…tiene que ser como una emanación natural y espontánea… ajena al cálculo de recompensa”
Por eso no hay solidaridad sino está junto a la fraternidad y nada que ver con la caridad. Puede haber caridad por solidaridad, pero nunca será hecha con fraternidad. La caridad es solo un acto frío, lleva implícito un cierto sentimiento de superioridad sobre quien recibe la dádiva.
Ser solidario supone ver a los otros con los ojos del corazón, o sea verlo de otra manera, aprender a colocarse en el lugar del observado, sentir en nuestras propias carnes el trastorno por el que esté pasando, hacer nuestro el dolor ajeno e intentar apaciguarlo sin esperar siquiera reconocimiento. Requiere discernimiento y empatía -ponerse en el lugar del otro-, haciendo que el observador pase a segundo plano.
La solidaridad es un deber y un derecho de todos y cada uno; pero no es solamente cerebral, es también corazón, es mostrarse unido a otras personas o grupos, compartiendo sus interese y necesidades.
Es por eso que decimos que la solidaridad se hace acompañante de la justicia, y esto acaba convirtiéndose en virtud cuando se practica desinteresadamente, se opone al individualismo y al egoísmo. Buscar hombres libres e iguales, tratando de solucionar las carencias espirituales o materiales de los demás.
Porque todos vivimos en una sociedad, donde todos necesitamos de todos, donde todos estamos juntos en este barco de la civilización como seres humanos iguales en dignidad y derechos.
ALBERTO BEGUIRISTAIN