Hace más de tres décadas, Daniel ya octogenario, salía a la vereda y señalando una casa alta y de ladrillos que se veía a media cuadra, le decía a su mujer o a su hija:
- Allí vivía el tío Cayetano- y agregaba que a este no le gustaba que le llamaran así.
-Sono Gaetano, non dica eso- nos gritaba.
Según contaban en familia, Gaetano era muy especial.
Dentro de lo especial estaba ser muy alegre, gritón y siempre parecía que él y su Isabella estaban discutiendo.
Caye, como le decían algunos familiares para enojar al italiano, era dueño de un almacén que vendía de todo... allá por la década del treinta.
Daniel era el menor de los catorce hijos de Carmen y Giovanni y su amigo más cercano era Quico, su sobrino, que era apenas tres meses menor.
Las reuniones familiares eran una comedia tragicómica donde se comía de todo y los cuentos se reiteraban año a año, generalmente con algún agregado, pero el "te acordás de...", era infaltable.
Los dos, siempre tenían muy presente a ese tío tan divertido.
Cuando recordaban las dos veces que los padres de Daniel sacaron la grande, reían como si el cuento fuera nuevo y más cuando recreaban la traída del dinero en una carretilla y el bochinche que había armado el divertido tío.
Un día que Cayetano rezongaba más de lo habitual, Isabella decidió marcharse a visitar unos parientes sin avisarle. Antes de irse puso el pasador a la puerta que unía el comercio con la casa y cerró el zaguán. La también temperamental mujer se fue con la idea de no volver a la hora del almuerzo.
Isabella habría pensado que iba a amansar a ese tano, con el que se sacaban chispas por ser ganadores en lo que fuere.
Por la tarde apareció sonriente pensando que iba a encontrar a un Cayetano hambriento y enojado pero no fue así.
Curioseando con disimulo pudo ver que su marido había hervido fideos en una pelela que estaba para la venta. El reencuentro no tuvo reproches, todo fue muy normal.
¿Normal?
-¿Te acordás Daniel cuando decía que le molestaba el viento?
-Que le molestara el viento no era raro, pero a él le molestaba el viento que decía que le hacía Isabella cuando pasaba rápido a su lado.
Una noche Cayetano llamaba a los gritos a su mujer desde el almacén.
Ella se tomó su tiempo, porque estaba segura que sería por algo sin mucha importancia que la llamaba.
-¿Por qué esos gritos hombre, por qué estás a oscuras?- le preguntó enojada.
- Ayudame a buscar dos fósforos que se me cayeron-
- ¿Por qué no usaste los otros? Dame la caja.
-Si, los busqué, pero la caja que recién saqué ya está vacía.
BEATRIZ DEVITTA