EN BICICLETA
Ver desde hace años a Dolores Saralegui y a Luz del Alba (Quiquí) Tritten me da placer. Para mi es una estampa muy linda de Durazno. Esas señoras, hacen sus mandados y pasean en bicicleta. Para ellas no cuentan los años. Dolores a veces se baja, sienta a alguno de sus
nietos que haraganea para caminar y lo lleva al jardín. A Luz, siempre la relaciono con Jean Piaget, que pasaba los ochenta y andaba en bicicleta, además era suizo como los antepasados de ella. Las dos pedalean despacio, trasmiten tranquilidad.
EN LA CHURCHIL
En un bajo y corto muro que es la entrada al Parque Regules, antes de llegar al puente del ferrocarril, justo enfrente a la calle que nos lleva a La Amarilla, generalmente por la tarde, se sientan varios amigos a conversar. Para llegar a ese lugar, cualquiera de ellos debe caminar varias cuadras. Eso significa que el encuentro es realmente importante. Por lógica de la vida, algunos ya no están. Sergio el carnavalero, llamado marqués de las cabriolas, Moré el colchonero, Casas, Dinardi que deja su bicicleta a un lado,... mantienen desde años ese ritual. Cierro los ojos y los encuadro en una postal.
POSTALES DE RECUERDO
Desde que salgo de casa voy observando los cambios en la edificación y recordando los vecinos que ya no están. Algunas casas que conocí de niña tienen tanta cirugía que ya no sonlas mismas. Las que se mantienen iguales, no tienen a sus dueños originales. De los viejos del barrio quedamos pocos, eso asusta. Media cuadra por Arrospide hasta llegar a Ibiray, sí me quedo en el tiempo, hoy es Wilson Ferreira, donde está la parte nueva del San Luis, antes eran casas. Cuando pasaba veía a don Carlos Filippini y Chichita su esposa. En la esquina, De León y su familia, señor que trabajaba en Nossar, cuando la agencia estaba por 18 de Julio. (Hace años en esa esquina, Rosina Sosa me comentó el dolor que le producía ver el cambio edilicio de esa casona que había sido de su abuelo Galó). Enfrente al colegio, la Tienda la Alegría de Rayi Chahoud. En mi época liceal a Rayi lo veíamos parecido a Tom Jones por su abundante y oscura cabellera y por las pulseras de cadena que usaba. Eso lo sabía su hija porque muchas
veces estudiábamos en su casa. Tanto cambio asombra, no me gusta olvidar, por eso voy mirando y diciéndome en silencio: ahí está... ahí era.... La casa de mi vecina Mirta, que falleció, fue demolida en horas, y en horas han levantado otra, hasta la mezcla hacen en un camión y todo avanza. No me dieron tiempo a sacar una foto para el recuerdo. El bar de Quique Carrera, el de Mingo, la carnicería de Azael Reyes, el Mercado Municipal, la Herrería de Musiani, la carpintería de Pepe Giordano y Don Nicolás Lombardi en su farmacia todavía están ahí. A veces, hasta me parece que Licciardi me habla para comentarme algo de AFE o darme datos de mi árbol genealógico. Con él descubrí que mi abuela materna se llamaba Dorila
y no Lila y que éramos parientes. Esto ocurría en otra época, hoy apenas saben el nombre de las personas, a veces ni eso.
POCO A POCO, LAS POSTALES DE MI CIUDAD FUERON CAMBIANDO...
POR LA CARNE
Los judíos fueron los primeros extranjeros que se instalaron en Durazno.
Me refiero a los del siglo XXI, porque antes tuvimos unos cuantos, todos los que aparecen en el
libro de Carlos Fariello. Muchas veces los cruzaba en los alrededores de la Intendencia, o los
veía caminando por la Avenida Churchil-Aldama yendo o volviendo del frigorífico. Después de
un tiempo fue fácil ubicar las diferentes casas que ocupan porque se ven entrar o salir como
cualquier vecino de la ciudad. Sus costumbres, muy relacionadas con la religión los traen a
nuestro país en este caso porque nos compran carne. Para ellos, el animal que les proporciona
el alimento debe ser matado de manera especial. Vienen, para que todo se haga como lo exige
su religión. Cuando se recorre el histórico Anglo, también te muestran la parte donde se
mataban los animales que consumirían los judíos.
Siempre he visto hombres, con su vestimenta negra, sus camisas blancas, sus cordones y en
algunos, rulos en sus cabellos que caen a ambos lados de la cara. De acuerdo a lo que he visto
en películas, los rulos y sombrero los adjudico a los ortodoxos. Una vez, por calle 19 de Abril,
desde la esquina de la estación de servicio le robé una foto a uno de ellos que iba delante de
mí.
Solo lo hice porque me gustaba el hecho que pudieran andar por nuestras calles y nadie los
maltratara como hacen en otros lugares.
Siempre los he visto de a uno y de a dos. Los últimos que vi frente a la Intendencia por calle
Artigas eran dos jóvenes, uno de ellos muy joven y me resultó curioso que fuera obeso. Y más
raro aún era el pantalón que llevaba, a media pierna, de tela negra brillosa y caminaba con
aspecto de agobiado. Era un día muy caluroso. En una papelería, mientras esperaba que me
atendierany veía girar los soles, había un judío muy delgado, de pie a cabeza vestido de negro,
menos su camisa, blanca al igual que su cabello y barba. En un español bastante claro
conversaba con la joven que lo atendía y le engrapaba varios juegos de fotocopias.
Todo esto me lleva a recordar muchas cosas de juventud. Nené, una amiga de la familia,
mucho mayor que yo, me daba a leer libros de Ben Gurión y recuerdo su insistencia para que
leyera “La túnica sagrada”. Quería que supiera que quienes mataron a Jesús no eran ellos sino
los romanos. Para completar, al poco tiempo en el cine Artigas, vi la película con igual título
protagonizada por Richard Burton. Con quince años, compré a un artesano que estaba en
Plaza Sarandí una Estrella de David porque sentía mucha pena por lo que habían sufrido. La
estrella la conservo todavía, la dejé de usar porque era increíble las cosas que me decían y
preguntaban, personas que uno creía que al menos, eran tolerantes.
Nunca oí que le preguntaran nada a quienes portaban una cruz o imágenes cristianas en su
cuello cuando iban a trabajar a los centros de enseñanza laica.
POR LA CELULOSA;
EN EL SUPERMERCADO
De tarde en el supermercado hago mis compras al lado de una pareja de venezolanos que junto a su hijito miran precios y marcas igual que yo.
Ella, bajita, con una blusa jardín con flores pequeñas que relaciono con su rostro sereno y su cálida voz. Cambian ideas, dialoga la pareja, mientras el niño, con su cuello estirado los mira y no pide nada.
Al rato completo mis compras en un puesto cerca de mi casa y allí encuentro nuevamente a la familia. Eligen entre los dos, él saca zanahorias en el momento que les pido permiso para retirar un morrón, él se corre y amablemente se disculpa. Madre e hijo ponen cebollas en el canasto. Hace unos meses, en el mismo puesto había encontrado una chica que me
respondió "venezolana," cuando le pregunté su nacionalidad. Ese día ella preguntaba por berenjenas.
Hace un tiempo también vi en el supermercado dos jóvenes altos, de ojos sumamente claros. Se reían y dialogaban en un idioma que no reconocí.
Uno de ellos en su brazo izquierdo lucía un gran dragón tatuado. Me convencí que eran eslavos, por su aspecto físico, sin atreverme a decir a que país pertenecen.
DIALOGANDO
-¿Al contado?- -me preguntó el cajero del supermercado.
-Contado con débito -le respondí mientras me acercaba el pos para él y pasatarjeta para mí, le
comenté:
-¿Cuándo íbamos a pensar que algún día usaríamos este aparatito y una tarjeta para pagar?
-Todos los gringos que andan acá a la vuelta, no usan tarjeta. Acercan el celular a la máquina y
ya pagaron- respondió riéndose.
COMPRANDO PESCADO
Hoy, jueves 14 de abril del 2022, fui a la Plaza Independencia a comprar pescado.
A las 10 de la mañana, cuando llegué había gente pero no demasiada. Al poco rato se formó una cola muy larga. Posiblemente porque era jueves de turismo o de Semana Santa para otros y único día que viene el camión del pescado fresco haya sido la causa de tanta demanda.
Pero no fue esto lo más destacable para mi, sino que vi salir con su compra a una joven japonesa con tres niñas pequeñas. Todas con su cabello negro y lacio. La joven madre recogía su pelo con un broche y las niñas lucían cerquillo.
Mientras observaba esto, cerca de mí había un niño pequeño que conversaba mucho con su mamá y aunque hablaba a “media lengua” se le entendía.
Después se le acercó otro niño, un poquito más grande, tal vez de unos cinco años. Se miraban. El último niño en llegar tenía una campera de lana azul con una capucha con orejas que causaban gracia. El más pequeño le entregó un autito y él se alejó. En ese momento, de más atrás de la cola se oían unos gritos que sorprendieron por lo fuertes y porque no eran en español.
El niño, que se dirigía rumbo a calle Oribe, se paró, miró a quien le gritaba y volvió.
Al poco rato se repitió la situación. Sólo sé que al oír a aquel hombre me parecía escuchar a Ricardo Espalter cuando hacía de ruso en Decalegrón.
El niño extranjero se acercó al otro y le devolvió el autito.
-¿No vas a jugar?- le preguntaba y el “rusito” solo lo miraba y llevaba a la boca el índice de su mano derecha.
EN EL MONUMENTO A COLÓN
Una mañana, cuando volvía del centro, en Plaza Independencia cruzaban en diagonal igual que yo, tres varones y una mujer jóvenes. Todos se dirigían al monumento.
La mujer se adelantó corriendo.Subió dos escalones, con la mano les indicaba que se acercaran, mientras levantaba su celular para sacarse una selfi. Los miré, vi que posaban sonrientes. El color de su piel y sus cabellos daban para pensar que eran indios... de la India al igual que una chica que caminaba por 18
con su nariz brillante por la magia de los piercing.
EN EL BARRIO
Más de una vez, al atardecer, cuando volvía a casa venían dos brasileños, con su ropa anaranjada de trabajadores y sus mochilas, conversando animadamente. Las veces que los encontré venían caminando por la calle. En una casa que hace poco reciclaron, a cuadra y media de la mía, vive una pareja de brasileños, dos veces los he oído habar en la vereda. En el centro he visto algún joven hablando por celular o jóvenes en grupo sentados en el restorán frente a Plaza Sarandí. Allí no fue difícil identificarlos porque estaban con la algarabía propia, que solo los brasileños saben mostrarla
VACUNADORAS
Últimamente, al pasar por el vacunatorio de 18 de Julio, en dos oportunidades, dos jóvenes vacunadoras me preguntaron si tenía la tercera dosis contra el covid.
Ese día había poca gente y a quienes pasábamos por el lugar nos ofrecían vacunas.
Fue lindo ver, esas jóvenes, que no pensaron en descansar, sino en ser responsables y tratar de contagiar a los demás.
Esta nueva postal, no es solo nuestra.
FORLÁN Y DURAZNO
Diego Forlán con su nueva actividad deportiva puede ser visto en nuestra ciudad.
Él y su equipo a veces pueden verse en una esquina de calle Morquio donde ha alquilado. La dueña sorprendida cuando llegó. Quien sabe quien lo envió.