Daniel, el décimo cuarto y menor de los hijos de aquella pareja de italianos venidos de Ceraso, de la región de la Campania, un buen día decidió marcharse a Montevideo. En su pueblo era uno de los que había inaugurado el primer liceo y había cursado hasta tercer año. Desde siempre el dibujo y el modelado le habían despertado interés. A los catorce años, el día que Giovanni encontró a su hijo fumando, le anunció que a partir de ese momento comenzaría a trabajar para pagarse los vicios. Fue así que cambió el aula licealpor andamios y fratachos junto a su padre. Eso no le impidió continuar con la autoformación y reuniéndose con amigos que tenían sueños y más sueños como él. En la aún joven década del treinta, con veintitrés años se marchó a Montevideo. Los primeros tiempos, una pensión de la Ciudad Vieja le permitió compartir con otros jóvenes del interior y acumular miles de anécdotas que a lo largo de su vida las fue desgranando. El cambio se produjo el día que se cruzó con el ingeniero Larrañaga y comenzó a mejorar su oficio de albañil y a tener dinero en el bolsillo. Su agradecimiento fue eterno a ese hombre. Contaba que en diferentes barrios había casas donde se podía leer en un ángulo de la parte superior, el nombre del ingeniero, pero una vez alguien de su pueblo ubicó una con el nombre de los dos. Un ánfora de terracota de cuello largo era el recuerdo material que atesoraba del ingeniero, hallazgo doble en un sótano, que el patrón compartió. Después de asentarse en su trabajo pudo alquilar un apartamentito en calle Ponce. Eso nos contaba con satisfacción. A él llegaban, desde su pueblo, amigos. Amigos que podían estar unos días o meses y que a veces hasta compartían monedas que guardaba en un bollón para cuando arreciara la pobreza. Al tiempo, hasta teléfono pudo instalar en su nuevo hogar,teléfono que tuvo mucho de duende. Del Círculo de Bellas Artes, motivo de su ida a Montevideo contaba de sus aprendizajes, de la gente creativa y generosa que conoció. Exactamente cuánto tiempo concurrió no lo sé, sí, que dejó de hacerlo porque un profesor elogió mucho una cabeza que había modelado y al día siguiente le reclamó porque la había retocado. Él insistía que la cabezaestaba igual, nadie la había tocado. De esas amistades le quedaron recuerdos, recuerdos valiosos para él, recuerdos queribles para mí. Un paisaje del cuarenta y tres con ranchos, carretón tirado por bueyes y un campesino dirigiendo la tarea, tiene la firma de Luis Mazzey y un felino manchado buscando presa, del treinta y ocho, es de Guillermo C. Rodríguez, más varios de su amigo coterráneo con el que compartía trabajo y andanzas. Un librillo-programa del cuarenta y dos de “Ifigenia en Aulide” donde otro amigo actuó enel S.O.D.R.E. aparece entre los lindos recuerdos. También me pintaba Montevideo a través de otras cosas. Me hablaba del chalet que Gardel tenía en la rambla, de la alegría que había llevado a los enfermos del hospital Ferreira y del maravilloso fotógrafo José María Silva. Me hacía imaginar los tranvías. Contaba del parque de Los Aliados, aunque su nombre actualizado era Batlle y Ordóñez para él seguía siendo de Los Aliados. Con emoción decía que había visto a Baltasar Brum en la vereda de su casa, junto a sus allegados, el día que se disparó, el día que murió para defender la libertad. Amaba el Solís, a la Xirgu me la hacía ver. Me decía que se agrandaba al actuar, que crecía. Me mostraba una caricatura que había hecho de ella y otra de Florencio Sánchez y que las había publicado. También hablaba de los tablados de carnaval que hacían con Adolfo, amigo desde siempre. Muchas veces les ponían nombres en italiano y algunos premios recibieron. Dentro de todos los cuentos había uno, que yo pedía que lo repitiera y cada vez tenía más condimentos, condimentos escalofriantes; era el trágico episodio de la degollada de la Rambla Wilson. Montevideo permanecía en él así, con las cosas de antes,después del cincuenta cuando lo dejó, iba poco, a las apuradas, quería volver.En su ciudad tuvo su empresa constructora. Dibujaba, calculaba, proyectaba. También anduvo año tras año detrás de un teléfono. Tanto él como su esposa lo necesitaban. Era imposible conseguirlo, recurrir a los políticos no era su estilo. Hasta que un día, de los tantos de ir a averiguar si tenía uno asignado, una funcionaria que sabía de su vida en Montevideo le preguntó si no había tenido uno ahí. Volvió el apartamento de calle Ponce a la familia. Después de varios meses, se hizo el traslado del teléfono. Teléfono que tuvo duende, teléfono que nos permitió continuar unidos a ese Montevideo de antes que conocimos a través de anécdotas, vivencias, emociones…donde la gente del interior también fue parte de él.
BEATRIZ DEVITTA