En marzo de este año la Asociacióm Uruguaya de Escritores (AUDE) convocó a asociados y no asociados a escribir páginas breves inspiradas en textos de Juana de Ibarbouru con la finalidad de ser leídos el 21 de marzo en el Ateneo de Montevideo en oportunidad de un homenaje a la poeta con motivo del Día de la Poesía.
Por problemas asocicados al mal estado del tiempo y de la carretera que llevó a la suspensión de los servicios Durazno-Montevideo en esa fecha no pudimos concurrir y hemos decidido compartir por este medio.
IMAGINACIÓN LIBRE
En mi infancia aprendí a amar a los libros. Hoy miro los títulos de aquellos libros y los nombres de sus autores y solo puedo agradecer a mis mayores y a las maestras que los pusieron en mi camino. Entre esos libros “Chico Carlo” de Juana de Ibarbourou tiene un lugar de privilegio.
Varios son los relatos de aquel libro que entre la narrativa y la poesía alimentaron mi imaginación pero hay uno que se lleva todas las palmas porque es mi propia experiencia puesta en palabras tan bien dichas por ella.
Cuando era niña mis padres se fueron a trabajar y vivir en una estancia no tan lejana de nuestra ciudad pero de difícil acceso, como yo justamente comenzaba la escuela decidieron dejarme con una tía y a esa casa iba de visita en vacaciones. No conocía el campo y para mí todo era nuevo desde las flores silvestres hasta los pájaros, los lagartos, las comadrejas, los zorrillos o las hormigas de distintos tipos que se veían en los alrededores de la casa.
Las largas y cálidas siestas del verano eran una hora ideal para mis exploraciones solitarias, pero mis padres me obligaban a ir a la cama. Como las habitaciones de la casa eran enormes y en algunas solía haber desprendimientos de ladrillos del cielorraso, mi cama estaba en la habitación de mis padres por lo cual era imposible escapar abriendo una de las viejas puertas chirriantes y menos aún la ventana que tenía una reja con barrotes más gruesos que muchas cárceles. Mi padre dormía y roncaba hasta las tres de la tarde, mi madre no sé si tanto pero no podíamos conversar, tampoco podía leer porque puertas y ventanas tenían postigos que dejaban la habitación en penumbras. Por el borde de uno de los postigos que estaba levemente vencido se colaba un pequeño rayo de luz que iba a la pared justo frente a mi cama. Las paredes en algún momento habían sido empapeladas y luego cubiertas por sucesivas capas de pintura a la cal que se iba desprendiendo aquí y allá con el paso del tiempo. Mi imaginación de seis años volaba libre desde la vieja cama de hierro a los confines más recónditos del universo. Y viajaba en carrozas como las de las princesas de los cuentos, se encontraba con flores y con pájaros extraños o vagaba por castillos y palacios que nunca había visitado antes. Podía aspirar el aroma de esas flores más allá del leve olor a moho de la vieja casa, podía escuchar el canto de los pájaros que salían de la pared aún por encima del canto de las chicharras que llenaba la siesta real desde los árboles del patio, podía vivir en un mundo de lujos y brillos sin ver la madera sencilla de los muebles familiares.
Juana me regaló la llave para ir al país de la felicidad solo con el poder de la imaginación y muchas veces hasta con una sonrisa dibujada en la redonda cara de niña.
Blanca Estela Castro
EL OLOR A NARANJAS
Qué recuerdos tan bellos me trae el olor a naranjas
El árbol viejo del patio en mediodías de invierno
Ella y yo sentadas en la orilla enladrillada del cantero
Una mirada rápida y las manos exactas de mi madre
Ponían en las manos mías con todo amor
el oro y el perfume de la mejor naranja
Y nos sentábamos juntas, casi rozando las piernas
y la memoria del libro también se sentaba con nosotras
a saborear sin prisa aquellas naranjas olorosas y firmes.
Solíamos cantar o decir versos
disfrutando del sol de las siestas de invierno..
Hoy los versos de Juana siguen flotando en el viento
Su nostalgia y la mía se unen
Son sabores y aromas del tiempo
Ya no sé si es una o es la otra
Solo quiero el color y el perfume
De naranjas redondas y firmes
De mi casa, mi pueblo y mi madre
Que no están y sí están en mis sueños.
Blanca Estela Castro