Hace más de seis décadas que intento conocerla. Ella me pertenece y yo a ella.
Nos compenetramos. Día a día conozco más sus detalles. Siempre quise ser participante activa en su vida. Quiero saber qué ocurre en ella, quiero disfrutar de sus actividades, no perderme nada. Quiero vivirla intensamente. No quiero oír a aquellos que dicen que en ella no pasa nada.
Me da placer conocer su origen, su gente, sus transformaciones, su evolución.
Escudriño sus rincones, miro con atención sus edificios, plazas, esculturas, su cementerio y jardines.
Marco en mi memoria qué vecinos amparan árboles nativos o que plátano cobija a su pie una margarita de Piria, una mostaza de campo o una áspera borraja que en primavera se cubre de cielo. Sé que había antes en este sitio y en aquel.
Doy valor a lo que está y recuerdo aquello que ya no vemos, pero que existió, porque lo ausente también es parte de su historia.
No todo me gusta, de pronto hay cosas que considero innecesarias, o no tan agraciadas, pero las respeto.
¡Ay, mi río! No lo olvido. Es lo primero que muestro a los amigos que llegan. Su agua, sus playas y su monte identifican mi ciudad. Hay momentos que nos regala aroma a arrayán, que nos permite saborear pitangas o ricos frutos de quebracho.
Oír el canto del pitiayumí y del hornero, ver aletear una garza blanca o contar marcas de patas de jacana en la arena es unir el cemento de la ciudad a la naturaleza que la abraza.
Libros, canciones, dibujos… los hijos que la quieren la pintan de diferente manera.
Junto todo eso para tenerla de otra forma, para no quedarme solo con lo que veo al recorrerla y tener más voces que me hablen de ella. BEATRIZ DEVITTA