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Vicente Sebastián de Erice, hermano de José.
A veces la rancia historia de uno, la familiar, esa del señor de grandes bigotes que te mira muy serio desde una fotografía en blanco y negro colocada encima de una mesita, a veces, digo, esa pequeña historia se cruza con la gran Historia, la de nuestra Patria. Soy militar y, por suerte o por desgracia, mi pasado familiar nada ha tenido que ver en ello. No he tenido la influencia de un padre o un abuelo o un pariente cercano que me haya iluminado sobre la carrera de las armas. Mis antepasados –que sí es verdad que hubo muchos vistiendo el uniforme– son de los que miran, hieráticos, desde esa fotografía descolorida de la que hablaba antes. Tampoco me importa excesivamente. Con cuatro años, la influencia de un cabo gastador de la IV bandera de La Legión fue más que suficiente para convencerme de que mi camino era el de la milicia. Y no me ha ido mal.
Pero, a veces, alguno de esos tipos encerrados en la cárcel amarillenta de su retrato, no sabe quedarse quieto y agita con vehemencia las ramas del árbol genealógico. Y ese ha sido el caso del teniente de Caballería José Sebastián y Erice –lo pongo así aquí, con “y”, porque su hermano Pedro aún no había unido los apellidos, que, según me contaron de pequeño, lo hizo para preservar el recuerdo de su madre, Vicenta, que murió al darle a luz–. Me gusta pensar que, desde esa parcela que el Dios de los Ejércitos tiene reservada para sus buenos soldados, ha estado haciendo lo imposible para que su historia cayera en mis manos y yo hiciera todo lo posible por terminar algo que en su tiempo quedó a medias. Hoy voy a contarles ese triple cruce de historias.
José nació el 8 de abril de 1872 en Madrid. Era el tercero de cinco hermanos –hubieran sido seis, pero Rosario murió muy jovencita–. De los cuatro varones, los tres primeros fueron militares y el pequeño, Pedro, diplomático. Carmen, la única hermana, seguro que mantenía a raya tanta testosterona y ponía la sensatez en ausencia de Cándido y Vicenta, sus padres. Ella y su hermano Pedro fueron los que nos trajeron otro “chute” de sangre irlandesa, la de los O’shea, a la que ya teníamos en la familia. Los dos hermanos mayores, Cándido y Vicente, eran artilleros –de hecho, el segundo, sólo dos años mayor que José, se ganó el ascenso por méritos de guerra, aunque renunciara por el compromiso artillero de escala cerrada, como lo atestigua una placa en el Alcázar de Segovia, y llegó al empleo de coronel–, pero José era más inquieto y eligió un arma de maniobra, la Caballería.
Vicenta de Erice y Novella y Candido Sebastián y Duque, padres de José
Pero vamos al lío. El 24 de febrero de 1895, el líder cubano José Martí ordenaba el levantamiento en 35 poblaciones del Oriente cubano. Acababa de iniciarse el “Grito de Baire”. Como reacción, en la Península se puso en marcha una movilización para reforzar la guarnición de la isla. Así, por Real Orden de 18 de mayo, se ordenó la organización, por sorteo, de diez escuadrones expedicionarios –una fuerza de 1.600 jinetes aproximadamente– de entre los 28 regimientos del Arma de Caballería, para que desplegaran en la isla a la mayor brevedad. Por aquel entonces, José estaba destinado, como primer teniente, en el Regimiento “Húsares de Pavía” número 20, de guarnición en su Madrid natal. La suerte hizo que, en el sorteo que se celebró al día siguiente, su regimiento fuera uno de los agraciados. Inmediatamente, la unidad se puso a organizar su correspondiente escuadrón expedicionario, que se compuso de 171 militares: once oficiales –un comandante, dos capitanes, cuatro tenientes primeros, cuatro tenientes segundos, un médico y un veterinario– y 160 militares de tropa –cinco sargentos, ya que este empleo tenía consideración de tropa en aquel momento, dieciséis cabos, cuatro trompetas, cuatro herradores, un forjador y 130 jinetes–.
Placa conmemorativa sita en el Alcázar de Segovia. En ella se nombra al Capitán D. Vicente Sebastián y Erice
El 26 de mayo fue la despedida en Madrid y el desfile del escuadrón, al mando del comandante Juan Álvarez Masó, fue presenciado por Su Majestad la Reina Regente, María Cristina de Habsburgo-Lorena, desde el balcón del Príncipe del Palacio Real de Madrid. El trayecto entre Madrid y Cádiz fue en ferrocarril –por cierto, en la estación les entregaron unos cigarrillos de parte de la Reina–. El 30 de mayo estaban embarcados –doce días después de que se diera la orden y catorce desde la petición de apoyo remitida al ministro de la Guerra, general Marcelo Azcárraga, por el capitán general de la isla de Cuba, Arsenio Martínez Campos– y zarpaban al día siguiente hacia La Habana, donde atracarían tras quince días de navegación sin novedad. Desde la capital cubana, de nuevo se trasladaron en ferrocarril hasta Esperanza –una población cercana a Santa Clara, capital de la provincia de Las Villas–. El 19 de junio recibieron los caballos que se habían adquirido en la isla –esta compra de caballos cubanos y la posterior de sus monturas, al no valer las peninsulares, es una historia logística digna de leer– y se prepararon para la marcha que les llevaría a su guarnición en el pueblo de Placetas.
La Reina Regente Dña. María Cristina y Alfonso XIII. Cuadro de Luis Álvarez Catalá que se encuentra en el Senado.
Primer teniente Jaime Coleman Feijós, jefe de la sección de Transporte a Lomo de Trinidad (Cuba) con su asistente.
Todo este periplo de su unidad, el primer teniente Sebastián de Erice lo vio desde el peor sitio en el que puede estar un militar cuando despliega su unidad: fuera del contingente. La designación de los oficiales del Escuadrón Expedicionario fue por sorteo en el despacho del coronel, ya que todos eran voluntarios –o así se les consideró, en mi opinión, con buen criterio–. La tropa –que debía tener como mínimo un año de servicio– no se quedó atrás y también hubo muchos voluntarios. Para completar las vacantes que quedaron se procedió de forma parecida a la utilizada con los oficiales, mediante un sorteo en el patio del cuartel de San Gil. Habilitaron dos cestos, uno con todos los nombres disponibles y otro con papeles con la palabra “ultramar”. Así fueron emparejando papeles de uno y de otro. El Diario de Operaciones del Regimiento “Pavía” relata varios casos de cambios: el soltero que va por el casado, el que sustenta a su familia que es relevado espontánea y gratuitamente por un compañero de otro escuadrón… o de negativas a cambiar por parte de militares a los que sus familias habían buscado un sustituto, posiblemente previo pago.
Así que José, seguro que bastante jodido, se despidió de sus compañeros de empleo Indalecio Vázquez Sánchez, los hermanos Francisco y Alejandro Gordo Dávila –que ya es suerte que les tocara a los dos, estando, además, el segundo de baja médica en el momento del sorteo– y Pedro Ponce de León y León –que permutó con Vicente Aguilera Turno, que “recién destinado y no incorporado al Cuerpo, careció del levantado espíritu de sus compañeros de suerte”– y se juramentó para intentar meterse en el primer hueco que surgiera.
Jóvenes oficiales del regimiento "Húsares de Pavía".
Y como Dios premia a los valientes, su oportunidad apareció a finales del mes de agosto, cuando hubo que mandar 22 voluntarios más a Cuba. Sólo dos puestos correspondieron al Regimiento “Húsares de Pavía” y el resto salieron del “Montesa”. Tres meses había tardado José en conseguir su propósito.
Nada se sabe de su viaje e incorporación, pero de acuerdo con el Diario de Operaciones, su bautismo de fuego tuvo lugar el 3 de octubre de 1895. Mandaba una de las secciones de vanguardia durante un reconocimiento por los potreros de Santa Margarita, Fuentes y San Pedro cuando, en un paraje denominado Camino de Castrillón, alcanzaron la retaguardia de una partida enemiga. Sostuvieron un “pequeño fuego” –duró una hora y consumieron 376 cartuchos de fusil– hasta que les pusieron en fuga. La otra sección la mandaba su compañero Indalecio Vázquez, que debía ser un gran teniente por sus constantes apariciones en el Diario de Operaciones, frente a la ausencia de los hermanos Gordo. No quiero decir que éstos no lo fueran, pero sus misiones no los debían llevar a tareas de exploración y combate. De hecho, Francisco aparece un par de veces como ayudante del general. Otro primer teniente cuyo nombre acompaña en el texto casi siempre a Indalecio y a José en las salidas y combates es el de Pedro Ponce de León.
"Bruma en Cuba", de Augusto Ferrer Dalmau..
Guerrillas montadas vadeando el río Guaninincú. Biblioteca Nacional. Extraído del artículo "El Regimiento de Húsares de Pavía en la Guerra de Cuba (1895-1898) Apuntos sobre su organización para la Campaña", del Tcol. Ángel Laborda Rodríguez y publicado en la revista Tribuna Benemérita.
José volvió a entrar en combate los días 15 y 20 del mismo mes. El primero fue un hostigamiento de dos jinetes con tercerolas al paso de su columna –escoltaban una unidad del Regimiento de Infantería “Zamora” n.º 8 hasta Sancti Spiritus– por la finca “Santa Rita” y el segundo en el trayecto de vuelta, de Cabaiguán a Placetas, en las inmediaciones de la loma de Zaza, donde entablaron combate con una avanzada de los rebeldes. En esta acción capturaron al insurrecto Lorenzo Grau, alias, “Barriguilla”. Nuevamente aparecen en el listado Indalecio, Pedro y José. Me imagino el buen rollo entre ellos, las veladas de risas y bromas, la caña que le darían los dos más veteranos a José por llegar tarde a la “fiesta”, pero con la mirada de respeto del que ha sabido ganarse su puesto combatiendo a su lado en vanguardia.
Con relativa calma terminó octubre y ya bien entrado noviembre José participaba en nuevos combates el 11 y 14 de noviembre, todos ellos, esta vez, junto a una compañía del Regimiento de Infantería “Burgos” n.º 36. En el primero de ellos, en el avance de la columna desde Pedro Barba a Manacas, estuvieron combatiendo desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, costándole a los rebeldes unos sesenta muertos, frente a dos muertos y cuatro heridos de la columna real. El último día, volviendo a Cabaiguán, fueron hostigados por “vivo fuego”. La respuesta de la compañía de Infantería y del escuadrón, que iba en vanguardia, consiguió que los insurrectos huyeran a la desbandada, dejando 18 muertos en el camino. Una hora duró este combate. En estas dos acciones el escuadrón consumió 1.114 cartuchos de fusil. Ésta es la última acción en la que, en los listados de combatientes, aparecerá junto el “trinomio” de primeros tenientes del “Pavía”.
Húsar de Pavía en la Campaña de Cuba 1898. Autor: Delfín Salas Carmena.
El 19 de noviembre, con la incorporación de su sección a la columna del general Agustín Luque, en Calabazas, José inició su última operación. Era el único primer teniente del “Pavía” en esa columna y, supongo, que echó de menos a sus dos hermanos de armas. La división estaba formada por dos columnas de brigada: la citada del general Luque y una segunda del general Oliver –en ésta marchaba su amigo Ponce de León. Tras seis días de dura marcha, la columna del general Luque sufrió su primer ataque a cargo de las partidas insurrectas de Serafín Sánchez y Basilio Guerra –ambos rebeldes morirían al año siguiente en los combates del Paso de las Damas y Moralitos respectivamente–. El combate duró cinco horas y dejó unas setenta bajas entre los insurrectos, mientras que el balance en las filas de la columna de Luque fue de un oficial y dos soldados muertos y siete heridos. La composición de la vanguardia de la columna era tan curiosa como normal en este conflicto. La componían dos secciones del “Pavía”, una del Regimiento de Caballería “Montesa” n.º 1 de Cazadores, dos compañías de Infantería de los Regimientos “Álava” n.º 56 y “Vizcaya” n.º 51 y todo ello al mando de un comandante de Infantería de Marina apellidado Navarro –en esta ocasión, las compañías de Infantería de Marina iban en el grueso y la retaguardia de la columna–.
Supongo que nada hacía presagiar lo duro que iba a tornarse aquel 28 de noviembre. Después de pernoctar en Camas, la columna del general Luque se subdividió en dos unidades de marcha más pequeñas. La primera, al mando del propio general y en la que estaban, entre otras unidades, las dos secciones del “Pavía”, iniciaría la marcha en vanguardia. A continuación, con una hora de intervalo, saldría el resto de la unidad, al mando de un teniente coronel de Infantería de Marina.
En el avance de la unidad del general, a la altura de una finca denominada “Alameda”, la vanguardia –formada, entonces sí, por una compañía de Infantería de Marina– fue emboscada desde una zona de espesa manigua en el Bohío de Guinea Alta. Eran las partidas de Castrillo y Periquito Pérez. El general dio la orden de acometerles y, como a pesar del fuego y de una inicial desbandada, la resistencia seguía enconada, al grito de “¡Viva España!” se tocaron los toques de bayoneta y degüello y se cargó contra las posiciones enemigas que, gracias al empuje y el nutrido fuego, se dispersaron totalmente. La manigua, las vallas y los alambres que poblaban el flanco derecho impidieron continuar a los húsares con la carga que habían iniciado, “cayendo muerto de bala en este trayecto el valiente Primer Teniente Sebastián de Erice, que galopaba a la cabeza de su sección”. En esta misma acción murió también un soldado y hubo dos heridos, todos de Infantería de Marina, y costó a los insurrectos quince bajas más. El combate duró hora y media y el escuadrón consumió 506 cartuchos de fusil. En un instante, la vida pletórica y exultante de José se esfumaba como los mambises que se la arrebataron.
"Caballería en Cuba 1897", de Augusto Ferrer Dalmau.
"Carga en Cuba" de Augusto Ferrer Dalmau.
"Boceto de jinete en Cuba", de Augusto Ferrer Dalmau.
Al día siguiente, con toda la división estacionada en Placetas, se procedió a dar cristiana sepultura al teniente, en una ceremonia presidida por los dos generales y con gran presencia de la guarnición. En la Orden General de la columna, fechada el 30 de noviembre, se leía el siguiente texto del general Luque:
“Soldados del segundo Batallón de Marina, 3ª Compañía del Regimiento de Soria, 1ª de Álava, 5ª de Vizcaya, Sección de la del Regimiento de Artillería de Montaña, Mixta del Escuadrón de Caballería de Montesa, 2ª y 3ª de Pavía, 1ª del Movilizado de Camajuaní y guerrilla montada del expresado Batallón de Marina, 18 días de continua marcha por terrenos transitables sólo para los que como nosotros tienen encamado el espíritu del deber; 18 días sin raciones, durmiendo sobre el fango. Nuestro deseo vehemente de encontrar al enemigo y vuestra valentía al encontrarlo, haciéndolo huir vergonzosamente ante las puntas de vuestros machetes, son virtudes que me han demostrado que, con soldados como vosotros, desaparecen los imposibles.
El Excmo. Sr. Capitán General de este Ejército conoce ya vuestro heroísmo y se ha apresurado a telegrafiarme para que en su nombre os dé las gracias; teniendo yo minuciosa satisfacción en cumplimentar tan honroso encargo. Momentáneamente, me separo de vosotros porque el deber me llama a otra parte; pero cuando vuelva a salir en busca del enemigo, os llamaré otra vez, porque con vosotros la victoria es segura. Entre tanto contad con el cariño de vuestro general. Luque”.
La llegada de la noticia de la muerte del teniente Sebastián de Erice a la Península, provocó, según figura en el Diario de Operaciones del Regimiento, la siguiente reacción: “Recibida noticia telegráfica de que en Cuba en el campo de batalla había muerto gloriosamente el Teniente Sebastián, que en agosto consiguió el ser destinado a aquél Escuadrón, la Oficialidad acordó por tan honroso pero prematuro fin de éste tan brillante y querido oficial, que su retrato figure en el Cuarto de Estandartes y que por él y los individuos muertos se celebrase un funeral costeado por ellos”. El funeral tuvo lugar el 11 de diciembre en la iglesia del Buen Suceso, sita en el número 43 de la calle Princesa de Madrid –se refiere a la segunda iglesia del Buen Suceso, ya que la primera se demolió en la remodelación de la Puerta del Sol en 1854 y la actual se construyó en 1975–. La ceremonia la presidió un ayudante de la Reina Regente junto a Cándido, hermano del teniente. Asistió todo el regimiento, una sección de cada regimiento de Caballería con guarnición en Madrid y los generales y oficiales del Arma que se enteraron, ya que no hubo invitaciones formales.
De un disparo en combate y al frente de “su gente” cuando realizaba una carga a degüello en el bohío de Guinea Alta, así murió José Sebastián de Erice, primer teniente del Regimiento “Húsares de Pavía” y primer caído en Cuba de esta unidad, a la edad de 23 años –el oficial más joven del Escuadrón Expedicionario era el segundo teniente Clodoaldo Piñar Soler, de 21 años, el cual tuvo más suerte que José y la bala a él destinada sólo le mató el caballo–. José poco conoció de la isla en los dos meses que allí estuvo, pero le dio tiempo a entrar siete veces en combate. Un honor para el Ejército de Tierra, la Caballería, su regimiento… y para mi familia.
Sus compañeros oficiales propusieron que su retrato estuviera en la Sala de Estandartes del Regimiento, pero, por los motivos que fuera, nunca se cumplió. Muchas veces, en mis más de 30 años de carrera, me han reclamado ese retrato y nunca he podido acceder a lo que, para mí, sería un honor. El motivo principal es que no fui capaz de encontrar, entre mis familiares, ningún tipo de imagen de mi antepasado José. Dudaba de su existencia, ya que suponía que, a un teniente tan joven, con cuatro hermanos más, no se le hace encarga un retrato. “Cuando vuelva de Cuba” –seguro que pensó don Cándido, su padre–.
Ferrer Dalmau en su estudio.
Pero ese jinete audaz venía en sueños a visitarme de vez en cuando, dispuesto a no dejar que la resignación se apoderara de mí. Por fin, ya de teniente coronel destinado en el Cuarto Militar de la Casa de Su Majestad el Rey, decidí hacer algo al respecto. Vale, no tendría un retrato, pero sí podía regalar algo al Regimiento que le recordara en la Sala de Estandartes. Pero no podía ser cualquier cosa… Así que en enero de 2018 me puse en contacto con el gran pintor de batallas, Augusto Ferrer Dalmau, para pedirle que dedicara a mi antepasado una de las magníficas láminas de Caballería que tiene ambientadas en la guerra de Cuba. Casi inmediatamente, el maestro contestó a mi correo y accedido a mi petición. Seguro que el hecho de que él sea “Húsar de Pavía de honor” le toco un poco más el corazón…
La lámina que elegí fue “Carga de Cuba” y, el 10 de julio de 2018, aprovechando mi presencia en Zaragoza con motivo del ensayo de la entrega de los Reales Despachos de teniente en la Academia General Militar, que presidiría el Rey al día siguiente, me acerqué a la Base “San Jorge”, donde se encuentra el Regimiento “Húsares de Pavía” n.º 4. Tras una cariñosa acogida pude entregar el cuadro al coronel Jorge Fernández Rincón, jefe del Regimiento en aquel momento.
La inscripción de la placa dice lo siguiente:
“COMO RECUERDO Y HOMENAJE AL TENIENTE JOSÉ SEBASTIÁN DE ERICE, MUERTO AL FRENTE DE SU SECCIÓN EL 28 DE NOVIEMBRE DE 1895 EN CUBA, EN NOMBRE DE LOS OFICIALES DE SU REGIMIENTO”
Y la dedicatoria de Ferrer Dalmau:
“A mi amigo Pedro Sebastián de Erice con un ¡Viva España!”
Entrega de la lámina al coronel de Caballería Jorge Fernández Rincón, jefe del Regimiento Acorazado "Pavía" n.º 4
Como he dicho, la acogida en el Regimiento fue magnífica, pero no contentos con eso, un día recibí una sorpresa muy especial en mi despacho. Era un cuadro con la lámina del Húsar de Pavía de Salas con una dedicatoria en recuerdo de mi antepasado. Ahora ya sólo me queda la Charoska…
Lámina de Serafín Salas regalo del Regimiento Acorazado "Pavía" nº. 4
Pero la historia no acabó ahí. Cuando compartí la fotografía de la entrega del cuadro con algunos de mis familiares, uno de ellos, mi primo Juan Sebastián de Erice Fontes, que es la memoria viva de la familia, me remitió un documento denominado “La Gran Peña, 1869–1917”, de José Gómez Pallete, general y peñista, publicado en 1919 con motivo de las bodas de oro de la Real Gran Peña de Madrid. Resulta que José era socio y que existe en la Peña un “Libro de Oro” en el que figuran los “socios muertos en acción de guerra o de resultas de heridas recibidas en ella desde la fundación de esta Sociedad en XIV de marzo de MDCCCLXIX”. Y allí está, en su respectiva hoja, “Don José Sebastián y Erice, Primer Teniente de Caballería. Muerto en el combate de la Alameda (Cuba), el 28 de noviembre de 1895”. Y su retrato. ¡Sí, su retrato!
Mi querido antepasado daba un nuevo meneo a las ramas y conseguía que, por fin, le pusiera cara. Y yo ya tenía un nuevo objetivo: Encargar un retrato de José, tomando la fotografía de la Real Gran Peña como modelo y a un artista que tuviera la sensibilidad de ambientarlo en sus últimas horas en Cuba. Y en eso estoy. Los contactos con algún pintor y alguna pintora están hechos. Ahora sólo queda rematar la misión de hacer realidad la voluntad de aquellos oficiales que perdieron a un compañero en combate, por un lado, y feliz a otro, su descendiente, en un momento de su carrera militar en el que estas cosas, las del corazón, cada vez cobran mayor valor.
SAR la Princesa de Asurias dedicó su primera fotografía oficial a una unidad militar al Grupo de Caballería Acorazado, "Húsares de la Princesa" II/4, perteneciente al Regimiento Acorazado "Pavía" n.º 4, con motivo de su despliegue en Mali en 2021.
Escudo del Regimiento Acorazado "Pavía" n.º 4. Los regimiento acorazados cuentan como unidades subordinadas un Batallón de Infantería de Carros de Combate y un Grupo Acorazado de Caballería.