9.- HERMANO ANNET MARIE Jean Cyprien Loubier
*1878 + 19 VI 1910
Muere en Zacatecas, a donde había llegado a principios del año de 1909, destinado a la escuela gratuita de San José; fue maestro de 80 niños, con los cuales se encariñó y les hizo mucho bien.
Jean Cyprien Loubier nació en Saint Christopher d'Allier en la Diócesis del Puy.
Recibió una educación cristiana de parte de su honorable familia. Teniendo 17 años entra al Noviciado de Paris. Después de sus estudios en el Escolasticado, se ejercita en la enseñanza en San Sulpicio y en Menilmontan, hasta 1901.
Se le envía a Igny, donde permanece cinco años, pasando luego a la escuela Saint Michel de París y a Vaujours hasta el cierre de esta casa en 1908.
En las diversas comunidades en las que vivió se mostró amante de la regularidad, además de ser piadoso, caritativo y animado por excelente espíritu de fe y celo ardiente en su empleo.
Siguiendo el ejemplo de muchos de sus compatriotas, solicitó y obtuvo la autorización para ir al Noviciado Apostólico de Clermont Ferrand, para iniciarse en los elementos de la lengua Castellana.
A pesar de sentir fatiga, se puso a trabajar con entusiasmo y pronto fue juzgado apto para formar parte de los Hermanos destinados a México, con varios miembros de la comunidad de Vaujours.
Con todo y que la travesía fue penosa, no se le oyó decir ninguna queja. En Puebla pasó algunos días y luego se le envió a Zacatecas, donde los Hermanos acababan de abrir la escuela gratuita del Señor San José, para niños pobres.
Su clase contaba con 80 alumnos de clase indigente y se puso a educarlos con un celo admirable, sin medir las dificultades ni sus fuerzas, con gran visión de fe, al ver en sus alumnos unas almas que educar y tiernas inteligencias para abrirles los horizontes de la fe e inflamar sus corazones de amor por Jesucristo.
Trató de ser un pobre entre sus alumnos pobres.
Su carácter afable y alegre irradiaba a su alrededor una influencia sana y no se negaba a prestar un servicio. Su lealtad y amable sencillez le ganaban todas las simpatías. Era puntual a los ejercicios, se acercaba a la Comunión. diaria y sacaba de las Visitas al Santísimo la energía necesaria para dominar el cansancio y dedicarse con celo a su difícil empleo.
Encargado de la sacristía, velaba por tener limpio este santo lugar. Tenía una sana afición por el trabajo y nunca se encontraba desocupado, español y del inglés. Sin embargo, su libro favorito era el catecismo. Había pasado con éxito varios cursos de los Cursos de Religión del Instituto.
Seguía con fidelidad los cursos organizados por la Comunidad y con entusiasmo preparaba sus clases. Aunque no tenía mucha autoridad con sus alumnos, era apreciado a causa de su rectitud, abnegación y bondad.
El 4 de junio de 1910 sintió dolores de cabeza, continuando sus clases hasta la tarde y se necesitó una orden formal de la obediencia para que se fuera a descansar.
Hasta el día 11, ningún signo alarmante revelaba su enfermedad. Se creía que era una ligera indisposición. Cuando se declararon los síntomas de un tifo, con las condiciones que dicta la caridad, se le hizo ver que el mal que padecía era grave. Acogió esta noticia sin conmoverse y pidió confesarse. El día 15, como el mal entraba en período agudo, se confesó nuevamente, recibiendo el Viático y la Extremaunción.
Al día siguiente el delirio se hizo presente en él y hasta el 19 permaneció estacionario. Se pensó que era un buen indicio de mejora, pero súbitamente se puso mal.
De prisa se llamó a dos médicos y recetaron medicinas enérgicas, pero no hicieron el efecto deseado. Se le administró una última absolución y la Comunidad recitó las oraciones de la Recomendación del Alma. A media noche, recobró su lucidez y se unió a las preces de los asistentes; por la mañana se durmió en el sueño de los justos, sin conmociones ni agonía fue el 19 de junio de 1910. Tenía 32 años y 16 en religión.
Sus despojos mortales, gracias a una concesión del Sr. Obispo, los depositaron en un lugar destinado a los eclesiásticos. Y pese a que el Señor Obispo estaba en cama, se hizo representar en el solemne servicio religioso que se efectuó en la Iglesia de San Juan de Dios, que servía de capilla a la Comunidad. La concurrencia fue muy numerosa, así como las muestras de simpatía. Noticia necrológica No 31, pág. 470.