Hno. ANACLET MARIE
Jean Marie CELLE
1858 + 12 VIII 1927
El Hermano Anaclet nació en Granzac, en la diócesis del Puy, a la sombra de un campanario de un antiguo priorato donde los contrafuertes y estrechos cruceros de muros gruesos evocan la época feudal. En ese lugar vivía una cristiana familia que, desde tiempo inmemorial, había dado a la Iglesia sacerdotes, religiosos y religiosas.
De esta cepa fecunda, surgió nuestro Hermano que ahora presentamos a los lectores.
Su vida religiosa se puede descomponer de la siguiente forma:
Dos estancias en el Distrito de París.
Dos estancias en su Distrito de origen el Puy y de 1907 a 1914, en México.
En cada comunidad donde estuvo el Hermano Anacleto María tuvo a su cargo la dirección de una clase. Lo que hizo en una parte lo volvió hacer en la otra, imposible de seguirlo en cada lugar. Tenemos algunos testimonios que nos ha aportado un antiguo alumno hoy Hermano Director de una importante institución.
“Del Hermano Anacleto María, he guardado un imperecedero recuerdo, y puedo certificar y que ese mismo recuerdo tienen la mayoría de sus exalumnos. Me recuerdo en particular sus reflexiones diarias, pequeñas obras de arte en su género. Entonces, era una manifestación plena del Hermano sobre todo cuando nos exhortaba sobre el trabajo que realizábamos y como se lo debíamos de ofrecer a Dios. Cuando en las horas o medias horas, escuchábamos un pequeño toque de la “señal” y veía como las plumas y lápices dejaban de escribir, los niños agachaban la cabeza en señal de recogimiento y elevaba fervientes oraciones hacia el Señor. Hermoso espectáculo que el cielo ha de haber visto con asombro. Es que nuestro maestro sobresalía por una piedad sincera, sostenida por una grande modestia, que era manifiesta a los ojos del su pequeño mundo de niños.
Profesor en todo el sentido de la palabra, el Hermano Anacleto María explicaba para que entendiéramos los puntos difíciles del programa. Su paciencia y su dedicación a la enseñanza le hacía obtener resultados notables en los exámenes oficiales donde sus alumnos se lucían.
En 1907, después de estudia la lengua de Cervantes, el Hermano Anacleto María se embarcó con mucha alegría para México a donde lo enviaba la obediencia. Con gran entrega y ánimo, él hubiera permanecido en México toda su vida, si la persecución de 1914 no le hubiera hecho salir. De México siempre conservó uno de los mejores recuerdos, y a pesar de su edad avanzada, él hubiera atravesado el océano para ir a ejercer su apostolado ahí, si esa fuera la voluntad de divina.
Pero Dios lo quería en su distrito de origen. Se puso a la disposición el Hermano Visitador del Puy, quien le confió vigilancias o una clase de los pequeños.
De sus alumnos él se ocupaba con una maravillosa actividad. Los atendía, les exigía que el fuera trabajo cuidadoso y para él era un deber sagrado que los niños aprendieran el catecismo y las oraciones. Era para él una alegría el preparar a sus queridos chiquitines a la Primera Comunión privada, se dedicaba a esta obra con gran cuidado y ternura. Tenía un tacto especial para motivar a la oración en la Iglesia, donde cada niño tenía un libro y un rosario y los hacía que los usaran fielmente.
La obligación de estar en las vigilancias ponía en relieve la delicadeza de conciencia del Hermano, así como su celo por la salvación de los niños.
La vigilancia la concebía: firme, constante e incesante... a pesar de la fatiga, y de las inclemencias del tiempo, o las dificultades que se le presentaban. Se preocupa de preservar a las almas del mal.
Se puede decir que el Hermano Anacleto María murió en la línea, pues estando en su deber surgió el germen del mal que le atacaría.
Al inicio del año de 1927, mientras presidía un recreo, he aquí que recibió un balonazo que le astilló una pierna, ocasionándole un fuerte dolor que él soportó sin queja alguna. No se le notaba ninguna herida externa, pero después de esto su salud quedó resentida y pronto su trabajo en la clase y en la vigilancia le fue imposible.
En el mes de marzo fue enviado a la casa de Hermano mayores del Puy, donde manifestó alteraciones en su cabeza, prueba de una embolia. Poco después le vino un dolor muy agudo en uno de sus ojos, dolor que permanecía constante e intolerable hasta que le extrajeron el ojo. En fin, aparecen síntomas de albumina.
Sin perder su habitual tranquilidad, el paciente se dispuso para el supremo momento de ir a la eternidad; y en el momento marcado por la Voluntad de Dios, dejó esta tierra para ir a la mansión de los bienaventurados.