16.- HERMANO BERNARD VINCENT BESTION Antoine Cyprien
* 1859 + 21 IX 1915
Nació en Castel Nouvel, diócesis de Mende.
De naturaleza dócil y sencillo, fáciles disposiciones para la piedad, carácter serio y reflexivo, fueron las cualidades con las que llegó nuestro hermano, a los dieciséis años, al Noviciado de París, en 1875.
Terminando su noviciado el Hermano Bernard Vicente fue enviado para realizar sus primeros ensayos como maestro a la comunidad de Nuestra Señora de Loreto, en París, donde fue maestro de todas las clases, hasta llegar a ser nombrado Hermano Director, en 1892. Pronto se había manifestado como un excelente profesor, dotado de grandes aptitudes para la enseñanza, realizándose en él todas las esperanzas que se habían forjado sobre él.
Siendo maestro de la primera clase, ejercía también el cargo de subdirector, de 1890 a 1892, cuando tomó la dirección de la comunidad y de las seis clases de la escuela. Este fue su campo de apostolado hasta que se aplicó el decreto de clausura, en 1908. Desde que se inició la tormenta, ya había tomado la resolución, como muchos otros miembros del Instituto, de ir a trabajar y ejercer su apostolado fuera de Francia. Sin importarle que tenía casi cincuenta años de edad se puso a estudiar la lengua castellana.
Se ofreció a los Superiores para ir a trabajar al otro lado del océano, en el trabajo que le quisieran encomendar. El hermano Bernard Vincent fue escogido por el Hermano Asistente Allais — Charles como compañero de viaje de Francia a México para visitar las comunidades del nuevo Distrito. Llegando a Puebla lo deja como ayudante del Hermano Director en el Colegio de San Pedro y San Pablo.
Después de dos meses de estancia en Puebla, para perfeccionar el idioma y conocer las costumbres del país, nuestro Hermano fue enviado al Colegio de la ciudad de Monterrey, abierto apenas tres meses antes. Estando seriamente enfermo el Hermano de la clase de los chiquitos, sin calcular las dificultades, se ofrece alegremente para sustituido y ponerse al frente de más de cien alumnos pequeños de la escuela gratuita 'Guadalupe'. No tardó mucho tiempo en obtener una buena disciplina. Era un placer verlos formarse en su lugar para salir en orden del colegio, e ir formados por la calle.
Pronto el progreso de estos niños pequeños fue notable en toda la región y se incrementaron las peticiones de inscripción, que ya no tuvo cupo para recibirlos a todos.
Un Hermano de ese tiempo nos da el siguiente testimonio: "con toda sencillez se adaptaba a las incomodidades inherentes a toda obra que comienza y, que Dios bendice", otro agregó: "con su alegría y buen humor nos motivaba y nos alentaba en toda circunstancia para realizar nuestra tarea con valentía, en ese rincón del campo del Señor".
La escuela donde nuestro Hermano realizaba su apostolado estaba a más de un kilómetro de la residencia de la comunidad. Para ir y venir había podido utilizar el tranvía, que en su recorrido pasaba por enfrente de los dos colegios que se nos habían confiado; sin embargo, a pesar de los fuertes calores, su edad y sus pies adoloridos, por espíritu de pobreza y por no distinguirse de sus Hermanos, hacia el trayecto a pie, cuatro veces al día. La dureza consigo mismo, parece haber sido una de las características de su vida espiritual. Tenía por principio no tener para sí, sino lo estrictamente necesario y no distinguirse de nadie en la vida comunitaria.
Después de solo dos meses de estancia en Monterrey, el Hermano Bernardo Vicente fue nombrado director de la Comunidad de San Vicente, en Puebla, cargo que desempeñó hasta noviembre de 1909 en que fue cambiado, también como director, a la comunidad de Mixcoac, en la ciudad de México. Uno de sus inferiores nos relata sus impresiones y recuerdos: "el rasgo que más me impresionó de este excelente religioso fue su lealtad de carácter, unido a su ameno temperamento".
"A nuestro Hermano nunca se le vieron malas caras, ni malos entendidos, desvíos o equivocaciones. No había hipocresías, pues su alma se abría espontánea e ingenuamente a su interlocutor. Era la franqueza misma y ni la edad, ni la amarga experiencia de la vida pudieron jamás quebrar su escrupuloso apego a la verdad. Se puede asegurar que no pagaba tributo, nunca, a las pequeñas intrigas que trataban de influir en las decisiones de la autoridad. Esta misma lealtad le hizo despreciar las sonrisas tramposas del mundo y amar los buenos momentos de la comunidad. Sabía muy bien que, en el mundo, si se quiere seguir sus llamados, se va a encontrar falsedad, a lo cual se rehusaba su noble naturaleza.
Con alegría e interés, el Hermano Director seguía con su mirada vigilante la evolución de los alumnos en los diversos cursos de la escuela. En medio de los niños pequeños parecía que estaba en su elemento.
La mano de la Divina Providencia le aparecía por todas partes, derramando sus liberalidades sobre quienes habían consagrado su existencia a la educación cristiana de la juventud. Cuando había un contratiempo sabía descubrir con santa perspicacia el regalo del Cielo y, que al lado de la prueba había motivos de consuelo, que brotan del fondo del alma, creando una atmósfera de paz, en la cual vivía desde mucho tiempo atrás.
Con una sonrisa franca recibía invariablemente a los visitantes. Con calma admirable de su bella alma y su fisonomía pálida por la enfermedad, su tranquilidad y su sonrisa eran el más elocuente recibimiento, más que las frases estudiadas o las maneras rebuscadas. Nunca se le escucho' decir una palabra inadecuada.
Quizá se le podía acusar de tener su propio carácter, que atacaba al de los otros, pero, al contrario, tenía el don de lanzar, sin esfuerzo, el velo de la caridad para tapar los defectos de otros que no podía probar. Esta rectitud de carácter y esa generosa benevolencia, esa bondad religiosa no sufría cambios en cualquiera que fueran las circunstancias.
El puesto de Director sirvió para desarrollar en él su espíritu de sacrificio. Todo lo que estaba a su servicio tenía la característica de ser de lo más sencillo. En los muebles de su celda no había nada superfluo; tres imágenes y un crucifijo decoraban los blancos muros; una silla y una caja para su aseo; todo lo que quedaba fuera de uso le era útil, pues decía: las cosas viejas convienen a un viejo como yo. No aceptaba todo aquello que parecía lujoso y rechazaba todo regalo personal.
En las conferencias con los Hermanos de la comunidad a menudo tasaba el tema de la pobreza: "no somos ricos, dijo un día, hay que agradecer a Dios porque de esta manera podemos imitar mejor a Nuestro Señor y seremos menos propensos a acumular cosas que creernos útiles o que servirán después.
En cuanto a la castidad, el Hermano Director estaba atento a que se cumplieran todos los puntos que señalaba la Regla y la prudencia. Sus relaciones con las familias siempre fueron cordiales, pero siempre con reserva. Durante los cinco años que estuvo en Mixcoac, nunca comió fuera de la comunidad. Sus visitas eran solo a los benefactores y permanecía en sus casas lo menos posible. Para los inoportunos que llegaban a la escuela les decía sencillamente: Perdóneme, pero en este momento no lo puedo atender, haga el favor de venir otro día.
La humildad de nuestro Hermano era como el termómetro de la obediencia; esas dos virtudes inspiraban una sumisión absoluta a la voluntad de Dios, expresada en los Superiores.
La característica exterior de la escuela de Mixcoac y de la Comunidad era la limpieza, de la cual el Hermano Director era el guardián y promotor. Los visitantes quedaban admirados, desde su llegada, por el orden que reinaba en el establecimiento. Las personalidades del lugar: Señor Cura, el jefe político de la Alcaldía, y el mismo Ministro de Francia, que visitaron el Colegio, se quedaron sorprendidos al ver los grupos de los niños limpios y decentemente vestidos, siendo que muchos de ellos eran indigentes.
Gracias a los Hermanos había en el colegio alumnos de todas las clases sociales a las cuales educaban, desde el hijo de un Ministro hasta el reprobado del Liceo, cosa extraordinaria, pues la distinción de clases en la sociedad mexicana era muy notable. El renombre de la escuela hizo que año con año se incrementara la inscripción; se tenían grandes esperanzas para el futuro, cuando el cataclismo político de la revolución de 1914 obliga a abandonar todo.
Si el oro se purifica con el fuego, es en la tribulación donde se manifiesta la verdadera virtud. Las enfermedades que afligen al Hermano Bernard Vincent desde hace dos años mostraron cuán eminente era su virtud; la enfermedad le sirvió para identificarse cada vez más con Jesucristo Crucificado. Dios que lo quiere llamar, se encargó de hacerlo, como lo hace con los santos, por el sufrimiento aceptado con resignación. Su salida de México, con sus Hermanos, las molestias del largo y penoso viaje, el dolor de encontrar a Francia en medio de la hoguera de la guerra, fueron las últimas estaciones de su viacrucis. Recibido fraternalmente en la Casa General de la Rue de Sevres, en Paris, nuestro Hermano se quedó descansando los últimos meses de 1914, con alternativas diversas en su estado de salud, pero siempre igual y totalmente sumiso a la voluntad de Dios. Durante el mes de enero de 1915 una hinchazón progresiva de sus piernas fueron síntomas de hidropesía. Enviado a la enfermería de Fleury — Meudon, allá, como en todas partes, aguantó el dolor con valentía y calma ejemplares. Por su problema en el hígado, nuestro Hermano se vio obligado a soportar muchas punciones durante tres o cuatro semanas. Después de cada operación, cuando le preguntaban cómo se sentía, su respuesta era la misma: "no tan mal". Las noches no eran del todo malas, ni los sufrimientos muy grandes y decía que los cuidados que se le daban eran excesivos. Los que lo visitaban, sabiendo que sufría mucho y que, gracias a su fuerza de voluntad y su control personal mantenía el humor para relativizar todo. Es por su fe profunda y su piedad viva que nuestro Hermano lograba ese heroísmo. Durante la noche del 14 al 15 de agosto, una crisis de uremia puso a nuestro Hermano en coma y, durante todo el día de la Asunción se esperaba su último suspiro. Se rezaron las oraciones de recomendación del alma, sin que el enfermo diera algún signo de lucidez. El Hermano enfermero le hizo varias punciones, después de las cuales el enfermo recobró el conocimiento y comenzó a articular algunas palabras. La noche fue buena, durmió bien y, por la mañana se levantó con el recuerdo de haber estado en la ciudad. Tuvo una gran sorpresa cuando le dijeron que se había celebrado la fiesta de la Asunción y se lamentó de que ese día fue perdido en su existencia. El medico pronosticó nuevas crisis, que fueron tres o cuatro, una más fuerte que las anteriores acabó con su fuerte constitución y la tarde del 21 de septiembre de 1915, nuestro buen Hermano regresó a la Casa del Padre. La tumba del Hermano Bernard Vincent quedó al lado del Hermano Benito Felipe, muerto dos días antes y expulsado, como él, de México, por la Revolución.