HNO. NASSADIUS.
Jean François Varillon
1880 + 20 III 1925
Jean François nació en Grazac, en el Puy. “El buen camarada” como le llamaban sus compañeros de la antigua escuela de Granzac, donde era uno de los mejores alumnos. Con apenas 14 años, el adolescente deja generosamente su cristiana familia, para entrar al Noviciado Menor.
Después de los años de formación religiosa, el Hermano Nassadius fue enviado a Langeac, donde trabajó con gran celo durante nueve años. Después de muchas cartas escritas para sus Superiores y encontradas en su portafolio, el joven maestro se entregaba generosamente a su labor apostólica sin tener mucho en cuenta su salud que ya desde entonces dejaba que decir. Su paciencia y resignación frente al sufrimiento eran notables.
En 1907, nuestra escuela de Langeac, fue desgraciadamente clausurada, y nuestro Hermano se dirigió a Clermont Ferrand para estudiar; después de diez meses se embarcó para México.
En Saltillo ejerció su cristiano apostolado durante tres años, después formó parte de la Comunidad de San Juan Bautista de La Salle, la Concordia, donde permaneció durante ocho años.
Dotado de una inteligencia poco común, el Hermano Nassadius se perfeccionó en la lengua Castellana, que terminó usándola como si fuera su lengua materna.
Como en Francia, se entregó plenamente a su misión; y desde todos los puntos de vista, obtuvo resultados muy satisfactorios en los exámenes. Los cuadernos de los alumnos estaban muy bien calificados, sus clases bien preparadas. Al grado que los alumnos progresaban rápidamente. En los exámenes de final de curso, a los cuales asistía el público; muchos padres estaban admirados de las buenas respuestas de los alumnos en las diversas partes del programa y sobre todo en el Catecismo.
En comunidad, nuestro querido Hermano contribuía con su carácter jovial a mantener el buen espíritu. Cuando había trabajos extra que realizar, era de los primeros en ofrecerse.
La revolución mexicana de 1914, hizo que regresara a Francia, pero con una salud quebrantada, que ya nunca más le permitió volver a clase.
En la casa de Athis Mons, en donde se permaneció el resto de su vida, trabajó según se le permitían sus fuerzas, en toda clase de trabajos útiles.
Apicultor hábil, hizo que el colmenar produjera más. Daba algunas clases. Con todo y su instrucción superior y el conocimiento de varias lenguas, trabajo casi siempre en oficios modestos como la ropería y la lavandería. En todo se podía admirar su dulzura y ecuanimidad, pero sobre todo su abnegación.
Una persona caritativa le dijo un día: “Muy grande va a ser su felicidad de alguien que ha sido tan caritativo. ¿Tiene usted algún deseo?” Gracias, me he propuesto no desear nada, de tal forma que no tengo privaciones.
El Hermano Nassadius era en efecto un verdadero religioso.
Sus resoluciones de los retiros prueban su camino a seguir. Para mejor realizar mi oración, guarda el silencio y el recogimiento de los ojos, evita el ruido y se conserva en un recogimiento interior y exterior. Su examen particular era un medio eficaz para corregir sus defectos. El luchaba contra el orgullo, la inconstancia y la tendencia de un carácter débil.
En las frecuentes visitas de reparación al Divino Prisionero del Tabernáculo, se esforzaba por subsanar algunas lagunas de su vida interior y entregarse valerosamente al camino de la perfección.
“Oh, Jesús, escribió, un día en sus notas íntimas, estoy a tu servicio como una máquina oxidada. Pero muy seguido, agregaba a sus resoluciones: Nunca debo de desanimarme.”
Su divisa, que llevaba, en la parte de atrás de una cruz decía: “Amar, Sufrir, Orar, Trabajar”
Su estado de salud se agravó, el Hermano Nassadius, se resignó a permanecer en su cuarto, la mayor parte del día. Su debilidad corporal le impedía participar en los ejercicios de comunidad, con todo, se le veía hacer el esfuerzo de ir a la Capilla y a la sala de comunidad para encontrarse ahí en la hora prescrita.
Sufriendo una terrible asma, adquirida en México y vencido por la enfermedad de su pecho, este noble Hermano se vio obligado a permanecer en su cuarto, donde se dedicó, de corazón, a la oración, si interrumpía sus oraciones era para leer y releer las cartas de los superiores o sus cuentas de conducta.
Era un religioso convencido, comenzaba su oración a la hora prescrita y se aplicaba a ella evitando toda distracción u otro pretexto.
Tenía una gran confianza en Santa Teresita del Niño Jesús, nuestro querido enfermo esperaba el milagro de su curación casi hasta el momento de morir. Con todo estaba totalmente apegado a la voluntad divina.
Por iniciativa suya, pidió, ser administrado unos diez días antes de su salida de este mundo. Después del sacramento de la Extremaunción el recibió varias veces la Sagrada comunión. El 19 de marzo el capellán presidió las oraciones de los agonizantes. La mañana siguiente, el buen Hermano Nassadius, después de cerrar los ojos y la boca, se durmió dulcemente, al grado de no darse cuenta cual fue su último suspiro.