“¿No estoy yo aquí
que soy tu Madre?”
“¿No estoy yo aquí
que soy tu Madre?”
Nuestra Señora de Guadalupe
12 de Diciembre
Patrona, Emperatriz y Madre de las Américas
Fuente: EWTN
El Nican Mopohua
Es el relato de las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe al Beato Juan Diego, indígena azteca, ocurridas del 9 al 12 de diciembre de 1531. Escrito originalmente en la lengua náhuatl, todavía en uso en varias regiones de México. Las dos palabras iniciales Nican Mopohua se han usado por antonomasia para identificar este relato, aunque muchos documentos indígenas comienzan igual. El título completo es: "Aquí se cuenta se ordena como hace poco milagrosamente se apareció la Perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, nuestra Reina; allá en el Tepeyac, de renombre Guadalupe". Es la principal fuente de nuestro conocimiento del Mensaje de la Sma. Virgen al Beato Juan Diego, a México y al Mundo. La copia más antigua se halla en la Biblioteca Pública de Nueva York Rare Books and Manuscripts Department. The New York Public Library, Astor, Lenox and Tilden Foundation.
Se atribuye a Don Antonio Valeriano (1520?-1605?) sabio indígena aventajado discípulo de Fr. Bernardino de Sahagún. Don Antonio recibió la historia de labios del vidente, muerto en 1548.
De los escritos de la S. D. Luisa Piccarreta
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En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Fuente: mariaamada.org
(Texto original de las apariciones de la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego)
Relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe.
En orden y concierto se refiere aquí de qué maravillosa manera se apareció poco ha la siempre Virgen María, Madre de Dios, Nuestra Reina, en el Tepeyac, que se nombra Guadalupe.
Primero se dejó ver de un pobre indio llamado Juan Diego; y después se apareció su preciosa imagen delante del nuevo obispo don fray Juan de Zumárraga. También (se cuentan) todos los milagros que ha hecho.
PRIMERA APARICIÓN
Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo paz entre los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive. A la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales aún todo pertenecía a Tlatilolco.
Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyácac amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitosos, sobrepujaba al del COYOLTOTOTL y del TZINIZCAN y de otros pájaros lindos que cantan.
Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: "¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño? ¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿Acaso ya en el cielo?"
Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto celestial y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían: "Juanito, Juan Dieguito".
Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario, muy contento, fue subiendo al cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.
Libro de Cielo
De los escritos de la S. D. Luisa PiccarretaVol. 36-40 Noviembre 26, 1938
La disposición
(2) “...mi Querer quiere dar, pero quiere encontrar la disposición de la criatura para poner en ella sus dones. La disposición es como la tierra en manos del agricultor, que por cuantas semillas tuviese, si no tiene una tierra dónde arrojar sus semillas, jamás podrá sembrar, y si la tierra tuviera razón y no estuviera dispuesta a recibir sus semillas, el pobre agricultor se sentiría arrojar a la cara, en los ojos, las semillas con las cuales quería enriquecer a la tierra. Así es mi Voluntad, quiere dar, pero si no encuentra al alma dispuesta, no encontraría el lugar dónde poner sus dones, se los sentiría arrojar en la cara con sumo dolor suyo, y si le quisiera hablar, la encontraría sin oído para hacerse escuchar. Por eso, la disposición prepara al alma, abre las puertas divinas, da el oído, se pone en comunicación para que el alma oiga primero lo que mi Querer quiere darle, de modo que ame y suspire lo que debe recibir. Si no está dispuesta nada damos, porque no queremos exponer nuestros dones a la inutilidad. En cambio la disposición sirve como la tierra al agricultor, que se somete a lo que él quiere hacer, se deja trabajar, se deja labrar, formar los surcos para poner al seguro la semilla con la cual quiere llenarla; así nuestro Ente Supremo, si encontramos la disposición hacemos nuestros trabajos, la preparamos, la purificamos, con nuestras manos creadoras preparamos el lugar dónde poner nuestros dones y formar nuestras obras más bellas. En cambio si no está dispuesta, con toda nuestra potencia nada podemos hacer, porque su interior está obstaculizado por piedras, por espinas, por viles pasiones, y como no está dispuesta no se presta para que se le quiten. ¡Cuántas santidades se vuelven humo por la falta de disposición! Mucho más, que si no está dispuesta no se adapta a vivir en nuestro Querer Divino, más bien parece que no es para ella, su santidad la aterra, su pureza la hace avergonzarse, su luz la ciega; en cambio, si está dispuesta se arroja en sus brazos y se deja hacer todo lo que le queremos hacer, es más, se está como una pequeña niña recibiendo nuestros trabajos, con tal amor que nos sentimos raptar; y nuestro Querer, ¿qué hace? Hace correr en ella su movimiento divino, y con este movimiento encuentra en acto todas nuestras obras, las besa, las abraza, las inviste con su pequeño amor; encuentra mi concepción, mi nacimiento en acto, y con su amor quiere concebirse y renacer Conmigo, y Yo no sólo la dejo hacer, sino que siento tal contento que me siento correspondido por haber nacido sobre la tierra, pues encuentro quien renace junto Conmigo. Pero sigue más adelante aún, el movimiento divino que posee la hace correr dondequiera, y encuentra como ejército aguerrido todo lo que hizo mi Humanidad, mis lágrimas, mis palabras y oraciones, mis pasos, mis penas, todo lo toma, lo besa, lo adora, no hay cosa hecha por Mí que no invista con su amor, ¿y después qué hace? Todo lo hace suyo, y con un modo y gracia infantil encierra todo en su regazo, se eleva en lo alto, viene delante a nuestra Divinidad y alinea a nuestro alrededor todas nuestras obras, y con énfasis de amor nos dice: ‘Majestad adorable, cuántas obras bellas os traigo, todo es mío y todo os traigo para que todas te amen, te adoren, te glorifiquen y te correspondan por tanto amor que tienes por mí y por todos’. Este movimiento divino que mi Querer pone en la criatura que vive en Él, es la nueva Vida que recibe, con este movimiento tiene derecho sobre todo, lo que es nuestro es suyo, por eso todo nos puede dar, y ¡oh! cuántas sorpresas nos da, tiene siempre qué darnos. Con este movimiento divino tiene virtud de correr dondequiera, y ahora nos trae la Creación para amarnos como la hemos amado en todas las cosas creadas, ahora nos trae a todas las criaturas para amarnos por todos y con todos, ahora nos trae todo lo que Yo hice estando en la tierra para decirnos: ‘Os amo como Vosotros os amáis’. No se detiene jamás, parece que no sabe estar si no nos da nuevas sorpresas de amor, quiere poder decir: ‘Lo amo, lo amo siempre’. Y Nosotros la llamamos nuestra alegría, nuestra felicidad perenne, porque no hay alegría más bella para Nosotros que el amor continuo de la criatura, porque tú debes saber que un acto hecho en nuestro Querer es más que sol que surge, el cual con su luz inviste toda la tierra, el mar, las fuentes de agua, aun el más pequeño hilo de hierba no es puesto aparte, todos son investidos de luz. Así un acto hecho en mi Querer corre, busca, inviste todo, forma su manto de plata refulgente dentro y fuera de las criaturas, y así adornadas nos las trae delante a nuestra majestad adorable, y nos hace implorar por nuestra misma Voluntad con voz de luz, de amor hablante por todos, y poniendo un dulce encanto a nuestras pupilas divinas nos hace ver a todas las criaturas envueltas en nuestra luz divina, y Nosotros mismos exaltamos la potencia de nuestro Fiat, que con la potencia de su luz sabe esconder las miserias humanas y las convierte también en luz. A un acto suyo no se le niega nada, porque tiene poder de darnos todo y suplir por todos.”
Fiat Divina Voluntad
Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que se posaba su planta flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba la tierra como el arco iris. Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro. Se inclinó delante de ella y oyó su palabra muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima mucho. Ella le dijo: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?" Él respondió: "Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de nuestro Señor".
Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad, le dijo: "Sabe y ten entendido, tú, el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.
Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado y lo que has oído.
Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo".
Al punto se inclinó delante de ella y le dijo: "Señora mía, ya voy a cumplir tu mandado; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo" Luego bajó, para ir a hacer su mandado; y salió a la calzada que viene en línea recta a México.
Libro de Cielo
De los escritos de la S. D. Luisa PiccarretaVol. 36-46 (6-7) Diciembre 28, 1938
“Madre mía, quiero que seas la Madre de todos”
(6) “Ahora hija mía, escúchame y préstame atención, quiero decirte una gran sorpresa de nuestro amor y quiero que no se te escape nada, quiero hacerte conocer hasta donde llega la Maternidad de mi Madre Celestial, qué cosa hizo y cuánto le costó y le cuesta todavía ahora. Tú debes saber que la gran Reina no sólo me hizo de Madre con el concebirme, con el darme a la luz, con nutrirme con su leche, con darme todos los cuidados posibles que se necesitaron en mi infancia; esto no era suficiente ni a su materno amor ni a mi amor de Hijo, por eso su amor materno corría en mi mente, y si pensamientos dolorosos me afligían, extendía su Maternidad en cada uno de mis pensamientos, los escondía en su amor, los besaba, así que mi mente me la sentía escondida bajo el ala materna que no me dejaba jamás solo; cada pensamiento mío tenía a mi Mamá que me amaba y me daba todos sus cuidados maternos. Su maternidad se extendía en cada respiro, en cada uno de mis latidos, y si mi respiro y latido eran sofocados por el amor y por el dolor, Ella corría con su Maternidad para no dejarme sofocar por el amor y poner el bálsamo a mi corazón traspasado. Si miraba, si hablaba, si obraba, si caminaba, Ella corría para recibir en su amor materno mis miradas, mis palabras, mis obras, mis pasos, los investía con su amor materno, los escondía en su corazón y me hacía de Mamá; también en el alimento que me preparaba hacía correr su materno amor, así que Yo, comiéndolo, sentía su Maternidad que me amaba, y qué decirte del alarde de Maternidad que hizo en mis penas, no hubo pena, ni gota de sangre que vertiera, en la que no sintiera a mi amada Mamá. Después que me hacía de Mamá, tomaba mis penas, mi sangre, las escondía en su materno corazón para amarlas y continuar su Maternidad. ¿Quién puede decirte cuánto me amó y cuánto la amé? Mi amor fue tanto, que Yo no sabía estar en todo lo que hice sin sentir su Maternidad junto Conmigo, puedo decir que Ella corría para no dejarme jamás, aun en el respiro, y Yo la llamaba, su Maternidad era para Mí una necesidad, un alivio, un apoyo a mi Vida acá abajo.
(7) Ahora hija mía, escucha otra sorpresa de amor de tu Jesús y de nuestra Mamá Celestial, porque en todo lo que se hacía entre mi Mamá y Yo, el amor no encontraba obstáculos, el amor del uno corría en el amor del otro para formar una sola Vida. Ahora, queriendo hacerlo con las criaturas, cuántos obstáculos, rechazos e ingratitudes, pero mi amor no se detiene jamás, tú debes saber que en cuanto mi inseparable Mamá extendía su Maternidad dentro y fuera de mi Humanidad, Yo la constituía y la confirmaba como Madre de cada uno de los pensamientos de las criaturas, de cada respiro, de cada latido, de cada palabra, y hacía extender su Maternidad en las obras, en los pasos, en todas sus penas; su Maternidad corre en todas partes, cuando la criatura está en peligro de caer en pecado, corre, los cubre con su Maternidad a fin de que no caigan, y si han caído deja su Maternidad como ayuda y defensa para hacerla levantarse. Su Maternidad corre y se extiende sobre las almas que quieren ser buenas y santas, y como si encontrase a su Jesús en ellas, hace de Madre a su inteligencia, guía sus palabras, las cubre y esconde en su amor materno para hacer crecer a otros tantos Jesús. Su Maternidad hace alarde sobre el lecho de los moribundos, y valiéndose de los derechos de autoridad de Madre, dados por Mí, me dice con acento tan tierno que Yo no puedo negarle nada: ‘Hijo mío, soy Madre, y son hijos míos, debo ponerlos a salvo; si no me concedes esto mi Maternidad quedará afligida’. Y mientras esto dice, los cubre con su amor, los esconde en su Maternidad para ponerlos a salvo. Mi amor fue tanto que le dije: ‘Madre mía, quiero que seas la Madre de todos, y lo que me has hecho a Mí lo harás a todas las criaturas, tu Maternidad se extienda en todos sus actos, de modo que a todos los veré cubiertos y escondidos en tu amor materno’. Mi Mamá aceptó y quedó confirmado que no sólo debía ser Madre de todos, sino que debía investir cada uno de sus actos con su amor materno. Esta fue una de las gracias más grandes que hice a todas las generaciones humanas. ¿Pero cuántos dolores no recibe mi Mamá? Llegan a no querer recibir su Maternidad, a desconocerla y por eso todo el Cielo ruega, espera con ansia que la Divina Voluntad sea conocida y reine, y entonces la gran Reina hará a los hijos de mi Querer lo que hizo a su Jesús, su Maternidad tendrá vida en sus hijos. Yo cederé mi puesto en su corazón materno a quien viva en mi Querer; Ella los hará crecer, guiará sus pasos, los esconderá en su Maternidad y santidad, en todos sus actos se verá impreso su amor materno y su santidad, serán verdaderos hijos suyos, que me semejarán en todo, y ¡oh! cómo suspiro que todos lleguen a saber que quien quiere vivir en mi Querer tiene una Reina y Madre potente, que suplirá a lo que les hace falta a ellos, que los hará crecer en su regazo materno y que en todo lo que hagan estará junto con ellos para modelar sus actos a los suyos, tanto, que se conocerá que son hijos crecidos, custodiados, educados por el amor de la Maternidad de mi Mamá, y éstos serán los que la volverán contenta y serán su gloria y honor.”
Fiat Divina Voluntad
Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, que era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba don fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco. Apenas llegó, trató de verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle y pasado un buen rato vinieron a llamarle, que había mandado el señor obispo que entrara.
Luego que entró, se inclinó y arrodilló delante de él; en seguida le dio el recado de la Señora del Cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su recado, pareció no darle crédito; y le respondió: "Otra vez vendrás, hijo mío y te oiré más despacio, lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido".
Él salió y se vino triste; porque de ninguna manera se realizó su mensaje.
Libro de Cielo
De los escritos de la S. D. Luisa PiccarretaVol. 24-37 (4) Agosto 23, 1928
“Cuántas obras divinas ha hecho malograr en medio a las criaturas la prudencia humana”
(4) “...Las verdades sobre mi Fiat son el nuevo Evangelio del reino de mi Querer Divino, en el cual encontrarán las normas, el sol, las enseñanzas cómo ennoblecerse, elevarse a su origen y tomar el estado dado a ellos por Dios en el principio de la Creación, encontrarán el Evangelio que tomándolos de la mano los conducirá a la verdadera felicidad en la paz constante, la única ley será mi Voluntad, la cual con su pincel de amor entintado en los vivos colores de su luz, restituirá al hombre la semejanza de su Creador. ¡Oh, cómo deberían haber codiciado el recibir y el hacer conocer un bien tan grande, en cambio, todo lo contrario! En la Redención los evangelistas se sintieron honrados de hacer conocer quiénes eran aquellos que ponían fuera el Evangelio, para que fuera conocido por todo el mundo, y con gloria señalaron su nombre, tanto, que al predicar el Evangelio primero se dice el nombre de quien lo escribió y después se dice el Evangelio, así quiero que se haga sobre las verdades de mi Voluntad, que de todos se sepa quiénes son aquellos que han llevado tanto bien al mundo. Pero créelo, todo es por causa de la prudencia humana, ¡ah! cuántas obras divinas ha hecho malograr en medio a las criaturas la prudencia humana, que han llegado como holgazanes a retirarse de las obras más santas, pero mi Voluntad sabrá triunfar sobre todo y burlarse de ellos, pero no puedo esconder el dolor de tanta ingratitud humana a un bien tan grande.”
Fiat Divina Voluntad
SEGUNDA APARICIÓN
En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrillo y acertó con la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde la vio la vez primera.
Al verla se postró delante de ella y le dijo: "Señora, la más pequeña de mis hijas, Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandado; aunque con dificultad entré a donde es el asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, así como me advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, pareció que no la tuvo por cierto, me dijo: "Otra vez vendrás; te oiré más despacio: veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido..."
Comprendí perfectamente en la manera que me respondió, que piensa que es quizás invención mía que Tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual, te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje para que le crean porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro.
Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía". Le respondió la Santísima Virgen: "Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad.
Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por enero mi voluntad, que tiene que poner por obra el templo que le pido.
Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía”. Respondió Juan Diego: ''Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandado; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino. Iré a hacer tu voluntad; pero acaso no seré oído con agrado; o si fuere oído, quizás no se me creerá. Mañana en la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a dar razón de tu mensaje con lo que responda el prelado. Ya de ti me despido, Hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora. Descansa entre tanto''.
Libro de Cielo
De los escritos de la S. D. Luisa PiccarretaVol. 17-40 (3-4) Mayo 1, 1925
“Tu misión de hacer conocer la Voluntad eterna”
(3) “Además de Mí está mi Celestial Mamá, que tuvo la misión única de Madre del Hijo de Dios y el oficio de Corredentora del género humano. Como misión de Maternidad Divina fue enriquecida de tanta Gracia, que unido todo junto lo de todas las demás criaturas, celestes y terrestres, jamás podrán igualarla; pero esto no bastó para atraer al Verbo a su seno materno, abrazó a todas las criaturas, amó, reparó, adoró a la Majestad Suprema por todas, de manera de poder hacer Ella sola todo lo que las generaciones humanas debían hacer hacia Dios; entonces en su corazón virginal tenía una vena inagotable hacia Dios y hacia todas las criaturas. Cuando la Divinidad encontró en esta Virgen la compensación del amor de todos, se sintió raptar y en Ella hizo su Concepción, y al concebirme Ella tomó el oficio de Corredentora y tomó parte y abrazó junto Conmigo todas las penas, las satisfacciones, las reparaciones, el amor materno hacia todos; así que en el corazón de mi Mamá había una fibra de amor materno hacia cada criatura. Por eso, con verdad y con justicia la declaré, cuando Yo estaba sobre la cruz, Madre de todos. Ella corría junto Conmigo en el amor, en las penas, en todo, no me dejaba jamás solo; y si el Eterno no le hubiera dado tanta gracia de poder recibir de Ella sola el amor de todos, jamás se habría movido del Cielo para venir a la tierra a redimir al género humano. He aquí la necesidad, la conveniencia de que debido a la misión de Madre del Verbo tenía que abrazar todo y sobrepasar todo. Cuando un oficio es único, viene como de consecuencia que nada se le debe escapar, debe tener bajo su mirada todo, para poder dar ese bien que posee, debe ser como un verdadero sol que puede dar luz a todos. Esto fue de Mí y de mi Mamá Celestial.
(4) Ahora, tu misión de hacer conocer la Voluntad eterna se entrelaza con la mía y con la de mi querida Mamá, y debiendo servir para bien de todos, era necesario concentrar en una criatura este Sol Eterno de mi Querer, para que así, como misión única, pudiera este Sol, desde una criatura, expandir sus rayos para que todos puedan tomar el bien de su luz. Entonces por decoro y honor de mi Voluntad debía derramar en ti tales gracias, luz, amor y conocimiento de Ella, como precursor y preparativo que convenían a la habitación del Sol de mi Querer. Es más, tú debes saber que así como mi Humanidad, por el oficio de Redentor concibió en Ella a todas las almas, así tú, por el oficio de hacer conocer y reinar mi Voluntad, mientras vas haciendo tus actos por todos en mi Voluntad, todas las criaturas quedan concebidas en tu voluntad, y conforme vas repitiendo tus actos en la mía, así formas otros tantos sorbos de Vida de Voluntad Divina para poder alimentar a todas las criaturas que en virtud de mi Voluntad quedan como concebidas en la tuya. ¿No sientes cómo en mi Voluntad tú abrazas a todas, desde la primera hasta la última criatura que deberá existir sobre la tierra, y por todas quisieras satisfacer, amar, complacer a esta Suprema Voluntad, atarla a todas, quitar todos los impedimentos que impiden su dominio en las criaturas, hacerla conocer por todas, y te ofreces tú, aun con penas a satisfacer por todas a esta Voluntad Suprema que tanto ama el hacerse conocer y reinar en las criaturas? A ti es dado, hija primogénita de mi Divino Querer, el hacer conocer los méritos, el valor, el bien que mi Voluntad contiene y su eterno dolor por vivir desconocida, oculta en medio de las generaciones humanas, más bien, despreciada y ofendida, y puesta a la par de las otras virtudes por los buenos, como si fuese una pequeña linterna, como son las virtudes, y no un Sol como es mi Voluntad. La misión de mi Voluntad es la más grande que puede existir, no hay bien que de Ella no descienda, no hay gloria que de Ella no me venga, Cielo y tierra, todo concentra, por eso sé atenta y no quieras perder el tiempo, todo lo que te he dicho para esta misión de mi Voluntad era necesario, no por ti sino por el honor, la gloria, el conocimiento y la Santidad de mi Voluntad, y así como mi Querer es uno, a quien debía confiarlo debía ser una, por medio de la cual debía hacer resplandecer sus rayos para hacer bien a todos.”
Fiat Divina Voluntad
Luego se fue él a descansar a su casa. Al día siguiente, domingo, muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatilolco, a instruirse en las cosas divinas y estar presente en la cuenta para ver enseguida al prelado.
Casi a las diez, se presentó después de que oyó misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor obispo. Apenas llegó, hizo todo empeño por verlo, otra vez con mucha dificultad le vio: se arrodilló a sus pies; se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la Señora de Cielo; que ojalá que creyera su mensaje, y la voluntad de la Inmaculada, de erigirle su templo donde manifestó que lo quería.
El señor obispo, para cerciorarse, le preguntó muchas cosas, dónde la vio y cómo era; y él refirió todo perfectamente al señor obispo. Mas aunque explicó con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, no le dio crédito y dijo que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy necesaria alguna señal; para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del Cielo. Así que lo oyó, dijo Juan Diego al obispo: “Señor, mira cuál ha de ser la señal que pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del Cielo que me envía acá”. Viendo el obispo que ratificaba todo, sin dudar, ni retractar nada, le despidió.
Mandó inmediatamente a unas gentes de su casa en quienes podía confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando a dónde iba y a quién veía y hablaba. Así se hizo. Juan Diego se vino derecho y caminó por la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del puente Tepeyácac, lo perdieron; y aunque más buscaron por todas partes, en ninguna le vieron. Así es que regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque les estorbó su intento y les dio enojo.
Eso fueron a informar al señor obispo, inclinándole a que no le creyera, le dijeron que no más le engañaba; que no más forjaba lo que venía a decir, o que únicamente soñaba lo que decía y pedía; y en suma discurrieron que si otra vez volvía, le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más mintiera y engañara.
Libro de Cielo
De los escritos de la S. D. Luisa PiccarretaVol. 4-166 (1-2) Diciembre 26, 1902
“Todo es providencia divina que permite las calumnias, las persecuciones, las oposiciones”
(1) Encontrándome en mi habitual estado, me sentía toda oprimida y con temor de recibir persecuciones, oposiciones, calumnias, no sólo yo, pues de mí no me preocupo porque soy una pobre criatura que valgo nada, sino por el confesor con otros sacerdotes. Así que sentía el corazón aplastado por este peso, sin poder encontrar calma. En este momento ha venido mi adorable Jesús diciéndome:
(2) “Hija mía, ¿por qué estarte turbada e inquieta perdiendo el tiempo? Por tus cosas no hay nada, y además todo es providencia divina que permite las calumnias, las persecuciones, las oposiciones, para justificar al hombre y hacerlo regresar a la unión con el Creador, a solas, sin apoyo humano, como salió al ser creado. Y he aquí cómo el hombre, por cuan bueno y santo fuese, siempre le queda alguna cosa de espíritu humano en su interior, como también en su exterior no es perfectamente libre, siempre tiene alguna cosa de humano en la que espera, confía y se apoya, y por la cual quiere obtener estima y respeto, así que la providencia divina hace que sople un poco el viento de las calumnias, persecuciones y oposiciones, ¡oh!, qué destructora granizada recibe el espíritu humano, porque el hombre viéndose combatido, mal visto, despreciado por las criaturas, no encuentra más satisfacción entre ellas; más bien le viene a faltar todo junto: Ayudas, apoyos, confianza y estima, y si antes iba en busca de ellas, después él mismo les huye, porque adonde se vuelve no encuentra más que amarguras y espinas. Así que, reducido a este estado permanece solo, y el hombre no puede estar, ni está hecho para estarse solo, ¿qué hará el pobrecito? Se volverá todo, sin el mínimo estorbo a su centro Dios, y Dios se dará todo a él, y el hombre se dará todo a Dios, aplicando su inteligencia en conocerlo, su memoria en recordarse de Dios y de sus beneficios, la voluntad a amarlo. Y he aquí hija mía, justificado, santificado y rehecha en su alma la finalidad para la cual fue creado. Y aunque después le convendrá tratar con las criaturas, si ve que se le ofrecen ayudas, apoyos, estima, los recibe con indiferencia, conociendo por experiencia quiénes son, y si se sirve de ellas lo hace sólo cuando ve en ello el honor y la gloria de Dios, quedándose siempre sólo Dios y él.”
Fiat Divina Voluntad
TERCERA APARICIÓN
Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor obispo; la que oída por la Señora, le dijo: “Bien está, hijo mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; ea, vete ahora; que mañana aquí te aguardo”.
Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió, porque cuando llegó a su casa, un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad, y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave.
Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera, y viniera a Tlatilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría. El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyácac, hacia el poniente, por donde tenía costumbre de pasar, dijo: “Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que llevase la señal al prelado, según me previno: que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo deprisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando”.
Luego, dio vuelta al cerro, subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo.
Libro de Cielo
De los escritos de la S. D. Luisa PiccarretaVol. 3-4 (1-4) Noviembre 6, 1899
“Todo lo que se hace con la única finalidad de agradarme”
(1) Esta mañana, habiendo venido el adorable Jesús y transportándome fuera de mí misma, me ha hecho ver calles llenas de cadáveres. ¡Qué despiadada carnicería! Da horror pensarlo. Después me ha hecho ver que sucedía una cosa en el aire y muchos morían de improviso; esto lo vi también por el mes de marzo. Yo empecé, según mi costumbre, a rogarle que se aplacara y que librara a sus mismas imágenes de suplicios tan crueles, de guerras tan sangrientas, y como tenía la corona de espinas se la he quitado para ponérmela yo, y esto para aplacarlo mayormente; pero con suma pena he visto que casi todas las espinas quedaban rotas en su santísima cabeza, así que poquísimo me quedaba para sufrir a mí. Jesús se mostraba severo; casi sin ponerme atención me ha transportado de nuevo a mi cama, y como yo me encontraba con los brazos en cruz, sufriendo los dolores de la crucifixión que Él mismo me había participado antes, ha tomado mis brazos y me los unió, atándolos con una cuerdecilla de oro. Yo, no poniendo atención a qué significaba aquello, para romper ese aire severo que tenía le he dicho: “Dulcísimo amor mío, te ofrezco estos movimientos de mi cuerpo que Tú mismo me has hecho y todos los demás que pueda yo hacer, con el único fin de agradarte y glorificarte. Ah sí, quisiera que también los movimientos de los párpados, los de mis ojos, de mis labios y de toda yo misma sean hechos con el único fin de agradarte sólo a Ti. Haz, oh buen Jesús, que todos mis huesos, mis nervios, resuenen entre ellos y con clara voz te atestigüen mi amor”.
(2) Y Él me ha dicho: “Todo lo que se hace con la única finalidad de agradarme, resplandece ante Mí de una manera tal, que atrae mis miradas divinas, y me agrada tanto, que a esas acciones, aunque fuesen sólo un movimiento de pestañas, les doy el valor como si fueran hechas por Mí. En cambio las otras acciones, que en sí mismas son buenas y aun grandes, no hechas únicamente para Mí, son como ese oro enlodado y lleno de herrumbre que no resplandece, y Yo no me digno ni siquiera mirarlas”.
(3) Y yo: “Ah Señor, qué fácil es que el polvo ensucie nuestras acciones”.
(4) Y Él: “No se necesita poner atención al polvo, porque este se sacude, a lo que hay que atender es a la intención.”
Fiat Divina Voluntad
CUARTA APARICIÓN
Pensó que por donde dio vuelta, no podía verle la que está mirando bien a todas partes. La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: “¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿Adónde vas?” ¿Se apenó él un poco o tuvo vergüenza, o se asustó?
Juan Diego se inclinó delante de ella; y le saludó, diciendo: “Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos, venimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte. Pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, Hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa”. Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro que ya sanó”.
(Y entonces sanó su tío según después se supo). Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la Señora del Cielo, se consoló mucho; quedó contento. Le rogó que cuanto antes le despachara a ver al señor obispo, a llevarle alguna señal y prueba; a fin de que le creyera.
Libro de Cielo
De los escritos de la S. D. Luisa PiccarretaVol. 33-38 (2) Mayo 26, 1935
“La confianza en Mí, con ella me la siento hija mía”
(2) “Hija mía bendita, el temor, aun cuando sea santo, es siempre virtud humana, rompe el vuelo del amor y hace nacer el miedo y el cansancio al caminar en el camino del bien, hace mirar siempre a derecha e izquierda, y llega a temer de Aquél que tanto la ama, quita el dulce encanto a la confianza que la hace vivir en los brazos de su Jesús, y si teme demasiado pierde a Jesús y la hace vivir de sí misma. En cambio el amor es virtud divina, y con su fuego tiene la virtud purificadora de purificar al alma de cualquier mancha, la une y la transforma en su Jesús, y le da tal confianza, de hacerse raptar por su Jesús, el dulce encanto de la confianza es tal y tanto, que se raptan recíprocamente, y uno no puede estar sin el otro, y si mira, mira sólo si ama a Aquél que tanto la ama. Así que todo su ser viene encerrado en el amor, y como el amor es hijo inseparable del Querer Divino, por eso da el primer puesto de dominio a mi Divina Voluntad. Ella se extiende en todos los actos de la criatura, humanos y espirituales, ennoblece todo, y si bien los actos humanos quedan en la forma y materia de la cual son formados, no sufren ningún cambio externo, todo el cambio queda en el fondo de la voluntad humana, quedando todo lo que hace, aun las cosas más insignificantes, cambiadas en divino y confirmadas por la Divina Voluntad. Su trabajo es incesante y sobre todo lo que hace la criatura extiende su morada de paz, y como verdadera Madre no hace otra cosa que enriquecer con conquistas divinas a su amada hija. Por eso aparta cualquier temor, en mi Querer no tienen razón de existir ni temores, ni miedos, ni desconfianza, no son cosas que nos pertenezcan, y tú no debes hacer otra cosa que vivir de amor y de mi Voluntad. Tú debes saber que una de las más puras alegrías que me puede dar la criatura, es la confianza en Mí, con ella me la siento hija mía, y puedo hacer lo que quiero, puedo decir que la confianza me hace conocer quién soy Yo, que soy el Ser Inmenso, mi bondad sin término, mi misericordia sin límites, y por cuanta más confianza encuentro, más la amo y más abundo sobre las criaturas.”
Fiat Divina Voluntad
La Señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrillo, donde antes la veía. Le dijo: “Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo, allí donde me viste y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; enseguida baja y tráelas a mi presencia”.
Al punto subió Juan Diego al cerrillo y cuando llegó a la cumbre se asombró mucho de que hubieran brotado tantas variadas, exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo; estaban muy fragantes y llenas de rocío, de la noche, que semejaba perlas preciosas.
Luego empezó a cortarlas; las juntó y las echó en su regazo. Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes rosas que fue a cortar; la que, así como las vio, las cogió con su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole: “Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo.
Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo que fueras a cortar flores; y todo lo que viste y admiraste; para que puedas inducir al prelado a que te dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido”.
Después que la Señora del Cielo le dio su consejo, se puso en camino por la calzada que viene derecho a México: ya contento y seguro de salir bien, trayendo con mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de las manos, y gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores.
Al llegar al palacio del obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del prelado. Les rogó le dijeran que deseaba verle, pero ninguno de ellos quiso, haciendo como que no le oían, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían, que sólo los molestaba, porque les era importuno; y, además, ya les habían informado sus compañeros, que le perdieron de vista, cuando habían ido en su seguimiento.
Largo rato estuvo esperando. Ya que vieron que hacía mucho que estaba allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía algo que portaba en su regazo, se acercaron a él para ver lo que traía y satisfacerse.
Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que tría y que por eso le habían de molestar, empujar o aporrear, descubrió un poco que eran flores, y al ver que todas eran distintas rosas de Castilla, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se asombraron muchísimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy frescas, tan abiertas, tan fragantes y tan preciosas.
Quisieron coger y sacarle algunas; pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas; no tuvieron suerte, porque cuando iban a cogerlas, ya no se veían verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta.
Libro de Cielo
De los escritos de la S. D. Luisa PiccarretaVol. 12-115 (1-2) Octubre 15, 1919
“Lleva el estado de seguridad”
(1) Continuando mi habitual estado, estaba pensando: “¿Cómo será? Soy tan mala, no soy buena para nada; con las privaciones de mi Jesús me he reducido a un estado de hacer llorar, y si se pudiera ver, aun las piedras llorarían, y con todo esto ni dudas, ni temores, ni de juicio ni de infierno, qué estado tan lamentable es el mío”. Mientras esto pensaba, mi amable Jesús se ha movido en mi interior y me ha dicho:
(2) “Hija mía, en cuanto el alma entra en mi Querer y se decide a vivir en Él, huyen de ella todas las dudas y todos los temores. Sucede como a una hija de un rey, que por cuanto la gente quisiera decirle que no es hija de su padre, ella no les presta atención, más bien está orgullosa y dice a todos: “Es inútil que me digan lo contrario, que quieran infundirme dudas y temores, yo soy verdadera hija del rey, él es mi padre, vivo con él; es más, su mismo reino es mío.” Así que aunado a tantos otros bienes que lleva el vivir en mi Querer, lleva el estado de seguridad, y como hace suyo lo que es mío, ¿cómo puede temer de lo que posee? Así que el temor, la duda, el infierno, se pierden y no encuentran la puerta, el camino, la llave para entrar en el alma, es más, en cuanto el alma entra en el Querer Divino se desnuda de sí y Yo la visto de Mí con vestiduras reales, y estas vestiduras le ponen el sello de que es mi hija, de que mi reino, así como es mío es suyo, y defendiendo nuestros derechos toma parte en juzgar y en condenar a los demás. Entonces, ¿cómo quieres tú ir pescando temores?”
Fiat Divina Voluntad
Fueron luego a decir al obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas veces había venido; el cual hacía mucho que aguardaba, queriendo verle. Cayó, al oírlo el señor obispo, en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito. Enseguida mandó que entrara a verle.
Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje. Dijo: “Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad.
Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió: me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla.
Después me fui a cortarlas, las traje abajo; las cogió con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las diera. Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé; cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo miré que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla, brillantes de rocío que luego fui a cortar.
Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje. He las aquí: recíbelas”.
Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyácac, que se nombra Guadalupe.
Luego que la vio el señor obispo, él y todos los que allí estaban se arrodillaron; mucho la admiraron; se levantaron; se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y con el pensamiento.
El señor obispo, con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato. Cuando se puso de pie, desató del cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la señora del Cielo.
Libro de Cielo
De los escritos de la S. D. Luisa PiccarretaVol. 33-54 (2) Noviembre 24, 1935
“Mi Voluntad reinante en las criaturas como vida quitará este velo y todas las cosas serán develadas”
(2) “...el amor en Adán antes de pecar era perfecto, total, mi Voluntad tenía su Vida en él, de modo que la sentía más que su misma vida; en cuanto pecó, la Vida de mi Fiat se retiró y le dejamos la luz, porque sin Él no podía vivir, habría regresado a la nada. Al crearlo hicimos como un padre que pone en común sus bienes y su misma vida con su propio hijo. Ahora, éste desobedece, se rebela al propio padre, el padre con dolor es obligado a ponerlo fuera de sus habitaciones, no haciéndole más poseer ni sus bienes en común, ni su vida, pero es tanto su amor, que aunque lejano no le hace faltar las cosas necesarias, los medios de estricta necesidad, porque sabe que si el padre se retira, la vida del hijo se termina. Así hizo mi Divina Voluntad, retiró su Vida, pero dejó su luz como ayuda, sostén, y como medio necesario para que su hijo no pereciera del todo. Ahora con retirar su Vida, todas las cosas y obras de Dios quedaron veladas para el hombre. Él mismo, velada la inteligencia, la memoria, la voluntad, quedó como aquellos pobres infelices moribundos, que cubriéndose la pupila con un velo delgado, no ven más clara la vida de la luz. Mi misma Divinidad al descender del Cielo a la tierra se veló de mi Humanidad. ¡Oh! si las criaturas poseyeran como vida mi Voluntad, súbito me hubieran conocido, porque Ella misma habría develado quién soy Yo, mi Querer en ella, y aquél mismo Divino Querer en Mí, se habrían rápidamente conocido, amado, se habrían puesto a mi alrededor, no se habrían podido separar de Mí, reconociéndome bajo la semejanza de su parte humana como Verbo Eterno, Aquél que los amaba tanto, que se había vestido como uno de ellos. Así que Yo no hubiera tenido necesidad de manifestarme, mi Voluntad residiendo en ellos me habría develado, ni Yo habría podido ocultarme, en cambio debí decirles quién era Yo, ¿y cuántos no me creyeron? Por eso hasta en tanto que no reine mi Voluntad en las criaturas, todo está velado, los mismos sacramentos, que más que nueva creación, con tanto amor dejé en mi Iglesia, están velados para ellas, cuántas sorpresas, cuántos bellos secretos y cosas maravillosas impide comprender, ver, gustar, una pupila velada, mucho más que este velo es el humano querer el que lo forma e impide ver las cosas cual son en sí mismas. Entonces, mi Voluntad reinante en las criaturas como vida quitará este velo y todas las cosas serán develadas, y entonces verán las caricias que les hacemos por medio de las cosas creadas, los besos, los abrazos amorosos, en cada cosa creada sentirán nuestro latido ardiente que los ama, verán en los sacramentos correr nuestra Vida para darse continuamente a ellos, y sentirán la necesidad de darse a Nosotros. Este será el gran prodigio que hará mi Divina Voluntad, romper todos los velos, abundar de gracias inauditas, tomar posesión de las almas como vida propia, de modo que ninguno le podrá resistir, y así tendrá su reino sobre la tierra.”
Fiat Divina Voluntad
Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día más permaneció Juan Diego en la casa del obispo que aún le detuvo. Al día siguiente, le dijo: “Ea, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del Cielo que le erija su templo”.
Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo. No bien Juan Diego señaló dónde había mandado la Señora del Cielo que se levantara su templo, pidió licencia de irse. Quería ahora ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino, el cual estaba muy grave, cuando le dejó y vino a Tlatilolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le dijo la Señora del Cielo que ya había sanado.
Pero no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa. Al llegar, vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía.
Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho.
Le respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y dispusiera, se le apareció en el Tepeyácac la Señora del Cielo; La que, diciéndole que no se afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se consoló, le despachó a México, a ver al señor obispo para que le edificara una casa en el Tepeyácac. Manifestó su tío ser cierto que entonces le sanó y que la vio del mismo modo en que se aparecía a su sobrino; sabiendo por ella que le había enviado a México a ver al obispo.
También entonces le dijo la Señora que, cuando él fuera a ver al obispo, le revelara lo que vio y de qué manera milagrosa le había sanado; y que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe.
Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera a informarle y atestiguara delante de él. A entrambos, a él y a su sobrino, los hospedó el obispo en su casa algunos días, hasta que se erigió el templo de la Reina del Tepeyácac, donde la vio Juan Diego.
Libro de Cielo
De los escritos de la S. D. Luisa PiccarretaVol. 19-49 (2) Agosto 22, 1926
“No hace otra cosa que producir imágenes divinas”
(2) “Hija mía, estoy haciendo la numeración de todos tus actos para ver si llegan al número establecido por Mí, y como mi Voluntad encierra todas las cualidades divinas, cada acto tuyo hecho en Ella toma la imagen de una cualidad suprema; míralos cómo son bellos: Quién posee la imagen de mi sabiduría, quién la imagen de la bondad, quién el amor, quién la fortaleza, quién la belleza, quién la misericordia, quién la inmutabilidad, quién el orden, en suma, todas mis cualidades supremas. Cada uno de tus actos toma una imagen distinta, pero se asemejan entre ellos, se armonizan, se dan la mano y forman un acto solo. Cómo es bello lo obrado por la criatura en mi Voluntad, no hace otra cosa que producir imágenes divinas, y Yo me deleito de circundarme de estas mis imágenes para gozar en la criatura los frutos de mis cualidades, y le doy virtud de reproducir otras imágenes mías divinas, pues quiero ver copiado, sellado el Ser Supremo, y por eso tengo tanto interés de que la criatura haga mi Voluntad y viva en Ella, para repetir mis obras.”
Fiat Divina Voluntad
El Señor obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo; la sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su bendita imagen.
La ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen.
Libro de Cielo
De los escritos de la S. D. Luisa PiccarretaVol. 15-19 Abril 28, 1923
“Así como mi Virgen Madre aplastó la cabeza a la serpiente infernal”
(1) Me sentía como inmersa en la luz interminable de la eterna Voluntad, y mi dulce Jesús me ha dicho:
(2) "Hija mía, mi Divinidad no tiene necesidad de obrar para hacer salir sus obras, basta sólo el quererlas, así que quiero y hago; las obras más grandes, más bellas, salen fuera sólo con que las quiera; en cambio la criatura aunque las quisiera, si no trabaja, no se mueve, nada hace. Ahora, para quien hace suyo mi Querer y vive en Él como en su propia morada, le viene comunicado, por cuanto a criatura es posible, el mismo poder".
(3) Mientras esto decía, me sentía jalar fuera de mí misma, y encontraba bajo mis pies a un feo monstruo que se mordía todo por la rabia, y Jesús estando cerca de mí ha agregado:
(4) "Así como mi Virgen Madre aplastó la cabeza a la serpiente infernal, así quiero que otra virgen, que debe ser la primera poseedora de la Voluntad Suprema, aplaste de nuevo aquella cabeza infernal, para aplastarlo y debilitarlo en modo de arrojarlo en el infierno, a fin de que tenga pleno dominio sobre de él y no ose acercarse a quien debe vivir en mi Querer, por eso pon tu pie sobre su cabeza y aplástalo".
(5) Yo, osadamente lo he hecho, y aquél se mordía de más y para no sentir mi contacto se escondía en los más obscuros abismos. Entonces Jesús ha dicho:
(6) "Hija mía, tú crees que sea nada el vivir en mi Querer, no, no, más bien es el todo, es el cumplimiento de todas las santidades, es el dominio absoluto de sí mismo, de sus pasiones y de sus capitales enemigos, es el triunfo completo del Creador sobre la criatura, así que si ella se adhiere y Yo logro que viva en mi Querer, sin querer conocer más su querer, no tengo más que querer de la criatura, y ella no tiene más que darme, todas mis ansias están cumplidas, realizados mis designios, no queda más que hacernos felices mutuamente. Es verdad que vine a la tierra para redimir al hombre, pero mi finalidad principal fue que la Voluntad Divina triunfase sobre la voluntad humana poniendo de acuerdo estas dos voluntades y hacer de ellas una sola, con llevarla en aquella Voluntad de donde había salido. Era esta la principal ofensa que mi Padre Celestial recibió del hombre, y Yo debía resarcirlo, de otra manera no le habría dado plena satisfacción. Pero para obtener la primera finalidad debí primero poner fuera la segunda, esto es, salvarlo, darle la mano porque estaba caído, lavarlo del fango en el cual yacía; ¿cómo podía decir ven a vivir en mi Querer, si era horrible al verse y estaba bajo la esclavitud del enemigo infernal? Entonces, después de haber obtenido la segunda finalidad, quiero poner a salvo la primera, que mi Voluntad se haga en la tierra como en el Cielo, y el hombre salido de mi Voluntad reentre de nuevo en Ella, y para obtener esto, doy a esta primera criatura todos mis méritos, todas mis obras, los pasos, mi corazón palpitante, mis llagas, mi sangre, toda mi Humanidad, para disponerla, para prepararla, para hacerla entrar en mi Voluntad, porque primero debe tomar el fruto completo de mi Redención, y como en triunfo entrar en posesión del mar inmenso de mi Suprema Voluntad, no quiero que entres como extraña sino como hija, no pobre sino rica, no fea sino bella, como si fueras otro Yo. Por eso quiero concentrar toda mi Vida en ti".
(7) Y mientras esto decía salían de Él como tantos mares que se vertían sobre de mí, y yo quedaba dentro, abismada, y al mismo tiempo un sol que expandía su luz, porque recibía el fruto completo de la Redención para poder dar el fruto completo de su Querer a la criatura, era el Sol del Eterno Querer que festejaba la entrada de la voluntad humana en la suya.
(8) Y Jesús: “Esta mi Voluntad Divina creció como una flor en mi Humanidad, la cual Yo trasplanté del Cielo al verdadero edén de mi Humanidad terrenal; germinó en mi sangre, brotó de mis llagas para hacer de Ella el don más grande a la criatura, ¿no quieres recibirlo tú?”
(9) Y yo: "Sí".
(10) Y Él: "Quiero trasplantarla en ti, ámala y debes saber custodiarla".
Fiat Divina Voluntad