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> Dragonstone, Blackwater Bay
> A meses de la supuesta muerte de Adrien
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El cielo llevaba horas oscureciéndose, y para cuando llegó la noche, las nubes habían cubierto Dragonstone, el ambiente sintiéndose pesado y casi sobrenatural.
El mar golpeaba los acantilados con una violencia que hacía temblar los cristales de las ventanas, cada relámpago iluminando las torres negras de la fortaleza para convertirlas en siluetas contra el horizonte.
Entonces cayó el primer trueno, cimbrando cada piedra en la Casa del Dragón.
Las doncellas del salón se persignaron y los guardias intercambiaron un par de miradas nerviosas. El maestre ordenó cerrar inmediatamente las ventanas y llevarlo a sus aposentos, en donde había comenzado a sentir las primeras contracciones.
Pero Miles apenas escuchó.
Una de sus manos descansaba contra la pared y la otra, sobre su vientre, convertido en luna llena.
Respiraba con dificultad, el tiempo entre cada una de las contracciones volviéndose menor y el dolor, terriblemente más intenso.
Su única petición al Rey que lo había enclaustrado ahí había sido rechazada, condenándolo a estar lejos de su hogar en Stormhold y sin la protección de los Antiguos Dioses.
El primero de los guardias asignados a su protección se le acercó, pero antes siquiera de que pudiese alcanzarlo, comenzó a caminar hacia las pesadas puertas.
—No. —soltó en voz baja, pero aún así, amenazante.
El maestre frunció el ceño.
—Mi lord, necesitamos preparar todo…
—No. Dije que no.
Miles levantó la barbilla, los rizos de su cabello pegados a su frente por el sudor y sus ojos turquesa demasiado desafiantes para alguien que había sobrevivido cosas espantosas.
Después de meses, brillaban insoportablemente vivos.
Rebeldes.
—No tendré a mi hijo aquí. —no importaba qué excusa intentaran darle, no los obedecería.
—Mi lord, la tormenta. —continuaba el maestre.
—Sí. La veo. —respondió, encogiéndose levemente por el dolor. Debía salir en ese preciso momento—. Necesito llegar a ella.
Un relámpago iluminó la habitación.
Más allá del cristal, el mar se levantaba y agitaba queriendo tragarse la isla entera.
Entonces sonrió.
No porque estuviera feliz.
Si no porque, después de todo lo sucedido, podía volver a decidir algo.
—Abran las puertas. —ordenó.
A su alrededor nadie se movió.
—¿No me escucharon? ¡Abran las puertas, ahora! —repitió, un gruñido vibrando en su garganta.
—Mi lord…
—¿Van a desobedecerme mientras estoy pariendo? —porque a pesar de todo, seguía teniendo el título de consorte.
Uno de los guardias bajó la mirada.
El otro, abrió las puertas.
El reino entero vivía y defendía una mentira que lo había estado enfermando hasta ese momento, cuando el vendaval entró salvaje y la lluvia azotó el corredor, el séquito que nunca había pedido chillando y retrocediendo.
Miles simplemente caminó.
Un paso.
Dos.
Tres.
Una mano tocaba la piedra.
Otra, arañaba las ropas sobre su vientre.
Nadie intentó detenerlo, porque todos habían oído las historias de los Lockridge.
Decían que su casa había nacido bajo la tormenta. Que los rayos habían partido los árboles alrededor de Stormhold durante el nacimiento de algunos de sus herederos.
Que los Antiguos Dioses observaban desde las raíces y las piedras.
Miles atravesó las puertas de Dragonstone, la lluvia golpeándolo de lleno, empapándolo de inmediato mientras el viento tiraba de él.
El mar rugía frente a él como un monstruo.
El cielo parecía estar cayéndose a pedazos.
Pero él no se detuvo, descalzando sus pies para poder caminar mejor sobre la arena de la playa, un trueno ensordecedor vibrando en su ser y el cielo iluminándose con toda la furia que le habían obligado a mantener.
El Dragón creía que se lo había quitado todo, pero no era así. Y para probárselo, descendió hacia el mar mientras los Dioses aguardaban.
El agua helada y el dolor de la nueva contracción erizaron su piel, obligándolo a detenerse para inspirar y esperar.
Cuando pasó, levantó la mirada hacia el cielo y sacó la daga que cargaba siempre consigo, la heráldica de la casa Renaudd grabada con fuego.
Estaba solo.
Completamente solo.
Y por primera vez en mucho tiempo, dejó de sentirse atrapado.
—Tú no eres suyo. —gritó, su voz compitiendo con la del trueno.
—¿Me escuchas? —la siguiente contracción obligándolo a doblarse, respirando entre dientes.
—No eres una corona.
El viento rugió.
—No eres un dragón.
El mar cubrió sus pies.
—¡Eres mío!
El momento de pujar había llegado y eso hizo, su voz suavizándose y quebrándose, la sal intentando llevarse su dolor.
—Eres nuestro... —cerró los ojos, recordando a Adrien.
Recordando la marca.
Y lo que habían intentado borrar.
Apretó los dientes.
—Nuestro hijo.
El cielo respondió, un rayo atravesando las nubes y destrozando la oscuridad, el fuego que sostenía la vela en el alféizar de su ventana todavía ardiendo con la misma fiereza de su corazón.
Traería a su caballero de regreso.
Porque no estaba muerto.
No podía estarlo.
Sus gritos parecían alimentar la tormenta, como si en lugar de ser un omega dando a luz al heredero de un rey, la tormenta estuviera reclamando lo que le pertenecía.
El último trueno retumbó sobre el mar.
Y entonces, entre el estruendo de las olas y la lluvia golpeando la arena se escuchó un llanto.
Agudo y vivo.
Lockridge sujetaba el pequeño cuerpo de su cachorro, contemplándolo mientras el niño abría los ojos, tan oscuros como los del alfa que alguna vez lo había amado.
Una risa escapó de sus labios, acercándolo contra su pecho para protegerlo de la lluvia con su propio cuerpo a pesar de que no paraba de temblar.
—Mi niño. —murmuró, dejándole un beso sobre su pequeña mata de cabello rubio.— Mi pequeño rayo.
El cielo seguía partiéndose pero la tormenta había cambiado, dejando de ser amenaza para convertirse en bienvenida.
Sus rodillas estaban débiles, pero no quería posponer más la verdad.
Y por primera vez desde que había llegado a la isla, sonrió sin provocación.
Sin sarcasmo y sin miedo.
Porque podían llamarlo consorte y considerarlo propiedad de la Corona. Podían escribir el nombre Targaryen en cualquier registro que quisieran.
Y aún así, ningún decreto podría cambiar lo sucedido aquella noche.
Su hijo había nacido bajo la tormenta.
Había nacido de su sangre, de su elección y del amor que habían intentado borrar.
El hijo de Adrien Renaudd. ⠀⠀⠀
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Narrativa ; 1020 palabras
300 semillas 🫘