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> Casa Renaudd.
> Durante la primer vida de Miles.
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Miles había podido fingir durante casi todo el día lo bien que se sentía. Así que cuando se descubrió solo, pudo soltar los músculos para no aparentar más lo mal que se encontraba después de lo ocurrido la noche anterior y la discusión que había tenido con Adrien esa misma mañana.
El dolor fue lo que lo llevó a recargarse apenas un momento contra uno de los pilares del pasillo, en la esperanza de que lo sostuviese.
Sus ojos se cerraron apenas un momento y se abrieron igual de rápido una vez que el eco de aquella voz reverberó por las paredes.
—Miles, te ves terrible. ¿Estás durmiendo bien? —pregunto Damien Renaudd, los músculos de su cuerpo tensándose de inmediato al verlo acercarse a él.
Sabía que lo mejor era no responder, pero ya ni siquiera su silencio lograba disuadirlo.
—¿Adrien sigue haciéndote trabajar hasta la madrugada? —se burló, llegando justo frente a él.
Y aunque no intentó tocarlo enseguida, el corazón comenzó a latirle con demasiada fuerza por el miedo que lo llevó a emprender la marcha.
Fue cuando Damien se movió, bloqueándole el paso hasta obligarlo a detenerse frente a él, como hacía cada que lo encontraba solo. Entonces desvió la mirada, al menos hasta que lo sintió levantar su mentón para obligarlo a verlo.
—Mírame. —le ordenó, un par de manos invisibles buscando jalar los hilos de su cerebro con tanto ímpetu que la sangre comenzó a correr por su nariz mientras intentaba cortar con aquello que el menor de los Renaudd se empecinaba a usar con él.
—Si yo quisiera, podría hacer que me amaras. —lo amenazó, llevándolo a jadear.
En ese momento no podía articular palabra alguna, aunque estuviese gritando por dentro.
—Podría hacer que olvidaras a mi hermano... —continuó, tomando uno de sus rizos con una fascinación enfermiza para esconderlo detrás de su oreja.
—Incluso, podría hacer que desearas venir a mi cama esta misma noche—.
Y Miles sabía que era verdad porque lo que Auguste hacía en la oscuridad era visible para todos bajo la luz del día, la evidencia presente en las sonrisas vacías y las marcas que sus compañeros estaban obligados a llevar sin que nadie se atreviera jamás a preguntar por ellas.
Entonces sus ojos se llenaron de lágrimas, no porque quisiera obedecerlo, sino porque, durante un instante, dejó de confiar en su propio cuerpo. Así como si su voluntad pudiera arrancársele al igual que una prenda y ya no supiera cuáles pensamientos seguían siendo suyos y cuáles estaban siendo sembrados en él.
El olor metálico de su sangre lo hizo sentir mareado, obligándose a pelear contra sí mismo y recordar a quien amaba.
Incluso, comenzó a repetir su nombre una y otra vez, como si fuera un ancla.
“Adrien… Adrien Renaudd. Adrien…”
Apenas poder mover uno de sus dedos, se armó de valor para alejarlo de él, aunque inmediatamente después, el vampiro lo sujetó de las muñecas y volvió a arrinconarlo.
—Basta… Por favor… Por favor. —soltó con un quejido ahogado, invadido por la náusea.
—Mi hermano cree que eres suyo... —volvió a decirle, esta vez acercando sus labios helados hasta su cuello—. Pero todavía no entiende que el amor y la propiedad no son lo mismo.
Su respiración estaban tan agitada que el pecho le dolía. Si había escuchado algo afuera de la habitación… lo había malinterpretado.
—N-no… Detente. Para. —suplicó una vez más, ahora lleno de urgencia al sentir como un par de colmillos desconocidos le rozaban la piel solo para dejar en claro que podía hacerlo.
—Ya no sonríes cuando él entra en una habitación—.
Y después, la misma maldita voz, pero dentro de su cabeza.
“¿Qué ocurre, Miles? No voy a hacerte daño.”
Pero sabía que mentía.
Que eso era justo lo que quería.
La mano libre del inmortal viajó hasta los botones de su chaleco, comenzando a arrancar uno por uno.
—Damien… —repitió—. Damien, no.
Porque alguien alguna vez le había dicho que podía negarse. Que incluso el amor debía detenerse cuando dejara de sentirse seguro. Sin embargo, su voz ya no parecía ser escuchada.
El recuerdo de la madrugada regresó de golpe y por un instante, sintió la misma desesperación que había sentido al también pedirle a Adrien que se detuviera.
Y como si lo invocara, el futuro Duque apareció para detener aquello que a simple vista, parecía otra cosa.
Solo entonces, Damien lo soltó pero él no se encontró capaz de quedarse para explicar.
No se sentía capaz de enfrentarse a esa mirada fría que ahora le causaba escalofríos, así que solo salió corriendo.
Temblaba.
Dolía.
Y aún así, lo peor era sentir que todavía lo tenía dentro de su cabeza.
“Oh, Miles… Si su amor es real… sobrevivirá incluso a esto.”
Alcanzó la puerta del despacho que conocía de memoria antes de dejarse caer contra ella y empezar a sollozar como no recordaba haberlo hecho nunca.
No porque Damien hubiera logrado romperlo, sino porque comprendió que el hombre al que amaba ya no podía verlo.
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Narrativa ; 834 palabras
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