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> Villa Cetinale, La Toscana.
> Después de la boda.
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Miles despertó cuando los rayos del sol comenzaron a danzar sobre su rostro. Eran suaves y cálidos, así como los brazos que lo rodeaban, salpicados de pecas y lunares.
Entonces sonrió, demasiado enamorado, antes de comenzar a girarse muy despacio para poder admirar correctamente la belleza de su ahora esposo, sus cabellos rubios cayéndole desordenadamente sobre su frente.
Así que lo peinó con los dedos y delineó con sus yemas el contorno de su nariz y sus labios, sintiendo cosquillas en el vientre al recordar los besos que habían compartido la noche anterior y que seguramente ahora marcaban su piel bronceada.
Después fue que se percató de la alianza de oro que todavía descansaba en su dedo corazón, lanzando destellos que se reflejaban en la paredes y el techo de la habitación nupcial.
Estaban casados, al fin.
Podían llamarse esposos.
Y por supuesto, despertar juntos todos los días que restaban de sus vidas, sin miedo a ser descubiertos porque ya no eran un secreto. Ni siquiera uno a voces.
Habían firmado, intercambiado anillos y consumado el matrimonio como se debía, entre pétalos de rosas, velas y canciones que Adrien había preparado con esmero para sorprenderlo.
El sueño dorado al que escapaba su inconsciente cada que se sentía abrumado se había cumplido en la realidad, después de tantos años de confusión, culpa y miedo.
Lo habían logrado, juntos.
Más allá de la cama, aguardaban las flores y el resto de regalos recibidos previos a la ceremonia, las escrituras de un terreno esperando ahora por ellos para comenzar a diseñar el que sería su hogar, llevándolo a visualizar todo de nueva cuenta:
Una casa con vista al mar, un solario y un jardín.
Un garage amplio para varios autos y una piscina.
Muchas habitaciones espaciosas e iluminadas.
Podía imaginar el amanecer colándose cada mañana por las ventanas, a Thunder corriendo de un lado a otro mientras Bolt lo seguía de cerca y a Adrien buscándolo por toda la casa solo para robarle un beso antes de salir a entrenar.
Eso lo hizo sonreír.
Siempre había creído que el hogar era un lugar, pero ahora entendía que era una persona.
Lo demás ya lo construirían juntos.
Porque en un futuro no muy lejano, también quería ser padre junto a Pecas aunque todavía no supiera muy bien cómo iban a hacerlo entre las carreras y el caos mediático que ahora tenían que sortear.
No era un plan inmediato, tampoco urgente.
Pero le gustaba imaginarlo.
Estaba seguro de que quería una niña llamada Élise y un niño llamado Nicholas. Quizá incluso un par más para que no se sintieran solos y pudieran jugar como solía hacer con Adrien cuando eran niños.
Los imaginó corriendo descalzos por el jardín mientras Thunder y Bolt iban detrás de ellos, incapaces de decidir si estaban jugando con ellos o cumpliendo la importantísima misión de vigilarlos.
Incluso podrían pasar los sábados reparando los autos clásicos junto a Adrien y los domingos, ir al kartodromo.
Era una vida sencilla, tranquila y elegida. Y quizá por eso, le parecía el sueño más extraordinario aunque todavía le costase creer que era su realidad.
Ni siquiera se había percatado de lo risueño que se encontraba, hasta que no pudo contenerse más y terminó llenando de besitos castos a su dormilón favorito, su risa adormilada siendo música para sus oídos.
—Buenos días, señor Lockridge de Renaudd… —le saludó, reduciendo más el espacio entre ambos—. ¿Cómo te sientes? ¿Tu sueño estuvo tranquilo?
—Buenos días, señor Renaudd de Lockridge. —respondió, más que listo para continuar con el checklist matutino—. Me siento exactamente en donde quiero estar… porque además, soñé con todo lo que nos espera.
—Quiero me cuentes todo… —soltó abriendo los ojos para inmediatamente después dejarle un camino de besos que iba desde la línea de su mandíbula hasta su cuello, en donde se tomó su tiempo.
—Es solo que… quiero hacer todo en el mundo contigo. —soltó, arañándole la espalda al sentirlo tocar sus puntos sensibles.
Fue cuando Adrien se detuvo para mirarlo a los ojos un momento, la sonrisa en sus labios tan amplia que terminó por derretirlo.
—Lo haremos, Rayito. Te lo prometo. —lo escuchó murmurar, antes de volver a hacer el amor entre risas y suspiros, como un par de adolescentes.
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Narrativa ; 709 palabras
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300 semillas 🫘
6 gatos 🐈⬛