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> Palacio Real de Gales, durante la madrugada.
> Después del anuncio de La Élite.
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Su piel ardía, ahí en donde Adrien había dejado las marcas de sus besos y sus dientes, para que no se olvidara de él, sin embargo, ¿cómo podría?
Su corazón ya le pertenecía, al igual que su cuerpo, mismo que se arqueaba para su compañero mientras le arañaba la espalda.
Ambos jadeaban sobre la cama, Miles retorciéndose debajo de Renaudd, cuyos movimientos firmes y tortuosos lo mantenían extasiado, obligándolo a enterrar su rostro en la almohada para acallar los gemidos que se le escapaban.
—Adrien, por favor —le suplicaba, completamente a su merced.
Solo entonces él lo tomaba de las manos para entrelazar sus dedos en los suyos, acelerando el ritmo lo más discretamente posible, mientras lo escuchaba gruñir justo en su oído, catapultándolo hacia el abismo, la habitación impregnada con el olor a sexo.
—Miles… quiero que terminemos juntos—.
Una petición que se convirtió en una única orden, Lockridge estallando a la par que Adrien sobre aquellas sábanas blancas, quedas testigos de sus actos.
Era cuando lo sentía salir de su ser y tumbarse a su lado, antes de girarlo suavemente para abrazarlo y bañarle el rostro con besos.
Se quedaban ahí, nada más mirándose con tímidas sonrisas, acariciándose las mejillas con una delicadeza que solo se permitían en esas circunstancias, alejados del mundo exterior.
Esperaban a recuperarse lo suficiente para después asear absolutamente todo y tomar juntos una ducha tibia, entre risas y silencios que habían dejado de ser incómodos hacia mucho.
Las miradas que se dedicaban hablaban de un amor cada día más difícil de ocultar. Se llevaban en la piel y en las pulseras a juego, pero también en en el anillo que ahora descansaba en el dedo corazon del sol.
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Narrativa ; 276 palabras