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> Salón de los Espejos.
> Durante la segunda vida de Miles.
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Su cuerpo temblaba y se retorcía de una manera horrible mientras su corazón latía agónicamente adentro de su pecho. Incluso su respiración se volvía más rápida y dolorosa, de pronto demasiado consciente de lo que se avecinaba.
—Quédate conmigo, Miles… No cierres los ojos. —repetía Céline una y otra vez, sus manos heladas aún haciendo presión en la herida de su cuello como si con ello pudiese detener la hem-rragia.
Los gritos y alaridos a su alrededor eran terribles, su visión volviéndose borrosa mientras el frío lo envolvía por completo, el ardor de la mordida aumentando con cada segundo que pasaba, así como el miedo.
—Cél… Céline… —se quejaba penosamente, sin saber a qué aferrarse cuando el incendio comenzó, reflejándose en los espejos y proyectando sombras monstruosas en las paredes—. ¿En dónde…? A-Adrien…
Había leído lo suficiente y siempre fue consciente de los riesgos. Sin embargo, de todos, aquella era la peor consecuencia, si al despertar quedaría atado al inmortal de ojos rojos cuyas cenizas ahora caían sobre los azulejos manchados con su propia s-ngre.
—Quédate despierto, Miles. Él no va a dejar… no va a dejar que… —escuchó responder a la Duquesa, antes de que se le rompiera la voz. Ella todavía lo acunaba, aunque incapaz de mirarle las heridas.
Y Lockridge, aunque desconocía su estado, sí sentía absolutamente todo lo que Damien le había hecho a su cuerpo antes de que Adrien pudiera llegar al salón.
Sus huesos habían cedido.
Su carne, también.
Le parecía que tenía fiebre y al mismo tiempo, unas nauseas insoportables que solo aumentaban al distinguir demasiado bien las notas metálicas de aquello que los vampiros llamaban el elixir de la vida.
El veneno en su sistema luchaba por reparar el daño, su consciencia volviéndose un suplicio y llevándolo por primera vez a externar lo mucho que sufría con alaridos que solo se escuchaban en los animales al encontrarse a punto de m-rir.
—¡Adrien! ¡Adrien, ya comenzó! —alcanzó a escuchar, antes de volver a verlo, con el rostro desencajado por la ira, el pánico y algo más que no pudo descifrar en ese momento.
La presión en las manos de la vampira cedió, solamente para ser reemplazadas por las de su eterno amante.
—A-Adrien… N-no… No quiero… —suplicó con desesperación, sus dedos cerrados en puños como si de alguna forma, eso pudiese evitar que la vida se deslizara lejos de él.
—Tienes que decidir, Renaudd. El cambio ya esta sucediendo. Pero si ocurre, una parte de Damien vivirá siempre en él. —el por qué Alistair se encontraba ahí era desconocido, pero era el médico real y sabía de aquello.
Por ello, el silencio que siguió le enfermó.
—N-no… ¡No! N-no. —continuó balbuceando, aunque su garganta estuviera seca y el sudor le empapara sus ropas.
No quería volver a sentirlo nunca.
No quería volver a escucharlo.
Miles jamás lo había querido.
Ni siquiera durante su primera vida, los recuerdos golp-ándolo nuevamente con una intensidad tan brutal que lo llevó a sollozar como no había podido hacer al enterarse de la verdad.
Entonces las voces de Adrien, Alistair y Céline comenzaron a mezclarse.
“Dame otra opción, Xyrcyne.”
“No la hay.”
“¡Adrien, está agonizando!”
“Extrae el veneno. Dale a beber tu s-ngre.”
“¿Y si no puedo detenerme?”
“Entonces m-rirá. Es mejor a que pase la eternidad encadenado a Damien. Tú lo sabes.”
Estaba mur-endo y sanando al mismo tiempo, las garras invisibles de Damien todavía sobre él, tirando de sus hilos para burlarse y dejarle en claro que pretendía reclamarlo suyo incluso por la eternidad.
Sus párpados comenzaron a cerrarse cuando Renaudd lo sujetó en sus brazos.
—No voy a perderte, Miles… No otra vez. No voy a permitirlo—. Sus ojos de color miel puestos en los suyos así como la primera vez que le hizo el amor—. Mírame… Yo te veo, Miles. Siempre lo hice.
Y él quiso decirle que lo sabía, pero no pudo emitir palabras y mucho menos pronunciar su nombre cuando las escenas de su primera vida comenzaron a aparecer en su cabeza, su cerebro desesperado por mitigar todo lo que estaba mal.
Risas, besos robados, bailes de salón, notas de piano, cartas perfumadas y aquel estanque de lilas a donde alguna vez prometieron volver.
—Voy a aliviar tu dolor. Te lo prometo—.
Entonces llegó la segunda mordida, sus manos aferrándose a los brazos de Adrien con la última fuerza le quedaba.
“Está bien, Adrien. Ya fue suficiente.”
“Su corazón… Su corazón está fallando.”
“Adrien, detente.”
Cuando todo dejó de responder, sus ojos se cerraron.
Al volver a abrirlos, se encontró recostado junto a Adrien, la luz de la luna bañándolos suavemente mientras permanecían en ese rincón del bosque que siempre les perteneció.
No pudo decir si era un recuerdo, un sueño o el último lugar al que acudía su alma antes de rendirse.
Fue entonces cuando sintió la necesidad de decir algo, como si, de algún modo, el tiempo se le estuviera terminando.
—Adrien… no olvides que te amo.
La caricia que recibió sobre la mejilla fue tan tibia como la noche que los envolvía, antes de que llegara aquel beso lento y lleno de una ternura que ninguna despedida habría podido contener.
—Eres mi vida, Miles. Mi corazón.
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Reto Semanal ; 867 palabras
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