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> Castillo de Athermere, Gales.
> Años atrás, durante la infancia de Miles.
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Miles había recibido un Tamagotchi de cumpleaños a quien le había puesto Bruce, en honor a Bruce Wayne. Llevaba días caminando de un lado al otro con el pequeño huevito, las habitaciones llenándose de un sonoro "bip-bip" que desapareció de un día para el otro.
Irene preparaba la cena en la cocina cuando lo vio llegar, cabizbajo, sin nada entre las manos y en un silencio que si bien la sorprendió, muy a su pesar, también agradeció.
Cortaba vegetales sobre la barra, su hijo pegando un brinco para alcanzar el banco de caoba, en donde se sentó.
—Me siento traste. —lo escuchó decir, con una seriedad que la extrañó. Entonces lo miró y le regaló una sonrisa comprensiva, antes de corregirle.
—¿Triste? —preguntó, pretendiendo volver a sus tareas, sabiendo que de otro modo, él no se animaría a contarle nada.
El profundo suspiro que dejó escapar le hizo saber que era algo importante y por un momento, temió que su esposo fuese la causa porque después de todo, la temporada de Karting había comenzado hacia unos días y seguía insistiendo en que aquello no le dejaría nada de provecho.
—Sí. —comentó, escogiendo las siguientes palabras con tanto cuidado, que ella juró ver humo salir de sus orejas—. Es que Pecas estaba muy traste y no sé qué más hacer.
La Valecrest preparaba el pollo para el horno, cocía la pasta en una sartén y salteaba la ensalada en otra, pero aún así, se las arregló para hervir agua y prepararle un té que sirvió en una pequeña taza y dejó frente a él.
—Hmm, Pecas estaba triste. ¿Le preguntaste por qué? —continuó, sintiendo mucha pena por el Renaudd. Ni siquiera tuvo que esperar la respuesta de su niño para saber de lo que se trataba.
—Su mamá no se siente bien—.
Luc le había dicho que la quimioterapia ya no podía hacer más por Élise. Desconocía si Adrien lo sabía ya. Y eso era muy doloroso.
—¿Qué más te gustaría hacer, Miles?
Sabía que era su mejor amigo.
Lograba sacarle sonrisas sin esfuerzo y desde su llegada a la vida de Miles, no paraba de hablar y mejorar su vocabulario. En pocos meses, ella se había dado cuenta de que era mucho muy importante para él.
—Quiero darle un abrazo. ¿Crees que pueda llevarle nuggets de dinosaurio? ¡Oh! Y galletas de chispas. Yo te puedo ayudar. Ah y también le quiero dar un abrazo. ¿Puede venir a casa? Quiero enseñarle mi casa del árbol y mi colección de Hot-Wheels. Prometo ser silencioso para que papá pueda trabajar. Y le quiero dar un abrazo… a lo mejor así no se siente traste… ¡triste!—.
Irene asintió con la cabeza, mordiéndose el labio para no reír. Parecía que lo tenía muy en claro. Y que quería darle un abrazo, a pesar de que en casa era muy reservado.
—Bueno, podemos empezar llevándole galletas. Podríamos hornearlas mañana. Y quizá otro día, podría acordar con su padre que venga a visitarnos un día para comer nuggets de dinosaurio, ver tu colección de Hot-Wheels y jugar en la casa del árbol. —explicó, haciendo una pausa para evaluar su reacción—. También puedes intentar abrazarlo ahora que lo veas. Si notas que está cómodo, puedes seguir haciéndolo.
El brillo en sus ojos verdosos le hizo saber que le parecía una excelente idea.
—¡Sí quiero! Gracias, mami. —exclamó, brincando de nueva cuenta, esta vez para bajar del banco y salir corriendo para rodear la isla y abrazarla.
Entonces sí que la cocina se llenó de risas, sus manos peinándole los cabellos rizados, antes de verlo partir… y regresar, como si se le hubiese olvidado decir algo.
—Mami… Extraño mucho a Bruce. ¿Podemos ir a buscar otro a la tienda?—.
Pensó que quizá lo había olvidado.
O que se había quedado sin baterías.
—¿Otro Bruce? ¿Qué le pasó al tuyo? —inquirió, preocupada de no volver a conseguir la edición azul con estrellas que tanto le había encandilado haciéndolo olvidar la pena de no poder tener una mascota de verdad en casa.
—Se lo di a Pecas… ¿Si puedo otro? Por favor.
Su corazón se le hizo pequeño en el pecho, pero no porque pusiera ojitos de cachorro. Fue más bien que se dio cuenta del peso de Adrien Renaudd para Miles.
Una vez que accedió y su hijo desapareció de la vista, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Era felicidad, pero también una profunda preocupación, sabiendo lo que Adrien podría llegar a significar en su futuro, como hijo y heredero único de Thomas Lockridge.
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Narrativa ; 731 palabras
200 semillas 🫘