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> Casa Renaudd. Habitación de Adrien.
> Pasada la medianoche.
> Durante la primer vida de Miles.
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Adrien cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. El estruendo lo sobresaltó, especialmente cuando el fuego de las velas y candelabros que lo rodeaban, amenazó con extinguirse.
Lo había visto de mal humor antes, pero aquello… era distinto. Y eso lo asustó.
—No vuelvas a estar a solas con él. —le ordenó, fuera de sí.
Miles dejó los documentos que estaba ordenando sobre el escritorio antes de cruzar los brazos sobre su pecho, sin saber exactamente de qué quería protegerse.
—Adrien…
—No. —lo interrumpió—. No he terminado.
Incluso su voz era distinta.
Tensa. Autoritaria.
Demasiado contenida.
—Ya te lo he dicho. —continuó—. Mi hermano no es alguien con quien debas tratar.
Lockridge comenzó a negar con la cabeza, incapaz de creer lo que escuchaba.
—Yo no lo busco. —le respondió con firmeza, su cuerpo encogiéndose al recordar con terrible exactitud el horror al encontrarlo en los pasillos desiertos o en los rincones oscuros.
—¿Y aun así siempre termina encontrándote? —replicó el Renaudd, dando un paso hacia a él con una velocidad que lo llevó a retroceder por primera vez—. ¿Te has preguntado por qué?
Eso lo hizo fruncir el ceño.
—No entiendo qué estás insinuando. —soltó, con incredulidad, justo cuando Adrien comenzaba a reír sin humor.
—No. Claro que no—.
Se acercó más, invadiendo su espacio.
En cualquier otro momento lo hubiese disfrutado, pero no en ese. Ahí, Adrien no lo estaba seduciendo, si no, incriminando.
—¿Te gusta la atención? —le preguntó con una crueldad de la que jamás lo creyó capaz—. ¿Que te miren? ¿Que te deseen?
Y eso lo sintió como un golpe.
Uno que le quitó el aire de sus pulmones.
—Adrien… no me puedes estar preguntando eso. —le advirtió, de pronto sintiendo un nudo en la garganta.
Pero el vampiro no se detuvo.
—Porque empieza a parecer —continuó, con la voz cargada de rabia— que no te incomoda tanto como dices.
Entonces algo se rompió entre los dos.
Fue ruidoso y doloroso, sus ojos llenándose de lágrimas que no sabía decir si eran de furia o de tristeza.
—¡Nunca le he dado motivo alguno! —respondió herido, levantando la voz como nunca antes había hecho—. ¡Tu sabes que no, estuviste ahí…!
Si Adrien no hubiese llegado a tiempo…
Pero aún así, lo vio apretar los puños.
—¡Entonces dime por qué no te alejas! ¿Por qué sigues poniéndote en peligro? —los gritos ya eran demasiado escandalosos.
—¡Porque este es mi lugar! ¡Porque mi vida está aquí contigo! —soltó, plantándole cara como cuando todavía no se conocían.
Su señor se quedó inmóvil. Y ese fue el momento en que los celos ganaron.
—¿O es que prefieres a Damien? —escupió, tomándolo del cuello con la violencia propia de las bestias—. Tal vez él no te exige tanto.
Miles abrió la boca, sin saber qué decir.
Y aunque era riesgoso, lo empujó lejos, haciendo acopio de toda la fuerza que tenía.
—¿Cómo puedes pensar eso siquiera?—.
Pero aquellos ojos color miel ahora lo miraban con un brillo diferente. Sin control.
—Tal vez sólo eres fácil —sentenció—. Tal vez te basta con que cualquiera te quiera.
El silencio que le siguió fue inmediato. Irreversible.
Él palideció.
—Nunca le he dado nada a nadie… más que a ti. —murmuró, temblando—. Mi lealtad, mi apoyo, mi cuerpo, mi amor… mi vida.
La neblina pareció disiparse en el vampiro.
—Miles, lo siento. No quise…
Sin embargo, era muy tarde.
Habían planificado su conversión por meses y ahora parecía que nada de eso importaba.
—No… no quiero estar contigo ahora. —finalizó, limpiándose vergonzosamente las lágrimas que corrían por sus mejillas.
Incluso le apartó las manos de golpe, al sentirlas acercándose a él.
—Necesito aire fresco—.
Salió de la habitación y no miró hacia atrás.
No podía saber que Damien había escuchado todo, mucho menos que lo seguiría.
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Narrativa ; 588 palabras
200 semillas 🫘