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> El Club, a las afueras de Avernyth.
> Durante la primer vida de Miles.
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Miles parecía conocer bastante bien el Club a pesar de solo haberlo visitado cuatro veces. La música llenaba los salones y las parejas desaparecían entre los corredores de la vieja mansión. Sus ojos se habían acostumbrado un poco a la tenue iluminación y ahora subía y bajaba las escaleras con el porte erguido de alguien que no tenía porque pedir perdimos.
Sin embargo, Arthur no estaba en el balcón, la terraza y tampoco en la galería.
Entonces se dirigió hacia los jardines, una voz llegándole desde atrás al momento que cruzó el umbral y el olor a humedad impregnaba su nariz.
—Llegas tarde. —saludó el vampiro, haciéndolo girar hasta encontrarlo apoyado contra uno de los arcos, vistiendo igual de impecable que siempre.
Ahí, los sonidos llegaban amortiguados y las farolas iluminaban varios senderos de piedra, rodeados de rosales. Más allá, se podía escuchar el correr de una fuente.
Esa noche no llevaba ninguna copa en las manos, solo una pequeña canasta de mimbre.
—¿Nos expulsaron? —le preguntó con una sonrisa.
—No. Todavía no. Pero hoy el jardín será suficiente. —anunció, ofreciéndole un brazo con galantería mientras él procesaba la información antes de acercarse.
—¿Qué?
—Bueno, yo pensé que… —comenzó a decir, antes de ser interrumpido.
—¿Que iba a besarte otra vez?—.
Su mejillas se ruborizaron con tanta violencia que el vampiro comenzó a reír.
—Tal vez solo un poco. —confesó.
—Qué decepción debes llevarte—.
Pero no era eso.
No en realidad.
Simplemente era que Adrien Renaudd lo había solicitado como Mayordomo personal y quería estar completamente listo para cuando decidiera reducir el espacio.
Así que caminaron hasta perderse entre los arbustos y una vez el inmortal escogió el lugar de su preferencia, sacó un mantel a cuadros y lo extendió, antes de sentarse sobre él y comenzar a servir un pequeño banquete que parecía demasiado para pertenecer al Club.
—¿Todo esto es para nosotros? —preguntó por inercia, quitándose el saco que llevaba antes de tomar su lugar frente a él.
—No.
—¿No?
—Es para ti. Yo no necesito comer—.
Durante un segundo, quiso protestar.
Eso era demasiado para una persona.
Arthur no levantó siquiera la vista mientras cortaba una rebanada de pan.
—No. No pienses en cuánto cuesta. —le soltó, haciéndolo respingar.
—Lo siento. Es solo que… —tartamudeó.
—Lo sé. Estabas calculando pero no tienes que pagar nada, así que, adelante.
Su estómago lo traicionó primero cuando sus tripas gruñeron sonoramente al sentir el olor de las delicias que estaban emplatadas en porcelana.
Entonces comenzó servirse en silencio, para después comer con extremo cuidado, repitiéndose que no podía olvidar la etiqueta.
La situación en casa no era la mejor pero no por eso quería convertirse en el “bruto irrespetuoso” que Adrien creía.
—¿Qué estás haciendo? —lo escuchó preguntar, aunque sin molestia.
—¿Hacer que?
—Escogiste el pedazo más pequeño. Y todo esto es tuyo—.
Miles de pronto no sabe qué responder porque entonces cae en cuenta de que siempre ha sido así. Estaba tan acostumbrado que nunca se lo había cuestionado.
El vampiro simplemente cambió los platos.
Y comenzó a preparar fruta, partir pan y servir la tan esperada bebida de la noche, mezclando licor, ginebra y el jugo de algunas frutas para después decorar con hierbas.
El líquido resultante tenía un tono verde pálido con reflejos dorados, su olor recordándole ciertos cítricos y algunas flores recién cortadas.
—Magic Garden. —anunció, pasándole el vaso para que pudiese dar el primer trago—. ¿Qué te parece?
Miles sintió la ligereza y frescura en la punta de su lengua. Le parecía que el cóctel no buscaba impresionar, sino simplemente, permanecer.
—Se siente… Como respirar. —respondió al fin, observando como el caballero sonreía satisfecho.
Inmediatamente después, Miles se convirtió en el sujeto de estudio del Beaumont, quien comenzó a hacerle demasiadas preguntas personales que intentó responder con toda la sinceridad que pudo a pesar de quedarse en silencio con más de la mitad.
“¿Cuál es tu comida favorita?”
“¿Qué querías ser cuando eras niño?”
“¿Qué te hace feliz?”
“¿Qué harías si mañana despiertas libre?”
Porque toda su vida había sido servir y sobrevivir un día más, manteniendo la cabeza baja y haciendo las cosas bien. Él ni siquiera había imaginado que la palabra libertad pudiese aplicarse a sí mismo.
—Es curioso.
—¿El qué?
—Llevas cuatro noches preguntándome cómo funcionan los vampiros. Y todavía no sabes cómo funcionas tú—.
La tela del mantel tenía bordados exactamente 240 cuadros de flores para cuando el vampiro se puso de pie y le ofreció la mano.
—Ven. Quiero mostrarte algo—.
El salón estaba vacío, pero eso era justo lo que le daba su encanto. Las pinturas de los techos eran preciosas pero lo que quitaba el aliento era el enorme espejo al fondo de todo.
Y Miles no era experto en espejos pero aquel se veía antiquísimo, el marco fabricado con oro que, a pesar de estar cubierto de polvo, aún conservaba su brillo.
—Miles. Nunca te conformes con ser deseado. —lo escuchó murmurar de pronto—. Mucha gente va a querer lo que haces sentir, pero muy pocos querrán conocer al hombre que provoca todo eso.
El silencio que siguió no era incómodo, pero sí un tanto pesado.
—Busca a alguien que te vea. —continuó, esta vez girándolo para que pudiese contemplar su reflejo.
—¿Qué ves? —le preguntó su acompañante, de pronto sin comprender.
—A… mí. —respondió, porque era la verdad.
Los vampiros no se reflejaban como los humanos.
—No. Anda, esfuérzate más. —lo presionó.
Fue cuando recordó su posición.
—Veo… A un sirviente.
—¿Y el muchacho?—.
Miles frunció el ceño, todavía sin entender.
—¿Qué muchacho?
Arthur suspiró a su lado, sin ser cínico.
—Exactamente. No ves a Miles. Solo ves aquello para lo que te educaron. Servir—.
Y antes siquiera de poder detenerlo, el noble acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja y enderezó el cuello de la camisa.
—Miles…
—¿Sí?
—Si tu señor dejara de necesitarte mañana ¿seguirías queriendo estar a su lado?—.
El corazón se le aceleró dentro de su pecho, miles de pensamientos invadiéndolo de pronto hasta hacerlo jadear, abrumado.
Pero si que tenía una respuesta clara para esa pregunta. Por eso, cuando se dio cuenta de que ya había tardado bastante, se giró hacia el inmortal, sonriendo sin siquiera darse cuenta.
—Sí—.
Arthur permaneció en silencio unos segundos, observando su reflejo, una sonrisa pequeña y satisfecha apareciendo de pronto en sus labios.
—Eso. Ahora tú también empiezas a conocerlo.
Porque no era dependencia.
No era costumbre ni gratitud.
Era amor.
Y no todos tenían el privilegio de sentirlo.
Pero, más que eso, no todos tenían el valor de entregarlo como él.
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Narrativa ; 1099 palabras
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