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> Jardines del Palacio Real, Nochtyr.
> Durante la segunda vida de Miles.
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La música era suave y escapaba desde el gramófono que Adrien había insistido en llevar para poder bailar sin los ojos curiosos de la corte.
Así que ahí estaban, balanceándose como si, por primera vez, no tuvieran prisa.
Las manos de Miles descansaban sobre los hombros de Adrien, quien lo guiaba con la misma delicadeza que había mostrado durante su reencuentro.
—¿En qué piensas? —le preguntó, haciendo sus mejillas ruborizar al mismo tiempo que apoyaba la frente contra la suya.
—Es solo que… —comenzó, antes de hacer una pausa para elegir correctamente sus siguientes palabras, mientras el vampiro esperaba—. Quiero… disfrutar de este momento contigo.
Finalizó, asegurándose de usar la misma frase que había pronunciado años atrás, durante su primera vida.
El hilo rojo que unía sus corazones se tensó, aquellos ojos de color miel llenándose de lágrimas temerosas.
—Miles… —lo escuchó decir, con ese tono que siempre usaba cuando hablaban del pasado, llevándolo a negar con la cabeza.
Los recuerdos más importantes habían regresado y él ya no tenía duda alguna.
Sólo quería que él también lo supiera.
Entonces, dejó un ramillete pequeño de lilas justo en el bolsillo de su abrigo.
—Soy yo. —afirmó, sus palabras rompiendo algo que parecía llevar siglos conteniéndose.
—Soy tu Miles, Adrien.
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Hacía tiempo que Adrien se había entregado a su nuevo Miles, dispuesto a amarlo como se lo merecía.
Sin herirlo. Sin ocultarlo.
La forma en que lo sostenía entre sus brazos mientras bailaban bajo el gazebo lo evidenciaba. No había expectativas. Solo existía la calidez entre los amantes... hasta que una frase lo devolvió al pasado.
Entonces volvió a sentir la arena en los pies y el pánico en el pecho.
Adrien bajó la vista hacia el ramillete de lilas. Apenas se atrevió a tocarlo, temiendo otra jugarreta de su corazón nostálgico.
La voz de Miles fue el bálsamo que le permitió enfrentarlo, encontrando ese brillo que llevaba siglos grabado en su alma.
Sintió un tirón en su corazón y las lágrimas nublándolo todo. Sus manos temblaron de camino a las mejillas sonrojadas de Miles.
Lo acarició despacio, creyendo que desaparecería frente a él.
Pero no lo hizo.
Miles le acomodó el cuello de la camisa y arrugó la nariz, regañándolo un segundo antes de besarle la palma de la mano.
—Hola, mi señor elegante —murmuró.
Era él. Era su Miles.
Adrien sonrió a través de las lágrimas, en el instante en que su corazón volvió a latir.
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