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> El Club, a las afueras de Avernyth.
> Durante la primer vida de Miles.
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El Club era considerado un sitio de exceso y depravación total. La vieja mansión se alzaba justo en el linde del bosque, sus jardines seductoramente iluminados por cientos de lámparas de cristal cortado.
La música solía escapar desde las ventanas abiertas y se mezclaba con risas, el murmullo de las conversaciones y algunos otros sonidos que no eran tan difíciles de identificar para aquellos que conocían el placer.
Adentro, el dinero valía menos que los secretos y los humanos suficientemente curiosos podían mezclarse con criaturas sobrenaturales de diversos círculos de la sociedad quienes buscaban divertirse y saciar sus deseos más profundos.
Las reuniones comenzaban el quinto día de la semana y sus puertas no se abrían para cualquiera, a menos que fuesen los acompañantes de los miembros de élite o que mostraran la invitación correspondiente.
Miles había recibido dos en el transcurso del mes, adentro de un sobre negro sin remitente, perfumada con algo que no supo identificar.
Y aunque debería haberla tirado al fuego, pasó casi una hora eligiendo qué ponerse frente al espejo de su habitación.
Llegar no le supuso ningún problema.
Adentrarse al peligro mucho menos.
Sus ropas se ajustaban en los lugares adecuados, el encaje y las transparencias que las decoraban en la justa cantidad para no parecer vulgar.
Ahí en donde la mayoría de los asistentes estaban empecinados en llamar la atención, él simplemente se dedicó a existir y observar.
Algunos humanos coqueteaban con los vampiros como si estuvieran jugando con cuchillos, otros tantos, con licántropos que eran mucho más grandes y fuertes que ellos.
En cualquier caso, las pupilas de todos estaban completamente dilatadas por la fascinación y el terror, a partes iguales.
Pero, al pesar de levantar miradas ahí por donde pasaba, él no hizo ninguna de las dos cosas.
Simplemente tomó una copa de una bandeja y recorrió los salones con genuina curiosidad, después de haber escuchado tanto sobre ese lugar que la mayoría repudiaba como si buscar compañía y sexo fuesen un crimen.
Entonces lo encontró.
Apartado del resto y descansando en uno de los balcones abiertos. Físicamente parecía doblarle la edad pero seguramente tenía mucho mas tiempo caminando por la tierra que toda su línea familiar junta.
No era el más llamativo.
Tampoco el más hermoso.
Simplemente no parecía interesado en competir por la atención de nadie.
Vestía de manera impecable y su presencia era tal que el resto de invitados en el salón parecían terriblemente insignificantes.
Tenía la expresión aburrida de alguien que había visto demasiado y observaba a la multitud como si fuese un académico estudiando una especie hasta entonces desconocida.
Fue cuando sus miradas se cruzaron.
Sus ojos eran de color carmín y aún así, Miles sostuvo el contacto visual lo suficiente como para que una sonrisa casi imperceptible se dibujara en los labios del caballero.
—Impresionante. —comentó el desconocido cuando llegó a su lado.
—¿Qué cosa?
—Que todavía sigas aquí.
Miles dejó escapar una risa bastante real.
—Yo pensaba exactamente lo mismo de usted. —bromeó mientras notaba como le recorría el cuerpo así como si estuviese midiéndolo.
—¿Valentía o estupidez? —lo escuchó preguntar, con diversión.
Lockridge simplemente se encogió de hombros.
—Quizá un poco de ambos.
Toda su vida había trabajado en la Casa Renaudd, rodeado de peligro.
Eso no le era precisamente desconocido.
—Permíteme. —anunció, tomando la bebida que llevaba para lanzar el contenido lejos—. Mis acompañantes no pueden beber esto.
Su movimiento fue tan rápido, que en un abrir y cerrar de ojos, ya se encontraba de vuelta sujetando una copa larga y más elegante, llena de Champagne burbujeante como el que solía servir en la mesa de sus Señores.
—Este cóctel es mejor. Tiene el equilibrio perfecto entre elegancia y sofisticación, así como tu. —así que se encontró tomándolo con cuidado para darle un trago.
La sensación en su lengua fue tan agradable que no pudo evitar soltar un ruidito de satisfacción, tan desacostumbrado a esa clase de lujos.
Cuando volvió a levantar la vista, el vampiro todavía seguía observándolo.
Pudo haber elogiado su bigote cuidado con tanto esmero, pero no lo hizo. También pudo insinuársele directamente, pero se contuvo porque la fascinación que sentía por él iba más allá de lo físico.
Y aunque el Club no estaba hecho para conversaciones largas, terminaron viendo apagarse las últimas velas mientras las copas vacías de Coctel Champagne se acumulaban entre ambos.
Miles abandonó la mansión al amanecer, sin saber que aquella sería la primera de cinco fiestas.
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Narrativa ; 743 palabras
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300 semillas 🫘
6 gatos 🐈⬛