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> Discoteca Jimmy’z, Galos. 12:00 am.
> Después del Anuncio en el Report.
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La luz del callejón afuera de la discoteca era demasiado tenue. Estaba mareado y sus piernas temblaban, a nada de perder el control. Había salido porque estaba ebrio y necesitaba respirar aire fresco.
Su ropa estaba desordenada, su cuerpo resintiendo la incomodidad bajo ella después de lo que había hecho en el privado con aquella rubia de ojos avellana.
Incapaz de continuar, recargó su espalda contra el muro blanco y helado, antes de deslizarse hacia los adoquines. No se había percatado de que aún llevaba una botella a medio terminar en la mano hasta que la sintió golpear el suelo.
Fue cuando la culpa y la ansiedad se intensificaron en su pecho, sus ojos zafiro llenándose de lágrimas que comenzaron a correr sin control por sus mejillas cuando la realidad le alcanzó.
¿Por qué había tenido que cruzar la línea?
Todas sus decisiones lo habían llevado hasta ese maldito momento. Era su culpa.
La suspensión.
La Selección…
Perderlo.
Y eso era lo que más le dolía porque en ese instante, solamente lo necesitaba a él.
Rebuscó en el bolsillo de su abrigo con la mano libre hasta que sintió los bordes del celular. Cuando lo sacó, le pareció que pesaba como si fuera algo más que un simple objeto.
Miró la pantalla, encontrándola borrosa, pero no lo suficiente como para impedirle entrar a la agenda y buscar su contacto.
Intentaba contener los sollozos pero todos sus esfuerzos eran inútiles. Y aunque sabía que no era una buena idea, marcó, seguro de que se ahogaría con todas las palabras que tenía atoradas en su garganta, ahora rasposa por el alcohol.
El tono sonó una vez. Dos. Tres.
Su corazón latía con tanta fuerza que dolía.
Entonces, atendió.
—¿Sí? —la voz era clara. Molesta. Agitada.
A Miles se le olvidó incluso como respirar.
—¿A-drien? —lo llamó, lastimosamente.
Pero nada dolió más como el silencio que le siguió al otro lado de la línea, a pesar de lo mucho que lo comprendía y lo merecía.
Estaba siendo ridículo. Patético.
Y no importaba ya nada.
—Soy… un idiota. Un completo idiota. —creyó que Adrien le colgaría, pero cuando no lo hizo, las palabras salieron a borbotones de sus labios sin pensar siquiera.
—Las cosas… estaban… estaban bien. Lo único bueno en esta jodida vida era verte y subir al monoplaza ¿sabes? No me dolía… despertar… porque tú… tú estabas ahí.
¿Y por qué estaba agitado?
¿Estaba con Ruth?
Una escena en particular cruzó por su mente, el siguiente sollozo obligándole a hacer una pausa, antes de continuar.
Al diablo Sinclair.
—Te extraño, Pecas… Dios… —sin filtros ni defensas, nada más que la cruda verdad.
El silencio se alargó, pero sabía que su amigo aún estaba ahí, contenido y tenso.
—Mañana… voy a ir a Gales. Y tengo miedo... no puedo... no quiero... —continuó, de manera atropellada—. Porque tú... tú no estarás ahí... No estarás ahí, Pecas.
Quizá su padre creyó que esa era la manera de enderezarlo. De concretar el matrimonio del que había estado huyendo toda la vida.
——Y yo... lo siento, Adrien. Lo siento tanto... No puedo sin ti. No puedo. Lo arruiné todo, te arruiné. —lo había llevado hacia el límite. Y aunque apretó los párpados con fuerza, no pudo borrar los recuerdos. No pudo borrar el beso que aún se repetía una y otra vez.
—Yo no sabía qué hacer contigo mirándome así, Pecas. Perdóname… Perdóname, por favor, no quería lastimarte. —respiró mal.
“Lo arruiné todo. Te arruiné.”
No solo la carrera de ambos. No solo la amistad improbable que habían mantenido durante años. No solo la complicidad.
A Saint Pecas.
Al chico de oro.
Al Sol.
Porque un vez, celebrando un podio doble, el Renaudd lo abrazó por la cintura en frente del mundo entero y lo hizo sentir que estaba completo para después ir a besarse con una chica.
Arrepentido incluso de existir en ese momento, Miles colgó, abruptamente.
Porque si no lo hacía, lo empeoraría.
“Eres tú, Adrien. Siempre has sido tú.”
Sin embargo, el reproche no era para el rubio, si no para él, quien seguía pretendiendo ser alguien que no era.
No recordaría nada de ello a la mañana siguiente, porque cuando se puso de pie, dispuesto a marcharse, el vacío que quedó lo llevó a tomar un poco más hasta perder completamente la consciencia.
La fotografía de Renaudd ocupaba el fondo de bloqueo, de la última sesión fotográfica que habían compartido juntos.
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Narrativa ; 701 palabras
701 estrellas ⭐