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> Villa Cetinale, La Toscana
> Minutos antes de la ceremonia
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Miles caminaba de un lado al otro por la bridal suite, buscando convencerse de que lo hacía para acostumbrarse a la sensación de la moneda que Graham había escondido en uno de sus zapatos.
Pero su madre, quien lo conocía mejor que nadie en el mundo, fue quien se dio cuenta de lo que en realidad pasaba y dejó de alisar la tela del que había sido su vestido de novia para detenerlo y poder tomarlo de las manos.
Sus ojos escocían y aunque no estaba usando maquillaje, no quería llegar al altar con los ojos rojos e hinchados por la ausencia que le pesaba.
—Lo siento… —murmuró, un tanto avergonzado. Irene había viajado sola y se estaba esmerando porque todo saliera a la perfección. Tenía algo viejo, algo nuevo y algo azul pero no tenía a su padre.
—Miles, cielo… Yo te entregaré en el altar. —la escuchó decir con tanto cariño que algo en él volvió a romperse. Porque de niño, hizo todo lo posible por hacerlo sentir orgulloso.
Pero, incluso a pesar de que llenó su despacho con todos los trofeos y las copas que ganó desde karting hasta F2, no fue suficiente.
—Ma… lo intenté. Te juro que lo intenté. —confesó por fin, su voz quebrándosele irremediablemente mientras evitaba su mirada y trataba de contener algo demasiado grande que justo el día más feliz de su vida parecía imposible poder guardar.
—Intenté ser lo que él quería… Intenté arreglarlo. Cambiarlo. Ignorarlo. —soltó, negando con la cabeza. —Pensé que… si ganaba lo suficiente, si lo hacía todo bien… en algún momento iba a verme y decir que estaba orgulloso.
La Valecrest sintió que su corazón se rompía un poco más con cada palabra porque lo había visto desde el principio.
Había visto cómo su hijo aprendía a hacerse pequeño para caber dentro de las expectativas imposibles de Thomas, quien olvidaba que alguna vez, también había sido joven y había cometido errores.
—Cariño… —respondió, esta vez tomándolo de las mejillas. Quiso contarle de todas las interminables discusiones. De la brecha que se había abierto en su matrimonio. De la última conversación que había tenido con su esposo antes de hacer la maleta y tomar el primer vuelo a Italia para estar ahí, acompañando a su único hijo.
Sin embargo, sabía que no serviría de nada.
—Pero no fue suficiente. —anunció Miles, encogiéndose de hombros y limpiándose el rostro rápidamente—. Y ahora… ni siquiera está aquí.
El silencio cayó dolorosamente sobre la habitación, hasta que su manager llamó a la puerta para avisar que era hora.
Miles se tensó de inmediato, pero Irene lo tomó de las mejillas y sonrió como cuando Thomas se negó a inscribirlo en el equipo local de Karting y ella llegó un par de horas más tardes con la documentación necesaria bajo el brazo.
Terminó de vestirlo y cuando estuvo listo, lo llevó hasta la entrada del jardín principal, en donde los invitados ya estaban sentados y Adrien Renaudd esperaba en el altar, por él.
Los músicos tocaban el Canon en D Mayor de Pachelbel a lo lejos, tan suave, elegante y demasiado real.
Tan real, que Miles sintió su corazón latirle en la garganta mientras su madre terminaba de acomodar la caída de su saco y alisaba sus mangas con cuidado.
—Mírate… —murmuró, sus ojos brillando por las lágrimas—. Alguien va a dejar de respirar cuando te vea.
Fue ahí que soltó una risa nerviosa que no logró sostener porque seguía faltando algo.
Alguien.
Pero eso no le impidió tomarlo del brazo con suavidad, preparándose para caminar con él.
—¿Estás listo? —le preguntó con toda la ternura del mundo.
Entonces el piloto respiró hondo y mintió.
—Sí.
Fue cuando apareció.
Thomas Lockridge jamás había sido un hombre pequeño. Ni en presencia, ni en voz, ni en la forma en que llenaba cualquier lugar en el que entraba.
Pero esa tarde… parecía simplemente un padre. Uno bastante cansado y humano.
Miles se quedó inmóvil.
Su padre todavía respiraba agitado porque había llegado ahí apenas a tiempo.
No parecía un duque, porque, aunque estaba impecablemente vestido, llevaba el nudo de la corbata ligeramente flojo y algunos mechones oscuros escapaban de su lugar habitual.
Los ojos de Thomas encontraron los suyos inmediatamente y algo en su expresión terminó de romperlo, consciente de que jamás lo había visto tan vulnerable y arrepentido como en ese momento.
Porque nunca había pensado que lo mirara con amor. Irene lo soltó lentamente para darles espacio.
—Creí… —su voz falló apenas—. Creí que podría soportarlo.
Miles apretó con más fuerza el ramo en sus manos, tratando de anclarse. Le parecía como si hubiera pasado toda la noche luchando consigo mismo para llegar hasta ahí.
—¿Soportar qué?
—Perderme esto. —negó con la cabeza, como si la respuesta fuese obvia, dando un paso vacilante hacia él.
La música seguía sonando, esperando la señal para comenzar con la marcha nupcial.
—Pasé demasiado tiempo intentando decidir qué tipo de hombre debías ser… Que olvidé lo más importante. —admitió con dificultad.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, justo como no había querido.
—Que eras mi hijo, antes que mi heredero.
Y eso lo destruyó.
—No voy a fingir que lo entendí de inmediato, porque no lo hice. Pero mientras estaba sentado solo esta mañana, supe que quería intentarlo, si aún me dejabas. —hizo una pausa, escogiendo con sumo cuidado las palabras.
—No tienes que convertirte en alguien más para que te ame—. Y por primera vez en años, Lord Lockridge cruzó la distancia entre ellos para abrazarlo con fuerza, como alguien que estuvo a punto de perder lo más importante de su vida.
Y Miles… se aferró a él como un niño que llevaba demasiado tiempo esperando eso.
—Lo siento mucho, hijo. —murmuró Thomas contra su cabello—. Debí llegar antes.
Pero él negó entre lágrimas, porque al final, lo había hecho.
Solo después de un largo momento, Thomas se apartó para poder mirarlo bien.
Sonrió, pequeño y tembloroso, pero real.
—¿Aún puedo acompañarte al altar?—.
Miles se secó el rostro, asintiendo radiante.
Así que antes de extenderle el brazo, el mayor se quitó su esclava de plata y la abrochó en la muñeca de su hijo.
—Algo prestado—.
La risa que escapó de Miles sonó rota y pequeña pero real.
Su madre también sonreía entre lágrimas.
—Bueno… Creo que ya es hora. —añadió, dando la señal a los músicos para cambiar la pieza musical.
Por primera vez, Miles no caminaría hacia Adrien sintiéndose insuficiente, pero sí sabiéndose amado.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
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