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> Lockridge Racing HQ, Gales.
> Cinco años atrás.
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El mundo se sacudió cuando una foto de su compañero de equipo se filtró en línea, besándose con el joven promesa de Ferrari, apenas dos años mayor que él.
Y Miles, quien nunca había perdido la oportunidad de expresar lo mucho que le admiraba, tuvo que cerrar sus redes sociales y someterse a estrictas revisiones del departamento de marketing y comunicaciones de la escudería por órdenes del dueño, quien lo mandó llamar a primera hora de la mañana.
“Miles. Siéntate.”
Al principio creyó que lo interrogaría largo y tendido para obligarlo a confesar como cuando obtenía malas notas en el internado. Sin embargo, no ocurrió.
“Están preparando lo que dirás en las siguientes entrevistas. Ricciardo vendrá a cenar esta noche para que puedas conocerlo. La temporada que viene será el segundo asiento.”
El corazón se le encogió en el pecho, un millón de protestas atoradas en su garganta mientras lo veía terminar su taza de té y luchaba por no derramar ni una sola lágrima.
“Ponte el uniforme. Salimos en 15.”
No conversaron durante camino y en su mente repasó una y otra vez la escena en la casa veraniega del español, sus nudillos blancos de lo fuerte que apretaba la agenda que debía seguir al pie de la letra durante lo que restaba del mes.
Al llegar a las instalaciones de Lockridge Racing, sus movimientos pasaron a ser mecánicos, especialmente cuando comenzó a cruzar el pasillo largo y frío hasta la oficina principal, colegas y desconocidos mirándolo con un renovado interés mientras murmuraban por lo bajo.
—Espera aquí. —le indicó Lord Lockridge, una vez que llegaron y descubrieron que Sainz ya aguardaba frente al escritorio, detrás de los paneles de cristal.
Miles se apoyó contra la pared, queriendo desaparecer porque no quería estar ahí pero definitivamente no podía irse.
Pensó en abogar por su amigo.
Quiso decir que no lo sabía.
Que siempre había sido profesional.
Pero no lo hizo.
Cuando su padre entró y lo saludó, lo notó tan rígido y tenso que una sensación de malestar lo invadió por completo, especialmente al no poder escuchar correctamente todo lo que sucedía.
Llegaban fragmentos.
Y cada uno era peor que el anterior.
—No es personal. —decía Thomas.
—No. Nunca lo es. —Carlos.
Los silencios eran largos y lo obligaban a tragar saliva dolorosamente, porque hasta ese momento no se había percatado de lo difícil que le resultaba respirar.
—La atención mediática no ayuda. Mi hijo necesita concentración.
—Su hijo necesita libertad—.
Un sudor frío y desagradable bajaba por su cuello cuando la mirada de Carlos encontró la suya, sonriéndole apenas con tristeza.
Lord Thomas no respondió, simplemente deslizó una carpeta sobre el escritorio.
Sin violencia ni desagrado.
Y eso lo hizo peor.
—El contrato termina aquí—.
Lo vio asentir.
Ni siquiera discutió ni suplicó.
—Dígale que fue un honor—.
Su padre se giró apenas, obligándolo a bajar la mirada hacia las pulcras baldosas.
—No quiero verlo cerca suyo. Por favor—.
Carlos firmó y tomó la carpeta en sus manos antes de salir de ahí con demasiada rapidez como si las puertas principales fueran la línea de meta.
Incluso pasó a su lado sin siquiera mirarlo, y Miles sintió que lo merecía por cobarde. Además, ¿qué podría decirle en un momento así? No podía delatarse frente a su padre.
Entonces se detuvo y se giró para verlo por última vez, apretándose las manos con los ojos ensombrecidos por el miedo.
No tendrían más charlas nocturnas, no recibiría más consejos. No volverían a compartir bromas ni risas. No volverían a salir de fiesta juntos y tampoco al golf.
Su amistad terminaba ahí.
Y Miles no sabía qué hacer.
Sainz parecía a punto de dar un paso hacia él pero la puerta de la oficina seguía abierta y eligió protegerlo.
—Está bien no estar listo. —lo escuchó murmurar.
—Esto… No debería estar pasando. —logró responder con trabajo, negando con la cabeza.
—No, Miles. Lo que no debería pasar es que te hagan creer que sentir así es un problema—.
El temblor llegó después.
—Yo me voy caminando siendo quien soy. —se despidió, sin bajar la cabeza—. Cuídate.
No lo siguió porque no podía, así que solo lo vio desaparecer por las escaleras que guiaban al lobby, hasta que se encontró solo y agitado.
Las cosas que hacía a escondidas comenzaron a pesarle, mirando la oficina de su padre.
Si se rompía ahí, se delataba.
Lord Lockridge apareció a su lado y lo sujetó del hombro, obligándolo a esconder quién era en realidad.
—Vamos, quiero dar el anuncio ahora. Pero Miles, recuerda que es tu última temporada. Eso fue lo que acordamos. Además, ya tienes la edad suficiente para empezar en el despacho. —anunció sin más, antes de liderar la marcha.
—Sí, señor. —mintió, un rayo de rebeldía de pronto atravesándole el pecho porque sus sueños no estaban detrás de un escritorio.
Su celular timbró, anunciando un mensaje de texto entrante que no se permitió responder al momento de leer quién era el remitente.
“¡Adrien, tengo el asiento!”
“¡Pecas, tienes que venir a verme correr!”
“Pecas. Estoy asustado.”
“Adrien. Me siento solo.”
“Pecas. No puedo distraerme ahora.”
“Adrien… Perdóname.”
El equipo lo recibió con aplausos y vítores pero sus pensamientos estaban en otro lado.
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Narrativa ; 815 palabras
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6 gatos 🐈⬛