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> El inicio de la temporada social
> Athermere Manor, Mayfair
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Miles había vivido en Athermere Park desde los dieciocho años. Su padre lo envió a la finca ancestral para comenzar su formación como futuro Conde y durante siete años, había aprendido sobre administración, manejo de las tierras, economía familiar, relación con arrendatarios y trabajadores y otras responsabilidades propias de su título.
Incluso participó activamente en la crianza y entrenamiento de los caballos para las carreras y la supervisión de los establos.
Siete años después, estaba seguro de saber justo lo necesario para poder heredar. Sin embargo, parecía que lo más importante para sus padres era elegir una esposa apropiada que aportara el toque femenino y asegurara la descendencia del linaje.
La carta de su madre llegó unos días antes del comienzo de la temporada social en Mayfair y no le permitió ninguna negativa.
Así que, para ese momento, los vestigios del invierno en Londres habían desaparecido por completo, el calor haciéndolo sudar debajo del chaleco y el muy elegante abrigo que Graham había elegido para hacer una entrada digna de rey.
Porque podía tener veintiséis y ser un adulto, pero aún así, Lord Thomas Lockridge no le permitiría andar por ahí sin un tutor, acompañante y supervisor que le acompañara en los eventos, controlara compromisos y horarios y por supuesto, le ayudara con la correspondencia y los asuntos sociales, impidiéndole cometer alguna est*pidez monumental.
Las calles parecían ser, en esencia, las mismas. Sin embargo, todo se sentía nuevo después de tantos años de ausencia.
Los elegantes jardines estaban en flor y los carruajes iban y venían por las calles, sombreros de copa, vestidos y damas abanicándose por doquier mientras los caballeros entablaban conversaciones extremadamente correctas con la intención de cortejarlas.
Su gesto le dijo todo a su acompañante.
—Es extremadamente descortés para un Conde fruncir el ceño de esa manera. —le advirtió, cambiando la página de su libro sin inmutarse siquiera.
—Lo que es extremadamente descortés es tener a una docena de madres desesperadas, intentando emparejarme con sus hijas. —se quejó amargamente.
Simplemente no estaba listo para ello.
—Miles. El matrimonio no es el fin del mundo. De hecho, es todo lo contrario—.
La risa que escapó de sus labios pareció ofender al Langford, pero, a pesar de la dura mirada que le dirigió, Miles no podía creerle.
—Dudo mucho que se compare con la velocidad al cabalgar y el viento en el rostro. Eso sí que es vida. —soltó, poniendo los ojos en blanco y recordando el ultimátum de sus padres al respecto.
No matrimonio, no más carreras.
Y si eso pasaba, moriría de tristeza.
La vista de los árboles de Glicina del otro lado de la ventana le hicieron saber que habían llegado al hogar de su infancia, los recuerdos invadiéndolo de pronto de una manera inesperada e inconveniente.
Había crecido ahí con el constante zumbido de las abejas en los jardines, el olor a té en sus fosas nasales y los dedos manchados de betún y merengue que servían en bandejas de plata para los invitados.
Irene le enseñó a bailar en salón principal y Thomas a tocar el piano por las noches, antes de ir a dormir.
La servidumbre aguardaba por él para saludarlo y encargarse de su equipaje mientras él comenzaba a sentir que la cabina era demasiado pequeña y asfixiante.
—Miles. Los Renaudd también regresaron hace unos días.
Un dato, en apariencia inofensiva.
Pero definitivamente relevante.
El silencio que le siguió fue algo incómodo.
Simplemente no sabía qué decir.
—¿Los Renaudd?
—Sí. Lord y Lady Renaudd llegaron antes de que terminara la semana.
Sus ojos hormiguearon al recordar la arena que alguna vez el hijo mayor de los vecinos le había arrojado cuando la familia lo invitó a Bath.
—Ah. ¿Y Adrien? —preguntó como quien no quiere la cosa.
—Adrien es ahora el nuevo Lord Renaudd.
—Oh… No tenía idea.
El rubio se había marchado un lunes sin despedirse para enlistarse y Miles simplemente no había vuelto a preguntar por él.
Tampoco supo de la muerte de Luc.
Graham comenzó a decir algo más, pero su mente ya no registró el resto de palabras.
Simplemente bajó del carruaje y no volvió la vista.
Porque, después de todo, el niño de las pecas ya no era su amigo.
Ni su problema.
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Narrativa ; 703 palabras
150 glicinas 🪻