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> El Club, a las afueras de Avernyth.
> Durante la primer vida de Miles.
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Una semana después, Miles volvió al Club para encontrar al vampiro sentado cómodamente en una de las terrazas.
Tenía una copa entre los dedos y una expresión ligeramente más relajada que la primera vez.
—Pensé que no volverías. —lo escuchó saludar mientras se acercaba.
—Pensé que usted tampoco. —respondió con una sonrisa coqueta.
—Yo nunca hago promesas. —le soltó, esa vez mirándolo con atención.
La noche era demasiado calurosa y el caballero permanecía inalterable a diferencia de él, que sudaba y jadeaba.
—Ven. Siéntate. —le pidió, señalando la silla a su lado.
Solo entonces pudo tomar asiento, el desconocido dejando la bebida frente a él.
—Esta es diferente. —observó, antes de llevársela a los labios para darle un trago.
—Clover Club. —le sonrió, mientras estudiaba sus gestos al intentar descifrar los ingredientes—. Sofisticado y refrescante ¿no?
Durante un rato hablaron de cualquier cosa.
Política, comercio, escándalos y los absurdos hábitos de la nobleza.
Lockridge sabía más de lo que aparentaba y eso le llamó la atención.
—¿A qué dijiste que te dedicabas? —le preguntó como si se tratase del clima, llevándolo a vaciar el resto del cóctel.
—Soy parte de la servidumbre de una casa importante. —confesó, manteniendo la discreción.
—Interesante. —la pausa que le siguió no fue incómoda, pero la siguiente pregunta lo hizo ruborizar—. ¿Todos los sirvientes de la casa visten tan bien como tú?
—Mamá es modista. Algunos clientes simplemente nunca vuelven. Yo solo… modificó algunas cosas.
—Hmm… ya veo. Vaya cajita de sorpresas que eres, Miles—.
Fue cuando, sin darse cuenta, terminó suspirando.
Entonces el vampiro inclinó suavemente su cabeza.
—Ese sonido significa problema.
—No es un problema. —se defendió, mordiéndose el labio sin querer.
—Ah. Entonces es una persona.
La carcajada que escapó de sus labios fue ligeramente forzada, sus ojos cayendo en la copa vacía.
—¿Es… tan obvio?
—Dolorosamente.
—No es nada serio.
—Por supuesto que no.
La respuesta estaba impregnada de tanta ironía que lo hizo sonreír a pesar de todo.
—Es… mi señor. No sé. Ojalá pudiera verlo.
—Ah.
—Sí. Como dije, nada interesante.
—La noche es joven.
—Es que… es insufrible.
—Claro.
—Terco.
—Me lo suponía, sí.
—Controlador.
—Como todo vampiro.
—Tiene opiniones sobre todo.
—Suena bastante a noble. Sí.
—Y cree que siempre tiene razón.
—¿Y la tiene?
Miles nunca se había detenido a pensarlo hasta ese preciso momento, en el que titubeó. La pelea de esa tarde había sido particularmente fuerte y complemente innecesaria.
—A veces. Para él todo está mal.
—Ya veo el problema.
—Sí. Él es el problema.
—No. En realidad no estás hablando de alguien que te desagrada.
El balde de agua helada cayó sobre él con tanta brutalidad que por primera vez, se encontró sin un comentario afilado para decir.
Ya ni siquiera molestaba a Adrien Renaudd porque de verdad fuese insufrible, a excepción de cuando no le pedía las cosas de manera educada.
No se percató de que el mayor había traído una copa más hasta que volvió a empujarla hacia él, llevándola a vaciarla con más rapidez de la que pretendía con la intención de refrescar su garganta, de pronto seca.
Simplemente nunca se había permitido formular ciertas preguntas en voz alta.
—¿Cómo sabes cuándo un vampiro siente algo por alguien? —soltó, aparentando una calma que no sentía.
El inmortal se le quedó mirando, como sopesando las siguientes palabras.
—¿Quieres la respuesta romántica o la verdadera?
—La verdadera.
—Empieza a prestarte atención—.
Negó con la cabeza.
—No puede ser así de simple. —murmuró, jugando con el borde del cristal.
Todo el tiempo lo corregía.
Todo el tiempo notaba algo mal.
Incluso en él y su uniforme.
Un botón, una arruga. Cualquier cosa.
—Estás nervioso.
—No estoy nervioso.
—Mientes. Tu corazón está acelerado.
Porque hasta ese momento, Miles había creído conocer a los vampiros, pero estaba claro que le faltaba demasiado.
—Miles. ¿Qué es lo primero que notas cuando entras en una habitación? —la pregunta podía parecer encontró apariencia inocente, pero aún así se encontró mirándolo como si no lo hubiera escuchado.
—¿Qué?
—Responde.
—No lo sé.
—Sigues mintiendo.
—No. ¡No! —buscó defender lo indefendible.
—Los humanos piensan que miran lo más evidente. Pero, en realidad, siempre buscan primero aquello que les importa.
La rapidez con la que el vampiro cambiaba sus copas vacías por unas nuevas era verdaderamente sorprendente.
Desconocía la cantidad de Clover Clubs que llevaba, pero tampoco importaba mucho porque su cabeza se había quedado estancada, repitiendo la pelea en una especie de bucle.
Al menos hasta que lo vio de pie frente a él, extendiendo su mano.
—Qué desastre... Ven, bailemos. —lo invitó—. No tienes que procesar todo ahora mismo.
Miles levantó la vista todavía desconcertado, como intentando ordenar los pensamientos que aquella conversación había dejado en su cabeza.
El vampiro sostuvo su mirada unos segundos.
Entonces sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña. Cansada.
Como la de alguien que llevaba demasiado tiempo viendo repetirse la misma historia.
Así que Lockridge tomó su mano y se dejó guiar, agradecido por la distracción que le ofrecía.
Se despidieron cuando el sol despuntaba, de nuevo sin ninguna promesa. Pero esa vez, Miles se llevó consigo su nombre.
Arthur Beaumont.
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Narrativa ; 855 palabras
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6 gatos 🐈⬛