🏎️
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ ⠀⠀⠀⠀
> Durante la mitad de Temporada.
> A dos años del contrato de Adrien.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
A esa hora el paddock estaba casi vacío.
Los únicos que se encontraban ahí eran los mecánicos rezagados, los técnicos que revisaban datos y alguno que otro piloto intentando mantenerse lejos del caos mediático que comenzaba a formarse afuera de los hospitalities.
Miles Lockridge avanzaba por el pasillo con el celular en la mano, revisando distraídamente la pantalla mientras caminaba con los audífonos puestos.
En realidad no leía nada pero necesitaba ocupar la mente en algo. La clasificación era al día siguiente pero no era esa la razón por la que volvía al garage de su escudería; simplemente había olvidado su reloj en los vestidores.
La luz blanca y fría lo recibió, así como también el olor a caucho y metal caliente.
Se escabulló en silencio y buscó entre los uniformes y monos hasta que encontró lo que buscaba. Al salir de ahí, mientras ajustaba el Richard Mille en su muñeca, uno de sus AirPods resbaló de su oreja, atrapándolo en el aire.
Fue cuando escuchó voces.
Detuvo su andar en seco cuando reconoció una de inmediato.
Era su padre.
El sonido venía de la pequeña oficina técnica, cuya puerta estaba entreabierta.
Se quedó muy quieto, de pronto sintiendo que el corazón se le aceleraba en el pecho. Sabía que no debía escuchar conversaciones privadas pero no pudo evitarlo. Incluso se asomó por la pequeña rendija sabiendo que la presencia de Lord Lockridge significaba que la escudería estaba en problemas.
Adentro, Thomas estaba de pie junto a la mesa central, donde varios planos técnicos se encontraban extendidos y frente a él, uno de los ingenieros senior del equipo.
—Solo uno de los autos necesita el ajuste. —dijo su padre con voz tranquila y clínica.
El ingeniero dudó y eso le hizo sentir un nudo en el estómago.
—Eso es… delicado. —el hombre no levantó la voz, pero sí que lo miró con cierta incomodidad lo que le hizo pensar que no se trataba de un mero ajuste de último minuto.
—Ganar no lo es—.
El silencio que le siguió fue corto y pesado.
La temporada iba bien. Adrien y él iban casi empatados en puntaje y desde el inicio, compartían el podio aunque a veces cambiaran de lugar por lo que no entendía.
—Mi hijo se distrae cuando corre con ciertas personas —continuó finalmente—. Esto lo hará enfocarse de nuevo.
Entonces, Miles sintió que el aire se le escapaba del pecho. Eso era sabotaje.
El ingeniero no podía negarse sin arriesgarse a perderlo todo y su padre lo sabía. Lo vio cerrar la carpeta con calma.
Con ese brillo de victoria en los ojos.
—Que parezca un error técnico. Nada más.
El rayo se separó lentamente, su respiración demasiado rápida como si hubiese estado en pista y apenas saliera del monoplaza.
Pero no se retiró. Solo esperó.
Tampoco pensó. Solo actuó.
Una vez que todo se quedó en relativo silencio y le indicó que el dueño se había marchado, se acercó a los boxes en donde recargó su cuerpo contra el auto número 81.
Las herramientas estaban perfectamente ordenadas a un lado, indicando que estaban a punto de empezar a trabajar en él.
El ingeniero entró segundos después, sorprendido de verlo allí, esperándolo.
—Miles… no sabía que… —comenzó a decir. Pero no tenían que hablar por compromiso.
—Los dos autos van iguales. —ordenó, obligándose a mostrarse seguro como hacía frente a las cámaras y odiándose por la altivez en su tono.
—Eso no es lo que… —el ingeniero frunció el ceño, confundido. Sin embargo no era eso lo que necesitaba de él, por lo que dio un paso al frente.
No tenía que gritar ni levantar la voz.
—Soy el piloto —dijo con calma—. Y soy el hijo del dueño. Si Renaudd corre con algo distinto… Yo también.
Le pareció que solo así entendía lo que implicaba. Incluso lo escuchó tragar saliva.
—Esto puede costarnos el fin de semana—.
Y tenía razón, pero aún así le sostuvo la mirada. No había podido hacer nada por Carlos, pero no dejaría que se repitiera la misma historia. No dejaría que su padre rescindiera el contrato de Pecas.
—Lo sé—. Demasiado valiente y consciente de lo que significaba para su puntaje en cuanto al campeonato.
“No me lo vas a quitar”, le gritó a Lord Lockridge, con frustración y desesperación, al menos en su mente.
El silencio se estiró unos segundos antes de que el hombre finalmente asintiera y comenzara a trabajar bajo su atenta mirada, hasta pasada la media noche.
Cuando Miles regresó a su habitación de hotel, se sentó en la orilla de la cama, completamente a oscuras, sus ojos llenos de lágrimas.
“No me lo vas a quitar”, se repitió, después de unos minutos.
La luz de la pantalla de su celular iluminó su rostro cuando tomó la decisión. Sus mejillas seguían húmedas.
Frente a él tenía un formulario abierto, dirigido a la FIA.
Escribió y borró.
Luego volvió a escribir.
Respiró profundamente.
Presionó el botón de enviar.
No sonrió. No tenía por qué.
Aún no había ganado nada.
La clasificación llegó, perdiendo la Pole.
Después, el Parc Fermé.
El día de la carrera los tiempos y gaps levantaron las alarmas, confirmando el reporte anónimo. El paddock se llenó de rumores inmediatamente después.
Los comisarios caminaban con prisa, los radios crepitaban con mensajes entrecortados. Los Ingenieros consultaban sus tablets evitando mirarse demasiado entre sí.
La notificación oficial llegó un par de horas más tarde, ambos autos quedando descalificados.
El caos fue inmediato, pero contenido.
Cuando su padre entró al garage, lo hizo con una furia perfectamente controlada, sus ojos encontrando los suyos al otro lado.
Se miraron sin decir nada.
Y Lord Lockridge no tenía pruebas.
Pero lo supo.
Especialmente cuando Adrien Renaudd entró y se colocó a su lado, visiblemente confundido y frustrado, aunque en calma.
Miles no confrontó a su padre abiertamente.
Solo le sostuvo la mirada, mientras le pasaba el brazo a Pecas sobre los hombros.
“No me lo vas a quitar”, anunció, atrayéndolo más hacia él, en un movimiento más protector que fraternal.
Comenzó a caminar llevándolo consigo.
Pasaron justo a su lado, lo suficientemente cerca como para alcanzar a rozar su brazo.
El piloto número uno giró ligeramente la cabeza. No había miedo en su expresión.
Solo un desafío tranquilo.
Una mirada que decía todo, sin palabras:
“No. No me lo vas a quitar. No así. No más.”
Apretó un poco más el agarre sobre su hombro y luego siguieron su camino.
Detrás de ellos, su padre fue incapaz de intervenir sin exponerse. ⠀⠀⠀⠀
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
⠀⠀⠀⠀⠀⠀
⠀⠀⠀
❛⠀⠀⠀⠀
⠀⠀⠀
Narrativa ; 1024 palabras