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> Circuito de Silverstone, Gales.
> Treinta años antes.
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Thomas nunca había visto una carrera de F1 en persona.
Había visto fotografías y quizá alguna carrera en televisión, pero al menos para su familia, el automovilismo no era algo que se considerara digno de atención. Era ruido, espectáculo, gente gritando y demasiada exposición pública.
Así que el estar en Silverstone en ese momento, junto a su padre, era meramente una cuestión de negocios. Según la agenda, gozarían de una recepción privada en donde tendrían una reunión con algunos miembros del consejo del circuito y clientes potenciales cuyos nombres probablemente olvidaría apenas salir.
El Paddock olía a gasolina, césped húmedo y café. Para cuando revisó su reloj, llevaba casi dos horas de pie junto a su padre, perfectamente vestido y muy sonriente mientras intentaba convencerse de que prefería estar ahí que en las gradas bajo el sol.
Sin embargo, la verdad era un poco más complicada.
Acababa de cumplir dieciocho años y, aunque todavía no podía decidir qué hacer con su vida, aparentemente sí tenía la edad suficiente para estrechar manos y escuchar conversaciones sobre inversiones.
Entonces, llegó el sonido.
Las “prácticas libres” habían comenzado y Thomas pudo escuchar los monoplazas antes de verlos.
El rugido de los motores era profundo, violento y atravesó el aire nada más para meterse directamente en su pecho, sus ojos desviándose de los rostros mayores para buscar el origen de aquel estruendo detrás de los cristales.
Los invitados comenzaron a ordenar bebidas y cocteles a la par que un grupo de chicas más cercanas a su edad que a la de Lord Lockridge entraban en la sala y tomaban asiento al lado de los hombres, haciéndolo sentir que algo se tensaba dentro de él al recordar las lágrimas de mamá.
Su padre le dedicó una única mirada que parecía ser más bien una amenaza.
“Ni una palabra.”
Pero él prefería no ser parte de aquello, tardando menos de tres segundos en ponerse de pie.
—Voy al baño. —anunció a nadie en particular para que no lo siguieran los agentes de seguridad.
—No tardes. —respondió su padre al final.
Pero, aunque asintió, Thomas no fue al baño.
Comenzó a caminar en dirección contraria, abriendo puertas y bajando escaleras con la misma rapidez de los latidos que retumbaban en su pecho.
Cuando acordó, se encontraba en una zona lateral del circuito que estaba parcialmente vacía desde donde podía verse una parte de la pista sin tener que soportar a nadie hablando de dinero.
El Lockridge se apoyó contra una barrera metálica y por primera vez en la mañana, respiró profundamente.
Fue cuando el primer coche pasó justo frente a él, a una velocidad tan impresionante que sus labios se curvaron en una sonrisa.
Una sonrisa muy real.
Pequeña.
Casi infantil.
—¿Te vas a quedar ahí parado todo el día?
Thomas giró la cabeza, para encontrar a una chica al otro lado de la barrera.
No la había visto llegar y se preguntó si llevaba mucho tiempo ahí, observándolo. Llevaba un pase VIP colgado del cuello y una pequeña cámara en las manos.
El cabello rubio le caía sobre los hombros y tenía la expresión de alguien que acababa de encontrar algo que le parecía sumamente divertido.
Él solo la miró desconcertado, porque no estaba acostumbrado a que le hablaran así.
—¿Perdón?
Ella señaló la pista.
—Llevas diez minutos mirando sin pestañear.
Thomas miró el cronómetro de su reloj.
—No son diez minutos. —observó.
—Ah, eres terrible contando el tiempo.
Él arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Y tú llevas diez minutos observándome?
—No.
Ella simplemente volvió a mirar la pista, con una sonrisa orgullosa.
—Solo cinco.
A Thomas se le escapó una risa.
Ni siquiera había querido hacerlo.
Simplemente ocurrió.
Y por alguna razón, eso pareció sorprenderla más que cualquier otra cosa.
—¡Oh, sabes reír! —exclamó, llevándolo a fruncir el ceño.
—Esa es una acusación extraña.
—Es que tienes cara de no hacerlo mucho.
Thomas volvió a mirar la pista, soltando aquello que le pesaba sobre los hombros.
—Tal vez no tengo muchas razones para hacerlo.
Ella suspiró.
—Eso es triste.
Un coche pasó y los dos lo siguieron con la mirada, quedándose en silencio durante unos segundos.
Uno que no le pareció para nada incómodo.
—¿Sabes mucho de carreras? —preguntó.
Ella pareció meditar antes de responder.
—Algo sé. Sí.
Thomas miró la cámara.
—¿Eres reportera?
Ella soltó una carcajada.
—Hmmm no. ¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Tan… serio.
Lockridge estuvo a punto de responder que sí, pero no lo hizo.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
Cuando volvió a mirar la pista, él la observó durante un instante porque había algo extraño con ella.
No parecía impresionada por el lugar.
Ni por los coches.
Ni por él.
Y eso era nuevo.
La mayoría de las personas que conocía sabían exactamente quién era antes de que él dijera una palabra.
Y ella no parecía saberlo.
O quizá simplemente no le importaba.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
Los gritos de las gradas llegaban amortiguados pero la electricidad zumbaba por todas partes como si fuese una enfermedad de la que comenzaba a contagiarse de a poco.
Un monoplaza de un brillante color naranja pasó justo cuando ella lo capturaba con la cámara, la ráfaga de viento que dejaba, despeinándola de una forma que le pareció verdaderamente cinematográfica.
Como todo lo que estaba presenciando en tiempo real.
La chica bajó la cámara.
—¿Por qué?
Thomas se encogió de hombros, como si fuera algo demasiado obvio.
—Pues… para saberlo. ¿No puedo preguntarlo?
Ella se giró hacia él, ajustando el lente antes de capturarlo.
—Sí. Puedes.
Debió pedirle que eliminara la fotografía, pero no lo hizo.
Tal vez porque no pudo.
O tal vez, porque no quiso.
Ella extendió la mano.
—Irene.
El joven Lord no estrechó su mano.
Solo se inclinó ligeramente y dejó un beso en el dorso.
—Thomas.
Irene pareció esperar algo más, sus mejillas un tanto ruborizadas, seguramente por el calor que ya comenzaba a sentirse.
—¿Solo Thomas?
—Solo Thomas.
Ella sonrió.
—Está bien, solo Thomas.
Él volvió a reír y esa vez no intentó esconderlo, al menos hasta que uno de los guardaespaldas apareció a unos metros de distancia.
—¡Lord Thomas!
Irene giró la cabeza y él maldijo absolutamente todo.
Sin embargo, la vio regresando a él, no sorprendida ni impresionada.
Solo divertida.
—Ah.
—Sí.
—Lord Thomas.
—Yo… Preferiría si no.
—Me hace sentido.
—De verdad.
—Sí. Te creo.
Los monoplazas seguían pasando, algo nuevo y peligroso vibrando en su cuerpo.
Algo a lo que, sin saberlo, comenzó a aferrarse.
—Tengo que volver.
—Está bien, solo Thomas. —la escuchó despedirse, el mismo auto naranja cruzando como rayo a sus espaldas.
Entonces dio un paso, pero frenó en seco, volviendo la cabeza.
—¿Vas a estar aquí mañana?
Irene pareció pensarlo.
—Probablemente. Y el Domingo también.
—Bien.
—¿Por qué?
Thomas tardó un segundo en responder.
—Porque es mi primera vez aquí y todavía no he decidido si me gustan las carreras.
Irene sonrió.
—Bienvenido a su clase de Fórmula 1 para Dummies.
Thomas negó, divertido antes de dar media vuelta y comenzó a seguir al hombre vestido de negro.
—¡Oye, Lord Thomas!
Se detuvo.
—¿Sí?
—Mañana llega al Hospitality de McLaren. Conozco un mejor lugar para ver la Clasificación.
Thomas la miró por encima del hombro, sus ojos brillando con algo no sabía nombrar.
—¿Qué es McLaren? —preguntó, sintiendo que el piso bajo sus zapatos se movía.
Irene solamente sonrió.
—¡Busca el edificio de color naranja!
Hasta aquel día, Thomas Lockridge no sabía absolutamente nada de automovilismo.
No sabía qué era McLaren ni quiénes eran sus pilotos. No sabía qué significaban las banderas, las estrategias, los neumáticos ni por qué miles de personas estaban dispuestas a pasar horas debajo el sol para ver unos coches dar vueltas a un circuito.
Pero estaba seguro de que quería volver.
…
Al día siguiente, apenas cruzó el Paddock, sus pies caminaron casi por voluntad propia.
Ignoró las conversaciones, las cámaras, incluso a su padre cuando este lo llamó desde el otro extremo del pasillo, sus ojos buscando con desesperación un edificio naranja.
Y cuando finalmente lo encontró, sintió exactamente lo mismo que había sentido la primera vez que un monoplaza pasó frente a él.
El corazón latiéndole con fuerza contra el pecho y una sonrisa apareciendo mucho antes de poder detenerla.
Irene Valecrest lo esperaba con una cámara entre las manos.
Y aunque Thomas no lo sabía, acababa de encontrar dos cosas que pasarían el resto de su vida intentando quedarse con él.
La velocidad.
Y ella.⠀⠀⠀
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Narrativa ; 1412 palabras
300 semillas 🫘