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> El Club, a las afueras de Avernyth.
> Durante la primer vida de Miles.
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Para cuando llegó la quinta y última fiesta de la temporada, Miles no lo buscó en el balcón, la terraza ni el jardín, convencido de que Arthur aparecería.
Y así fue.
Aunque antes de verlo, pudo escucharlo al pasar por la puerta del salón de música.
Entonces abrió la puerta para revelarlo sentado frente al gran piano, tocando una melodía que si bien no era una pieza virtuosa, se sentía bastante personal, tan desgarradoramente hermosa y melancólica.
Las velas apenas iluminaban su rostro y por primera vez, le pareció que se trataba de alguien completamente ajeno al Club.
Sus pasos no eran tan ligeros como los de un vampiro, pero aún así se acercó con tanto cuidado para no interrumpirlo y dejarlo terminar su concierto.
Así que solo lo miró cuando la última nota se extinguió, sonriendo con el humor renovado.
—Pensé que tardarías un poco más en llegar. —comentó, ante su mirada sorprendida.
—No sabía que tocaba. —respondió a modo de saludo mientras el vampiro descansaba las manos sobre las teclas.
—Hay muchas cosas que todavía no sabes de mí, Miles. —soltó, haciendo una pequeña pausa para escoger sus siguientes palabras—. Y seguirá siendo así.
Lockridge sintió que el corazón se le apretaba en el pecho con aquellas palabras, pero fingió que no. Incluso se acercó al piano y paseó las yemas de sus dedos sobre la muy percudida madera.
—Toca muy bien. —soltó, como para tantear el terreno, antes de verlo ponerse de pie y ofrecerle un brazo.
—¿Qué dices? Estoy demasiado oxidado. —confesó, dejando salir una carcajada para restarle importancia.
Y como la noche era joven, Miles intentó no darle demasiadas vueltas a nada, nada más dejándose guiar hasta los jardines en donde comenzaron a caminar sin prisa, bajo los rayos de la luna.
Hablaron de cosas absurdas, como los árboles y las flores que les rodeaban y también sobre viajes y los lugares más bonitos de Nochtyr que Beaumont le hizo jurar visitar al menos una vez antes de que el año terminara.
Volvieron a la mansión y bailaron sin prisa, Arthur de pronto empecinado en lucirse frente a todos con un tango tan sensual que terminó haciéndolo sentir acalorado y a la vez, sin aliento.
Recorrieron los pisos restantes del Club y cuando el reloj de péndulo marcó la medianoche, lo tomó de la mano y lo guió hacia una de las habitaciones reservadas para los miembros de élite.
Ahí fue que reparó en lo que faltaba.
—¿Está noche no habrá bebida? —le preguntó casi en un murmullo, los ojos carmín del vampiro suavizándose de pronto al señalar la mesita de noche al lado de la cama.
—Está esperando por ti—.
Pero aquella no era una copa cualquiera.
Su contenido parecía haber sido preparado con muchísimo cuidado, de un color cálido, casi dorado, con destellos rojizos que parecían incendiarse cuando la luz atravesaba el cristal.
—Alisios de Pasión. —anunció, de pronto disminuyendo el espacio que los separaba, a excepción de un paso, recordándole las lecciones aprendidas.
Un paso que Miles no dudó en dar, hasta quedar a centímetros de aquellos labios.
—¿Sabes qué son los Alisios? —le preguntó.
Lockridge negó con la cabeza.
—Son vientos constantes. No empujan, no obligan. Solo hacen posible que otros lleguen a su destino. —y aunque el inmortal lo tomó de la cintura, no lo invadió con prisa, dándole tiempo para pensar y decidir.
—Lección número cuatro. —susurró, encontrando sus ojos—. Puedes detenerme cuando quieras. ¿De acuerdo? No voy a enseñarte a soportar, si no a parar.
La piel de su cuello se erizó y los latidos de su corazón se aceleraron. Incluso sus pupilas se dilataron.
—¿Tienes miedo?
—¿De usted?
—De esto—.
Por primera vez, Miles vaciló.
—Un poco. —confesó, al sentir como comenzaba a desnudarlo.
—Eso está bien; el miedo existe por una razón—.
La habitación estaba en silencio y por primera vez desde que se conocían, ninguno de los dos parecía tener interés en bromear.
—Si alguna vez dudas, lo dices. Si algo te incomoda, lo dices. Si alguna vez duele, lo dices. —ordenó, antes de recostarlo sobre la seda negra—. Y si no puedes hablar, me apartaré de todos modos.
Antes siquiera de poder asentir, Arthur volvió a decirle algo, esta vez sin necesidad de usar las palabras, revelando su habilidad.
“Miles, el amor nunca debe pedirte que dejes de sentirte seguro.”
El primer beso y la primer caricia llegaron como los vientos de los que hablaba la bebida. Sin prisa ni violencia. Sin reclamar nada. Después, Arthur Beaumont se cernió sobre él como la noche misma, junto a todos sus horrores y sus encantos.
…
Cuando la copa de cristal quedó vacía y el cuerpo mortal de Miles se rindió ante el más satisfactorio cansancio, Arthur acarició una de sus mejillas con una delicadeza casi dolorosa.
Permaneció allí unos segundos más, contemplándolo dormir, enredado en las sábanas.
Después sonrió, como quien finalmente puede marcharse tranquilo.
—Ya estás listo… —murmuró para sí antes de abandonar la habitación sin volver la vista atrás, satisfecho de haber sido el viento que él necesitaba para llegar a su destino.
…
Miles despertó cuando el sol ya se colaba por las cortinas de terciopelo, permaneciendo inmóvil durante unos segundos.
Todavía envuelto por el aroma de las velas, el perfume especiado del cóctel y el calor atrapado entre las sábanas, extendió una mano hacia el otro lado de la cama.
Estaba frío y vacío.
Entonces sonrió para sí mismo, porque Arthur nunca hacía promesas.
…
El Club abrió sus puertas una vez más, dos semanas después y Miles volvió por costumbre.
Recorrió el balcón.
La terraza.
El salón de música.
Incluso los jardines.
Arthur Beaumont no estaba.
Cuando Miles preguntó por él, la respuesta llegó con la misma naturalidad con la que alguien hablaba del clima.
“¿No te enteraste? Murió hace dos semanas.”
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Narrativa ; 969 palabras
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