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> Casa Renaudd, Avernyth.
> Durante la primer vida de Miles.
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Miles conoció a Adrien Renaudd a los dieciséis años, gracias al pomposo retrato del salón principal.
Cuando preguntaba, todos decían lo mismo.
Era el hijo mayor. Amable. Inteligente.
El que nunca levantaba la voz y era siempre un buen muchacho.
Y cada que alguien lo mencionaba a Adrien, siempre era para decir algo bueno.
Mandaba flores a los funerales, conseguía medicinas para el hijo de la cocinera, era estricto pero justo y nunca usaba sus habilidades con los sirvientes.
Así que sin darse cuenta, él comenzó a construir una imagen del “joven señor” en su cabeza, llegándose incluso a sentir indigno como para limpiar el polvo de aquel marco, al menos hasta que cumplió dieciocho y el Duque Renaudd anunció su regreso con tanto orgullo y emoción que terminó por contagiarlos.
La casa comenzó a prepararse dos días antes para el gran día, los muebles, los pisos, candelabros e incluso los jardines tan impecables como nunca había presenciado desde que comenzó como mozo de cuadra.
La ocasión ameritó nuevos uniformes y cinco minutos antes, toda la servidumbre se encontró aguardando en el vestíbulo principal para recibir al tan querido heredero.
Lo primero que escuchó fueron las ruedas del carruaje sobre la gravilla y después, el sonido de las puertas abriéndose.
Miles no alcanzaba a verlo desde donde se encontraba, pero sí que captó una voz tan serena saludando al mayordomo principal.
Fue cuando lo distinguió cruzando el umbral, llevando un abrigo oscuro perfectamente ajustado sobre los hombros, guantes de cuero y los cabellos rubios peinados con demasiado cuidado.
Su espalda era un tanto ancha y caminaba completamente erguido, con una elegancia que no había visto jamás a pesar de que toda su vida vio entrar y salir a miembros de la alta sociedad del taller de su madre.
Ni siquiera se percató de que había roto el protocolo, su rostro demasiado alzado.
Pero ese no era el muchacho del retrato.
Era un hombre.
Uno condenadamente atractivo.
Mary Ann tuvo que soltarle un puntapié para que recordara su lugar, haciéndolo bajar la mirada de inmediato mientras el calor le subía hasta las orejas.
Tenía tanto que decir pero no podía encontrar la palabra adecuada para describirlo.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó en un murmullo.
—¿Qué? S-si. Estoy bien. —se apresuró a responder, tratando de aparentar que los azulejos no se sentían inexistentes bajo sus zapatos.
—¿Seguro? Te quedaste mirando al señor Adrien. Sabes que es de mala educación—.
Lockridge quiso desaparecer.
Para siempre.
—¡No! ¡No es cierto!
—Claro que no. Lo que tú digas.
—Es solo que… no me esperaba que fuera así.
La chica sonrió con toda la malicia del mundo, mordiéndose los labios para no soltar tremenda carcajada.
—¿Así de guapo, dices?
Miles volvió a mirarlo esta vez con más discreción.
Adrien saludaba al ama de llaves con una inclinación impecable. Luego, a la cocinera.
Cuando lo vio quitarse los guantes, pudo notar que sus manos estaban llenas de lunares, como si de algún modo, fuesen constelaciones.
Después, el muy ingrato sonrió, tintándole las mejillas de rubor al darse cuenta de que los colmillos le quedaban de maravilla.
—¿Viste sus ojos? —preguntó, notando cierta incomodidad en la boca del estómago.
—Sí, Miles. Tiene ojos. —respondió Mary Ann, burlándose claramente de él.
—No. Ya sé… pero es que son… —intentó defenderse, antes de perder el hilo de lo que decía.
Los ojos de Adrien Renaudd eran de un color ambarino que ninguna pintura jamás podría hacerle justicia.
—Oye, Miles. Ten cuidado—.
Un escalofrío recorrió su espalda, pero no supo decir si era malo. Pudo haberle dicho que no sabía de qué le estaba hablando, pero el mayordomo comenzó a presentar a cada integrante del servicio.
Hasta llegar a él.
—Miles Lockridge, mi señor. Bienvenido. —saludó, con la suficiente valentía o estupidez como para mirarlo de frente.
Adrien apenas y giró el rostro, aquellos ojos miel recorriéndolo de arriba hacia abajo, con una expresión imposible de descifrar, aunque Miles creyó que era indiferencia.
—Entiendo. —soltó, antes de seguir caminando, dejándolo totalmente inmóvil.
Quizá había esperado un “gracias”, o cualquier otra cosa que un simple “entiendo”.
No supo decir si el vacío en su pecho era producto de la desilusión, pero sí que le dio el valor para acercarse más a Mary Ann y susurrarle en confidencia.
—Podrá ser muy atractivo, pero parece creer que el resto de los mortales respiramos únicamente para estorbarle. —se quejó, a la par que se encogía de hombros para intentar restarle importancia—. Solo es un noble insufrible más.
Porque, en ese momento, así lo pensó.
Pero Miles no sabía, ni tenía la menor idea.
Lockridge no volvió a pensar demasiado en aquel encuentro. O al menos, eso se repitió durante todo el día, hasta que lo creyó.
El joven Renaudd había llegado a la casa con la misma elegancia con la que aparecía en aquel retrato del salón principal, solo que ahora tenía voz, movimiento y una mirada que le hizo olvidar por un instante en dónde se encontraba parado.
Sin embargo, seguía siendo un noble.
Un heredero.
Un hombre demasiado lejano.
Así que Miles volvió a trabajar.
A limpiar los pasillos, a cuidar los caballos y recordar que los sueños para alguien como él no pertenecían a lugares como aquel.
Lo que jamás imaginó, fue que algunos incendios no comenzaban con llamas.
A veces solo bastaba una mirada.
Y algo en la casa Renaudd había comenzado a arder cuando, antes de abandonar el vestíbulo, el heredero volvió sus ojos hacia él.
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Narrativa ; 916 palabras
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300 semillas 🫘