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> Cinco años atrás.
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Iniciaba su segundo año en la Fórmula 1.
Lockridge Racing no podía permitirse apostar todo a un rookie así que había designado su primer asiento a un piloto más experimentado y cinco años mayor que él.
Entonces conoció a Carlos.
Atractivo, seguro de sí mismo, divertido y talentoso de una forma que logró encandilarlo sin mucho esfuerzo. Además, ya había estado en otras escuderías de renombre y eso lo convertía en una especie de leyenda para Miles, quien de inmediato comenzó a sentir bastante admiración.
Lo miraba con ese deseo casi infantil de parecerse a alguien que ya sabía moverse en el mundo que él apenas empezaba a comprender.
Le gustaba cómo hablaba, cómo se reía, cómo parecía tener siempre el control de cualquier situación y acaparaba la atención y las miradas sin siquiera intentarlo.
Pero, a pesar de la cercanía y la química innegable que tenían, se dijo que eso era absolutamente todo.
Sainz fue quien le enseñó muchas cosas: rutinas, trucos y pequeñas reglas no escritas del Paddock y la pista.
Se convirtieron en amigos y confidentes.
Fue también quien, sin proponérselo, lo obligó a mirarse a sí mismo con más honestidad. A reconocer que era distinto y a poco a poco aceptar, que algunos de sus sentimientos no encajaban en las expectativas que siempre habían pesado sobre él.
La invitación llegó en el break de verano y no le pareció extraño ni fuera de lugar porque durante año y medio se les habia visto juntos en todas partes; golf, paddel, antros, beneficencias, actividades que compartían con naturalidad y que consolidaron su lugar como una de las duplas más fuertes de la parrilla.
La casa veraniega era amplia y luminosa, y se encontraba bastante lejos del ojo público.
Tenía dieciocho años y no se le cruzó por la cabeza que su compañero pudiera tener otras intenciones porque pese a la confianza, nunca le había contado su secreto.
Nadaron en la playa.
Comieron y bebieron.
Rieron hasta que sus mejillas dolieron.
Y mientras la noche avanzaba sin prisa, comenzaron a jugar billar en el salón.
Fue cuando se marcó un antes y un después demasiado silencioso y definitivo.
Carlos se acercó más de lo habitual, invadiendo un espacio que Miles no supo cómo defender al no entender muy bien qué estaba pasando.
Un minuto estaba concentrado preparando su tiro y al siguiente la mesa de billar presionaba su pecho, atrapado bajo el español, ahora caliente y duro contra él.
Su cuerpo reaccionó mucho antes que su cabeza, un gemido ahogado escapando de su garganta, traicionándolo por completo.
—¿Sabes qué necesitas, Miles? —lo escuchó decir en voz baja y bastante seductora—. Ser tú mismo de vez en cuando.
Todo pareció ralentizarse a su alrededor.
—¿Quieres que te ayude? Prometo hacerte sentir bien.
La segunda embestida, suave y cuidadosa, erizó su piel, pero fue suficiente para devolverlo de golpe al presente. Miles se enderezó de inmediato, apartándose de él y negando con la cabeza.
—No. Yo no… no puedo. —respondió con toda la firmeza que pudo.
Su compañero frunció el ceño, más sorprendido que molesto.
—Miles, tu padre no está aquí y yo no voy a contarle a nadie. ¿Por qué no puedes?
El corazón le golpeaba el pecho con violencia. Sabía que nada de aquello saldría de ahí pero no se trataba de Lord Lockridge.
Era algo mucho más complicado que eso.
—Hay alguien. —soltó, recordando los ojos color avellana de Adrien Renaudd.
Carlos alzó una ceja, incrédulo.
—¿Y ese alguien lo sabe?
Miles apretó los labios.
No era como que lo hubiera declarado abiertamente. Eran apenas likes, mensajes intermitentes que terminaban en silencio y un post que había despertado algo nuevo e inesperado en él.
Sus mejillas se tintaron por la vergüenza al recordar lo que había hecho en la soledad de su habitación, recostado en la cama.
—No importa. No puedo hacerle esto. No quiero hacerle esto. —reafirmó, aunque los ojos del piloto aún lo observaban con detenimiento, como intentando leer entre líneas.
—Mira, tu cuerpo ya te está diciendo cosas que tú no quieres escuchar —insistió—. Ni siquiera pareces tan seguro de lo que quieres como crees…
Volvió a negarlo, sin dudas y esa vez con más fuerza que la primera.
No quería, porque no era el chico cuyas mejillas estaban salpicadas de pecas.
Carlos terminó alzando las manos en una rendición que no era del todo honesta y se alejó, dejándolo solo y con los ojos llenos de lágrimas que no pudo soltar.
El silencio que quedó fue pesado e incómodo, lleno de cosas que no habían ocurrido y que, aun así, ya no podían deshacerse.
“¿Quién es el objeto de tu deseo?”
Lo había intentado de verdad.
Citas. Besos y acostones con chicas.
“Cierra los ojos y tráelo a ti…”
Sólo quería sentir algo.
Algo que no encontraba cuando las veía desnudarse frente a él.
“Tócate. Piensa que está ahí contigo.”
Su estómago resintió la tensión y la resaca, repasando aquella conversación semanas atrás en un bar, cuando había confesado no sentirse bien durante el sexo, recibiendo esa sugerencia como respuesta.
Quizá había visto a Sainz más tiempo del necesario. Quizá había notado su rubor y eso lo había llevado a malinterpretarlo.
El problema estaba en que no era el Sol. Y aunque sonara tonto, improbable e incierto, Miles quería esperar por él.
No sabía entonces que esa elección silenciosa, e íntima sería la primera cosa que le arrebatarían.
Durante el año y medio siguiente, nada cambió de forma visible.
Carlos siguió siendo su mentor, su apoyo constante, la única persona que parecía verlo sin pedirle explicaciones.
Aprendieron a moverse con más cuidado, a no mirarse de más, a no quedarse a solas donde no debían.
Miles creyó que había sido suficiente.
Un pequeño bache en el camino.
Pero no lo fue.
El despido llegó sin advertencias.
Sin acusaciones claras.
Solo con palabras.
“Imagen, enfoque y prioridades.”
Ahí comprendió que no habían castigado un acto, sino una posibilidad.
El “equipo” fue muy cuidadoso al elegir el reemplazo para que la relación fuese pura y estrictamente laboral.
Se aisló de quien era.
Levantó una barrera.
Comenzó a jugar sus cartas.
Para el cuarto año, Miles Lockridge estaba irreconocible.
Rebelde.
Orgulloso.
Implacable.
Intocable.
Nadie notó que se desmoronaba.
Mucho menos que estaba fingiendo.
La prensa y los fans compraron todo.
Se convirtió en el primer piloto.
Y hubiese seguido así, de no ser porque cuando el segundo asiento estuvo disponible, llamaron al Campeón de la Fórmula 2, Adrien Renaudd. ⠀⠀⠀
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Narrativa ; 1026 palabras
300 semillas 🫘