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> El Club, a las afueras de Avernyth.
> Durante la primer vida de Miles.
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La tercera fiesta fue distinta aunque respetaba el estricto timing de las anteriores. No porque hubiera menos invitados en el Club o menos música.
Si no porque cuando cruzó las puertas, no pasó la primera hora buscando a Arthur con la mirada. Simplemente asumió que aparecería.
Y eso hizo, esa vez sentado en un sillón que se encontraba en una de las galerías interiores. Su mirada seguía siendo crítica y le recordó un poco a Adrien cuando le recordaba los malos modales y las decisiones cuestionables que tomaba.
—Empiezo a sospechar que vive aquí. —saludó con un poco más de soltura.
—Empiezo a sospechar que me estás siguiendo. —lo escuchó responder, esta vez dándole vueltas a un vaso de cristal en la mano.
Miles simplemente sonrió, siguiendo el juego.
—Eso sonó bastante como una acusación.
—Oh. A tu edad todo suena romántico. —bufó, aunque divertido.
—¿Y a la suya?
—A mi edad todo suena repetitivo—.
Eso lo hizo soltar una carcajada, porque apostaba que era cierto. Al final, tomó el asiento vacío a su lado sin pedirle permiso, como si tuvieran años de conocerse.
Y eso, era muy extraño porque con Adrien siempre estaba alerta, como esperando algo.
Con Arthur, no.
Las conversaciones simplemente ocurrían sin esfuerzo alguno ni consecuencias que pudiesen perseguirlo el resto de la semana.
Cuando el vampiro le pasó la bebida, Miles la tomó con curiosidad para después llevársela a los labios y dar el primer trago.
El Cogñac y el Licor de Amaretto terminaron por hacerlo toser un poco, después de quemarle un poco la garganta.
—French Conection. —anunció el mayor, complacido.
—¿También combina conmigo? —preguntó, tratando de aclarar su voz.
—No, pero lo vas a necesitar para lo que vas a aprender esta noche—.
Porque ni siquiera lo había mencionado, pero claro que tenía muchas mas preguntas para hacerle.
—Los vampiros… ¿Nacen arrogantes o lo aprenden con el tiempo? —disparó casi de inmediato, tratando de bromear para disimular el escalofrío que le había invadido.
—Hmm, eso depende.
—¿De qué?
—De cuán atractivos sean.
Miles casi escupía sobre el vaso, al soltar una carcajada tan fuerte que más de un curioso volteó a verlo.
El Beaumont pareció satisfecho consigo mismo—. Te estoy hablando en serio.
—Entonces sí sabes que eres insoportable.
—Sí, pero aun así sigues aquí conmigo.
—Touché. —se rindió, negando con la cabeza y observando por un momento la pista de baile más allá.
Humanos, vampiros y criaturas de toda clase mezclándose bajo luces rojas y doradas.
Algunos buscaban diversión.
Otros, compañía.
Algunos más, algo mucho más complicado.
—¿Puedo hacer otra pregunta?
—Llevas dos fiestas haciéndolo.
—¿Cómo saben cuándo alguien les gusta?
Aquello pareció divertirlo más de lo esperado porque incluso se acomodó mejor antes de responder.
—¿Nosotros? O ¿Cierta persona en específico?—.
Miles hizo una mueca y se ocultó detrás del cóctel.
—Olvídalo.
—La mayoría no lo sabe. Somos tan malos para eso como ustedes.
—Mentira.
—Sí crees que dos siglos de existencia nos vuelven inteligente, estás equivocado.
—Yo pensé que...
—Pues no. Solo nos hace pacientes.
Entonces pensó en Adrien y la manera en que lo miraba últimamente, como si él fuera algo demasiado apetitoso que no se animaba a probar.
Fue cuando inclinó hacia delante, esta vez incapaz de mirarlo a los ojos porque la verdadera pregunta que quería hacer le ruborizaría las mejillas.
—¿Qué es lo que consideran irresistible?—.
La reacción de Arthur fue sutil y sin embargo, era el primer momento de la noche en el que se veía entretenido.
—Esa es una pregunta peligrosa.
—¿Por qué?
—Porque la respuesta podría servirte y lo sabes perfectamente.
Miles abrió la boca para negarlo pero la cerró de inmediato. Sus intenciones eran bastante claras a esas alturas.
—¿Qué tan peligroso podría ser? —murmuró al final, después de darle vuelta durante toda una semana.
El caballero se levantó, esta vez ofreciéndole el brazo.
—Ven. Termina tu bebida.
—¿A dónde vamos? —preguntó, poniéndose de pie y apurando lo que quedaba en el vaso para no perder la valentía.
—Si vas a seguir haciendo preguntas imprudentes, mereces respuestas más adecuadas—.
…
Arthur cerró la puerta de la habitación tras de sí. La iluminación se componía de velas, cuyo olor se mezclaba con algo más exótico que lograba nublar los sentidos. Las sábanas de la cama eran de seda púrpura, pero no fue hacia allá.
—Lección número uno, Miles Lockridge… —murmuró el inmortal, comenzando a caminar hacia él—. Si alguna vez un vampiro te hace sentir que no puedes decir que no, aléjate.
—¿Aunque lo quiera?
—Especialmente si lo quieres.
—¿Aunque… lo desee?
—Sí, Miles. Incluso si lo deseas.
Hasta ese momento, no se había percatado de la manera en la que el Beaumont aguardaba frente a él, sin invadir su espacio y dejándole la posibilidad de retroceder.
—Sí tu intención es acercarte, también tienes que saber reconocer cuándo alguien todavía te está besando… y cuándo está empezando a tener hambre—.
El ceño de Miles se frunció un poco, al no comprender del todo. Sin embargo, estaba dispuesto a aprender.
—¿Puedo notar la diferencia?
Arthur sonrió mientras se deshacía de su corbatín y se desabotonaba ligeramente la camisa.
—Más de la que imaginas. —respondió, dando un paso adelante—. Esta es tu última oportunidad para cambiar de opinión.
El corazón se aceleró en su pecho.
Y aún así, se mantuvo firme.
—No. Quiero hacerlo—.
Entonces, acercó una mano a su rostro.
No para sujetarlo, si no para levantarle apenas el mentón.
—Segunda leccion. Nunca permitas que un inmortal decida por completo la distancia entre ambos. Si quiere acercarse… tú también debes elegir hacerlo.
Ahí, a Lockridge lo comprendió y terminó de cerrar el espacio que los separaba, haciendo que el vampiro sonriera con aprobación.
—Eso es. —murmuró, antes de dejarle el primer beso, demasiado breve y ligero como para decir que lo había sido.
El vampiro se aleja inmediatamente después, evaluándolo.
—¿Lo notaste? Pude detenerme.
Y aunque Miles asintió, también agudizó sus sentidos para lo que venía.
—Ahora otra vez—.
El segundo beso duró un poco más y se sintió más real que el anterior. Era justo la clase de beso que ansiaba poder darle a Adrien Renaudd cuando se quejaba de cualquier cosa.
Arthur volvió a separarse.
—¿Qué cambió?
Miles tardó unos segundos en responder, sintiéndose un poco mareado.
—La respiración… es diferente.
—Bien.
El inmortal parecía estar satisfecho.
—Los vampiros respiramos muy poco. Cuando empezamos a hacerlo más seguido, significa que algo está cambiando.
Y vaya que cambiaba.
Lo había notado antes.
Adrien apretando con más fuerza los libros.
Adrien elevando su voz y respirando agitado.
—Mira mis ojos. No a los colmillos. Siempre a los ojos. Son ellos los que te dirán cuánto autocontrol queda. —le ordenó su mentor, borrando momentáneamente el recuerdo del rubio para poder sostener aquella mirada carmesí.
Arthur volvió a acercarse una tercera vez.
Ese beso tenía más intención y más intensidad que terminó por arder en su vientre de una manera que lo hizo jadear, hasta que él se separó.
—Empiezo a entender por qué tu vampiro vive tan irritable. —soltó, con una pequeña risa, y la primera que había escuchado.
Eso lo inmovilizó por completo.
—¿Qué…? ¿Por qué?
—Tienes una forma muy peligrosa de mirar—.
Miles bajó la vista, avergonzado y agitado.
No pretendía ser peligroso.
De hecho, no pretendía nada.
—Ahora escucha con atención. Si alguna vez, durante un beso, ves aparecer los colmillos… No pienses que hiciste algo mal. No significa que solo quiera alimentarse. —comenzó a explicarle, mostrándole los suyos. —A veces significa que está luchando contra su propia naturaleza.
El corazón le latía en la garganta y sabía que él podía percibirlo.
—En ese momento… el responsable eres tú, porque él quizá ya no pueda detenerse y tú sí. —le advirtió, reduciendo la distancia para tomarlo de la cintura y acercarlo más hacia él.
—Si notas que deja de escucharte, si deja de responder, si solo existe tu pulso… Pon una mano en su pecho y llámalo por su nombre. —ordenó, tomándolo de la mano para guiarlo ahí en donde no sentía pulso.
—Sí no vuelve… Aléjate, Miles. Jamás confundas confianza con invulnerabilidad, porque aunque te ame… Sigue siendo un vampiro—.
El último beso, lo despertó de una manera nueva y hasta entonces desconocida, haciéndolo querer algo más.
—¿Y si quiero que me muerda? —soltó, sus manos aferrándose a sus brazos.
—Entonces primero tendrás que aprender a reconocer cuándo esa decisión sigue siendo tuya. No hay vergüenza en desearlo, Miles… Solo asegúrate de que pueda seguir respondiéndote mientras lo hace. —murmuró, llegando a su cuello, por donde paseó su lengua, erizándole la piel, antes de dejar un único beso ahí y volver a retroceder.
—El amor nunca debería costarte la voz—.
Cuando la clase terminó, Miles apuró un nuevo vaso de French Connection, recostado en un silencio cómodo al lado del Beaumont. No hicieron más que eso, hasta que llegó el crepúsculo y ambos tuvieron que partir por donde habían llegado.
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Narrativa ; 1488 palabras
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